Cosmere y Religión – La visión de BRANDON SANDERSON

Cosmere y Religión – La visión de BRANDON SANDERSON

Cosmere y Religión – La visión de BRANDON SANDERSON

Brandon Sanderson es un miembro activo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocidos popularmente como Mormones.

Es lícito, por tanto, preguntarse cuánto de sus creencias permean en sus escritos, del mismo modo que el catolicismo en Tolkien, o de forma más evidente el anglicanismo en Lewis o el ateísmo en Pullman.

La respuesta del propio autor es que no escribe alegorías religiosas ni hace proselitismo. Sin embargo, resulta llamativa la escasez de literatura crítica que aborde esta cuestión con rigor. En la práctica, el debate se ha desarrollado casi exclusivamente en blogs, foros y espacios de aficionados, con muy poca presencia en el ámbito académico y ninguna en lengua castellana.

Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de Sanderson y la religión.

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Vamos, Brandon, el núcleo mismo de la existencia es que las personas tienen la capacidad de elegir.

1. INTRODUCCIÓN

Desde mi punto de vista, la fantasía no debe ser neutral. Me gusta que los mundos imaginados reflejen, de forma honesta, la filosofía de sus creadores, y creo que saber desde qué visión del mundo escribe un autor permite leer una obra con mayor profundidad.

Del mismo modo que pienso que disfrutar una obra de fantasía que refleja una determinada cosmovisión no implica adoptar esa cosmovisión. Que alguien se emocione con Tolkien no le convierte automáticamente en católico, ni disfrutar de Pullman convierte automáticamente al lector en ateo.

Un ejemplo claro de hasta qué punto un autor de fantasía puede mostrar sus creencias a través de su mundo es C. S. Lewis. El propio Tolkien, profundamente crítico con la alegoría como procedimiento literario, expresó sus reservas ante la obra de su amigo.

Sin embargo, como señala Liz Busby, profesora de la Brigham Young University, a la que por cierto estoy muy agradecido por su ayuda con este guion, reducir la obra de Lewis a la alegoría es profundamente reduccionista. Solo tres libros de Las Crónicas de Narnia admiten una lectura alegórica clara: El león, la bruja y el armario (que refleja la pasión y resurrección), El sobrino del mago (que muestra el génesis) y La última batalla (versión de la segunda venida). En el resto de la serie, Lewis más que hacer alegorías, explora conceptos cristianos que le importan a través de historias en las que esos conceptos son estructurales.

De hecho, Lewis no consideraba su obra alegórica en sentido estricto, utilizaba el término “supposal”, a veces traducido por “suposición”. Por ejemplo, supongamos que existe un mundo como Narnia; supongamos que Cristo entra en ese mundo bajo la forma de un león… ¿qué ocurriría?

Aquí resulta fundamental introducir el concepto de literatura mitopoiética: el mundo ficticio no es una simple metáfora, es una encarnación de una visión del mundo. El autor imagina un universo que funciona de acuerdo con determinados principios ontológicos: qué es el bien, el mal, el poder, la verdad, el destino; es decir, cómo funciona la realidad de ese mundo en su nivel más profundo.

Tolkien, por ejemplo, lo hace desde un catolicismo implícito; Lewis desde un cristianismo más visible; Pullman desde una posición abiertamente antiteísta. Ursula K. Le Guin construye mundos regidos por una ética del equilibrio; Robert E. Howard desde un vitalismo amoral; George R. R. Martin desde un escepticismo trágico; y Joe Abercrombie desde la voluntad explícita de desmontar cualquier mito fundacional. En todos estos casos, la fantasía no es neutral: afirma algo sobre cómo es la realidad. También hay fantasía neutral. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

En algunos autores, como Lewis o Pullman, esta dimensión no neutral es consciente y deliberada. Lo dice Lewis a través de Aslan: “En su mundo tengo otro nombre, deben aprender a conocerme por él. Al haberme conocido aquí también sabrán buscarme allá.”

En otros autores, como Tolkien, emerge de manera más implícita o incluso inconsciente. Sin embargo, lo relevante en lo que nos ocupa no es el grado de intención, sino el resultado: que su mundo refleja las preocupaciones últimas de sus autores respecto a temas fundamentales: el libre albedrío, el pecado, la religión, el poder, el mal, etc.

Por lo tanto, ¿qué afirma la obra de Sanderson sobre su forma de ver la realidad, y hasta qué punto sus creencias religiosas influyen en su fantasía?

