DEATHSTALKER – El CONAN del VIDEOCLUB
Hay películas que nacen para ser leyenda. Y hay otras que nacen para vender. Deathstalker nació para lo segundo, para vender. Y se terminó convirtiendo en lo primero, en leyenda.
Después del éxito de la película de Conan el Bárbaro en los 80, la industria reaccionó rápido intentando copiar los códigos del género: la espada, la brujería, los cuerpos musculosos, los monstruos, los hechiceros oscuros…
Ahí apareció Deathstalker. Una saga nacida al calor de ese éxito. Cuatro películas originales, bastante irregulares. Fantasía barata, física, excesiva, llena de barro, látex, torneos, hechiceros y portadas imposibles. Los ingrendientes del fracaso la conviertieron en un éxito. Y ahora, Slash, el guitarrista de Guns n´Roses está apoyando su reboot.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de Deathstalker.
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Vamos Tulak, los héroes y los tontos, son la misma cosa.
1. Introducción: cuando la fantasía se convierte en industria
Viernes por la tarde. Tus padres salen a cenar esta noche, así que comienzas a preparar tu plan: hoy toca peli. Y lo tienes claro. Has comprado maíz, para freirlo en la sartén y hacerte unas palomitas. También hay perritos calientes. Esta es una noche de Espada y Brujería.
Falta lo más importante, la película. Así que entras en el videoclub de abajo. La luz es blanca, un poco fría. Huele a polvo y a cintas usadas muchas veces. Las estanterías están llenas y cada carátula compite por llamar tu atención con colores imposibles y promesas exageradas.
El tacto del plástico cuadra con el sonido del roce constante de las cajas al pasar. Como una miniatura de Youtube, la cinta sólo tiene unos segundos de carátula para llamarte la atención y un breve párrafo para convencerte. No sabes exactamente lo que quieres, pero sabes por experiencia que lo reconocerás cuándo lo encuentres.
Es cuando una criatura monstruosa a medio camino entre ogro, orco y troll llama tu atención. Retiene a una mujer con fuerza, alzando un arma en actitud dominante, mientras frente a él un bárbaro musculoso se lanza al combate intentando liberarla. Portada cortesía de Boris Vallejo, artista que merece un vídeo propio.
Un valiente guerrero de poderosa fuerza e invencible espada, que niega su ayuda al empobrecido Rey Tulak, quien le pide el rescate de su reino, en manos ahora del malvado brujo Munkar, ofreciéndole en recompensa la mano de su hija, la bella princesa Codille. Pero cambiará de parecer al prometerle ayuda la sabia bruja Toralva. En la lucha contra sus temibles enemigos logrará reunir los tres poderes que le llevarán a la victoria: el amuleto de la vida, la espada invencible y las fuerzas ocultas.
Deathstalker. Nada que ver con las novelas de Simon R. Green. Pero nada de nada. La saga Deathstalker resulta valiosa precisamente porque no nació para ser valiosa. Nunca fue concebida como una gran obra mitopoética, ni como la aspiración prestigiosa de un nuevo universo fantástico.
Su interés, sobre todo a través del prisma de la distancia adecuada en años, reside en haber almacenado en imágenes la rápida industrialización de la fantasía de espada y brujería durante los años ochenta. Cuando el éxito de Conan el Bárbaro demostró que existía un mercado internacional para un tipo de aventura física, masculina, violenta y cargada de imaginería arcaizante, varios productores comprendieron que esa idea, rescatada del pulp de los años 30, podía reproducirse con relativa facilidad a escalas más modestas.
Italia, principalmente, o las coproducciones argentino-estadounidenses como en este caso, demuestran hasta qué punto. Lo vimos en nuestros vídeos sobre el cine de Espada y Brujería de los 80, puedes encontrar el link por algún lado de la pantalla, o si no, en la descripción.
Este es el contexto en el que aparece la primera Deathstalker, impulsada por Roger Corman, rodada en Argentina y pensada desde el principio como una cinta de videoclub. Con un coste total inferior al medio millón de dólares recaudó en todo el mundo unos 11,9 millones de dólares.
Y tú ibas a contribuir ese viernes con tus 200 o 300 pesetas. Porque entre estanterías llenas de promesas exageradas, acababas de encontrar lo que buscabas una fantasía sin demasiada joyería: cuerpos, monstruos, hechiceros, talismanes, castillos, torneos, barro, y sí, erotismo y violencia… tras una portada irresistible.
2. Deathstalker: Anatomía de la saga original
La primera película fija el modelo. Deathstalker, El Cazador de la Muerte, conocida en España como El último guerrero, de 1983. Será la primera de las 10 producciones hispanoargentinas que Roger Corman hará en Argentina en los 80. Dirigida por James Sbardellati (que firma como John Watson), escrita por Howard Cohen y con el jugador de fútbol americano Rick Hill reconvertido a actor protagonista, Barbi