El autor ha respondido que no escribe sus novelas con la intención de “predicar”, sino de “explorar diferentes conceptos y diferentes tipos de personajes y ver cómo reaccionan ante el mundo que los rodea”. Sus posibles paralelismos religiosos, según él, no son tanto intencionales como “inevitables”, y no responden a una “alegoría consciente”.

Desde un punto de vista crítico, estas afirmaciones no solo no cierran el debate, sino que lo sitúa en el lugar correcto. La posición de Sanderson es plenamente compatible con la tradición inaugurada por J. R. R. Tolkien, que rechazaba la alegoría y defendía la subcreación como un proceso donde la visión del autor se filtra orgánicamente. Para él, una buena obra alcanza una verdad profunda mediante un mundo con leyes propias; una idea que conecta con las “mentiras necesarias” de Terry Pratchett: necesitamos creer en las pequeñas mentiras de la fantasía para entrenar la mente y poder sostener las “grandes mentiras” que dan sentido a nuestra realidad, como la justicia o la piedad. La subcreación es así el andamio necesario para construir y comprender la verdad humana.

Bajo esta perspectiva, Sanderson es un autor profundamente religioso porque sus creencias son plenamente visibles en la arquitectura misma de sus mundos. De hecho, resultan más explícitas que las de Tolkien y, en su funcionamiento ontológico, se acerca más al modelo consciente de Lewis o Pullman, aunque sin llegar nunca a la alegoría directa.

Resulta por tanto llamativo que, como señala William H. Douglas en un artículo de The Latter-day Liberator, esta dimensión religiosa haya recibido tan poca atención crítica, más allá de los estudios académicos de Liz Busby, comentarios dispersos en foros y blogs o artículos en medios que dan todo por hecho de forma genérica y simplicista, no encontramos mucho más. Escasez que contrasta con la abundancia de estudios respecto a esto dedicados a autores como Tolkien o Lewis.

El objetivo de este vídeo es examinar cuándo y cómo la cosmovisión de Sanderson permea en el Cosmere y ayudar así en lo posible a contribuir en corregir ese vacío.

2. COSMOVISIÓN MORMONA Y ARQUITECTURA DEL COSMERE: LOS CIMIENTOS DEL UNIVERSO

El mormonismo nace de una lectura muy específica de la historia cristiana: la idea de la Gran Apostasía, en la que la autoridad legítima y los rituales verdaderos se perdieron. Tras la muerte de los apóstoles, se perdió la autoridad del sacerdocio y las ordenanzas originales fueron alteradas por la filosofía humana, rompiendo así la conexión directa entre el cielo y la tierra.

Desde esta perspectiva, el problema no es un error doctrinal puntual, sino la pérdida de autoridad; y la solución no es la reforma, sino una restauración directa desde lo divino.

Esta lógica se replica con notable precisión, como señala Busby, en El archivo de las tormentas. La religión dominante de Roshar, el vorinismo, no es presentada como falsa, sino como una tradición degradada, sostenida sobre textos alterados y una autoridad heredada de forma indirecta.

La solución narrativa no pasa por “arreglar” el vorinismo, sino por restaurar los Juramentos, las órdenes y la relación directa con la Investidura a través de los spren. Dalinar no actúa como reformador, sino como figura restauracionista: recibe la instrucción de “decir de nuevo los antiguos juramentos”.

Según Douglas, en Nacidos de la Bruma este principio alcanza una formulación aún más explícita. El Lord Legislador intenta una reforma del mundo mediante la tiranía y el control absoluto, convencido de que su dominio es necesario para evitar un mal mayor: un sustituto coercitivo del orden legítimo, eficaz para imponer estabilidad, pero ontológicamente viciado. Frente a él, los skaa sobreviven gracias a una ética de resistencia fragmentaria, moralmente valiosa pero incapaz de transformar la estructura profunda del mundo. La solución no llega ni por la reforma autoritaria del Imperio ni por la mera resistencia ética, sino por el colapso total del sistema y la posterior reescritura de las bases de la realidad. Con Sazed, que reúne conocimiento y autoridad plenos, el mundo no se reforma: se reconstruye desde sus cimientos.

Por su parte, en Elantris, las religiones existentes reflejan también esta lógica de restauración. El AonDor antes del Reod (el colapso) funcionaba como un canal perfecto de poder divino. Las religiones actuales (Shu-Korath y Shu-Dereth) son fragmentos teológicos que intentan explicar qué pasó cuando ese canal se rompió. Shu-Korath se quedó con la ética, pero perdió el acceso al poder, al AonDor). Shu-Dereth, se quedó con la estructura y la ambición de poder, pero lo busca a través de la política y la fuerza, no a través de la restauración del AonDor original. La resolución de la novela no pasa por corregir ninguna de estas religiones, sino por reconstruir el patrón previo del que ambas derivan de forma incompleta. Para un mormón, una religión sin autoridad divina (sacerdocio) es solo una filosofía. En la novela, ambas religiones son “impotentes” frente al Reod. Ninguna puede sanar a los elantrinos porque ninguna entiende la geometría del mundo. Elantris sólo vuelve a funcionar cuando el símbolo central es redibujado correctamente, restaurando el vínculo entre forma, poder y significado.

Otro pilar central de la cosmovisión mormona —y del Cosmere— es la concepción del poder como algo real, transmisible y moralmente cargado. La autoridad no es simbólica, sino efectiva: por ejemplo, en el mormonismo una bendición de salud se considera un acto legal ante el cielo, no un simple gesto de buena voluntad. Esta autoridad debe ser recibida de una fuente legítima: un creyente no puede “decidir” que es sacerdote, sino que debe ser ordenado por alguien que ya posea esa autoridad, formando una cadena ininterrumpida que retrocede hasta figuras bíblicas. Además, no basta con ejercer poder; importa desde dónde se ejerce y bajo qué condiciones. Si un sacerdote intenta usar su autoridad para dominar, coaccionar o actuar por orgullo, el sacerdocio se retira automáticamente.

Liz Busby subraya que el sistema mágico de Sanderson es “el más mormón” precisamente porque convierte la agencia y la autoridad en mecanismos narrativos explícitos. En el mormonismo, los rituales y ordenanzas no son gestos simbólicos: requieren una autoridad válida para tener efecto real. Del mismo modo, en el Cosmere, la Investidura no es metafórica: funciona, transforma el mundo y exige condiciones morales para operar.

En conjunto, el Cosmere presenta un universo en el que el poder no es neutral ni meramente instrumental: transforma al que lo ejerce y exige coherencia ética. Esta concepción coincide con la visión mormona de la autoridad como algo que compromete al sujeto y que no puede separarse de la obediencia, la responsabilidad y la rendición de cuentas.

En Arena Blanca, por ejemplo, el acceso a la Investidura está regulado por una élite que ha convertido la autoridad en herencia política. El conflicto central gira, de nuevo, en torno a la legitimidad: quién tiene derecho a ejercer poder y bajo qué condiciones. El sistema no colapsa por abuso individual, sino por una desconexión progresiva entre poder y responsabilidad moral.

3. COSMOVISIÓN MORMONA Y ARQUITECTURA DEL COSMERE: EL ALMA DEL UNIVERSO

En la cosmovisión mormona, la agencia, el libre albedrío, es el propósito mismo de la existencia. Elegir implica posibilidad auténtica de error y responsabilidad plena por ese error. No existe crecimiento moral sin la posibilidad efectiva de elegir mal. Esta idea aparece de forma reiterada tanto en las declaraciones de Brandon Sanderson sobre religión y ficción como en los análisis de Liz Busby y Douglas sobre la arquitectura moral del Cosmere.

El propio Sanderson ha insistido en múltiples ocasiones en que le interesa escribir mundos donde las decisiones de los personajes tengan consecuencias reales y no puedan ser anuladas por la intervención de fuerzas superiores. Sus historias están diseñadas para mostrar cómo las elecciones de sus personajes, sean acertadas o equivocadas, configuran tanto su identidad como la realidad que habitan.

Esta concepción se articula de manera especialmente clara en El Archivo de las Tormentas. Los Juramentos de los Caballeros Radiantes son actos voluntarios que comprometen de forma irreversible al sujeto. Nadie puede obligar a otro a pronunciar un Juramento, y nadie puede hacerlo sin comprender —al menos parcialmente— el peso moral que implica.

Cada Ideal no concede simplemente más poder, sino que exige una coherencia moral creciente. El progreso no es automático: cada paso abre una responsabilidad mayor. Como subraya Busby, el poder no sustituye a la agencia: la presupone.

Esta concepción de la promesa conecta de forma directa con la estructura de compromisos del mormonismo. La vida religiosa mormona se articula principalmente a través de convenios voluntarios asumidos de manera progresiva: promesas personales que vinculan al individuo con lo divino y que implican una transformación real de su identidad y de su responsabilidad moral. Cada convenio profundiza en el camino, exigiendo cada vez mayor coherencia y mayor entrega.

Por ejemplo, el bautismo mormón, que solo puede realizarse a partir de una edad en la que se presupone capacidad de elección consciente, exige un compromiso explícito de vivir de acuerdo con determinados principios y aceptar la responsabilidad moral derivada de ese compromiso a lo largo del tiempo.

El arco de Kaladin ilustra con especial claridad cómo funcionan las promesas en el Cosmere. Tras haber pronunciado el Segundo Ideal —“Protegeré a aquellos que no pueden protegerse”—, decide no proteger al rey Elhokar Kholin, a quien desprecia por considerarlo indigno de ser defendido. Al anteponer su juicio moral a la promesa asumida, rompe el compromiso que sostenía su vínculo con Syl, y la consecuencia es inmediata: pierde el acceso a la Investidura y queda incapacitado como Caballero Radiante. No es un castigo externo. Sencillamente la promesa deja de operar. Solo cuando comprende que el Juramento no exigía aprobar al rey, sino protegerlo, Kaladin asume de nuevo la responsabilidad y pronuncia el Tercer Ideal —“Protegeré incluso a aquellos a quienes odio, siempre que sea correcto”—. Al hacerlo, no recupera simplemente el poder perdido, sino que accede a una Investidura mayor, porque la promesa se ha profundizado y con ella la exigencia moral que la sostiene.

Todo este conflicto solo puede entenderse a la luz del Primer Ideal, común en los Caballeros Radiantes“Vida antes que muerte, fuerza antes que debilidad, viaje antes que destino”—, que establece que el valor moral reside en el proceso de elegir y sostener el compromiso.

En este marco, la promesa adquiere un estatuto central. Prometer es auto-vincularse moralmente de forma irreversible. El Juramento no describe lo que el Caballero hará; define quién es. La agencia no consiste solo en elegir correctamente, sino en hacerse responsable de quién se es.

Odium representa una figura diabólica desde una lógica profundamente mormona, porque busca liberar al individuo de la responsabilidad moral de elegir. No promete simplemente poder, sino absolución: la posibilidad de actuar sin tener que sostener las consecuencias de los propios actos, justificándolos siempre en las circunstancias o en un designio mayor. De este modo, ataca el núcleo mismo de la cosmovisión del Cosmere: el libre albedrío como condición del crecimiento moral. Allí donde Odium triunfa, la elección deja de ser significativa y el sujeto queda eximido de responsabilidad; exactamente lo contrario de un universo construido para que elegir implique riesgo de errar y rendición de cuentas.

En Nacidos de la Bruma, esta lógica se manifiesta de forma igualmente clara. Vin no es una elegida en sentido fuerte: puede fallar, desconfiar y elegir mal. Incluso cuando los personajes acceden a una Investidura extraordinaria, la capacidad de elección no desaparece; al contrario, el aumento de poder incrementa la responsabilidad moral. Resulta significativo que ni siquiera las entidades divinas del sistema puedan imponer el resultado final: la restauración del mundo solo es posible cuando un sujeto humano asume plenamente la carga de elegir y de responder por ello.

Junto a la agencia, el pensamiento mormón sostiene que el progreso moral es real, pero también profundamente exigente. La salvación no es automática, ni instantánea, ni garantizada por la mera obediencia. Requiere transformación personal, esfuerzo sostenido y coherencia vital.

Esta concepción atraviesa de forma sistemática el Cosmere.

Así, Liz Busby señala que en las obras de Sanderson no existe una equivalencia simple entre “cumplir normas” y “ser bueno”. La obediencia vacía carece de valor si no va acompañada de comprensión. Este principio se articula de manera muy clara en Elantris. Los protagonistas aprenden a actuar con dignidad dentro de un sistema roto, desarrollando virtudes como la paciencia, la compasión y la responsabilidad incluso cuando el mundo no recompensa esas actitudes. El sufrimiento no redime por sí mismo, pero sí que se convierte en el espacio donde se forja el carácter moral.

En El Archivo de las Tormentas, esta idea se representa en la figura de Dalinar. Su redención consiste en asumir plenamente la responsabilidad de sus acciones y seguir avanzando a pesar de ellas. El progreso moral es posible, pero nunca barato. No hay atajos ni absoluciones automáticas.

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4. COSMOVISIÓN MORMONA Y ARQUITECTURA DEL COSMERE: EL CONOCIMIENTO DEL UNIVERSO

Si el progreso moral es un viaje exigente para los mormones, el mapa para recorrerlo —la verdad misma— nunca está completo. Este eje es uno de los más claramente integrados en la arquitectura del Cosmere: la idea de revelación continua.

La verdad no se entrega de una vez y para siempre, ni puede ser poseída plenamente por ninguna institución, texto o individuo. El conocimiento auténtico es progresivo y su despliegue exige tiempo y responsabilidad moral.

Liz Busby subraya que esta concepción resulta clave para entender por qué los sistemas religiosos del Cosmere son siempre incompletos. No existen iglesias plenamente verdaderas ni doctrinas cerradas: todas contienen fragmentos de verdad mezclados con errores, interpretaciones interesadas o lagunas históricas.

Esta lógica es coherente con la tradición mormona, donde la revelación no se considera concluida. La verdad existe y es accesible, pero nunca se entrega de forma total ni definitiva. Ninguna autoridad humana puede clausurarla por completo, y toda comprensión está abierta a corrección.

Las propias declaraciones de Sanderson refuerzan esta lectura. El autor insiste en que le interesa mostrar mundos donde el conocimiento no llega como una revelación total e indiscutible, sino como un proceso gradual en el que tanto personajes como lectores deben revisar constantemente lo que creen saber. La información siempre llega tarde, incompleta o deformada, y aun así exige decisiones inmediatas.

Esta estructura se manifiesta en El Archivo de las Tormentas. La historia de los Caballeros Radiantes ha sido deformada durante siglos; los textos fundacionales están incompletos o manipulados; las propias visiones de Dalinar ofrecen fragmentos desordenados de una verdad que solo puede reconstruirse a posteriori. Nadie recibe un manual claro sobre cómo actuar. Los personajes deben elegir antes de comprender plenamente, y asumir las consecuencias de hacerlo desde un conocimiento parcial.

En Nacidos de la Bruma, esta lógica adopta una forma todavía más radical. Las religiones dominantes son falsas en su literalidad, pero contienen elementos de verdad; las profecías han sido alteradas; incluso las entidades divinas operan desde una comprensión limitada del sistema que intentan controlar. El conocimiento verdadero solo emerge cuando el proceso ha concluido, nunca cuando todavía podría servir como guía segura. La elección precede siempre a la comprensión.

De hecho, resulta significativo que incluso las entidades divinas del Cosmere operen dentro de este marco. Las Esquirlas poseen un conocimiento inmenso, pero limitado; su comprensión del todo es parcial, y sus acciones están condicionadas por esa limitación. Desde una lectura global, esto refuerza la idea de que nadie, ni siquiera los dioses, posee la verdad absoluta en sentido operativo. El universo está diseñado para que el conocimiento sea siempre incompleto y, por tanto, para que la agencia y la responsabilidad sigan siendo necesarias.

5. CONCLUSIÓN

La obra de Brandon Sanderson no funciona como alegoría ni como discurso doctrinal, pero tampoco es neutral. Sus mundos están construidos de tal forma que ciertas ideas sobre la realidad se vuelven ineludibles, cimentando una arquitectura moral que conecta de manera profunda con una cosmovisión religiosa concreta, la mormona, como marco coherente de las preocupaciones últimas del autor. Sin ocultarlas ni disimularlas, pero tampoco imponiéndolas como doctrina.

Ursula K. Le Guin advertía que las palabras son actos, y que por tanto los escritores deben ser juzgados por lo que hacen con ellas. En ese sentido, Sanderson escribe desde un compromiso teológico claro sobre determinadas preguntas de nuestro tiempo: el poder, la responsabilidad individual, la verdad, la posibilidad del progreso moral.

Disfrutar de su obra no implica compartir sus creencias ni asumir sus respuestas. Implica, simplemente, leer sus novelas con la honestidad que reclaman y reconocer su coherencia.

Entender desde dónde escribe ayuda a leerle con mayor lucidez. No necesariamente para estar de acuerdo, sino para saber con quién estamos dialogando. Y aprender de él.

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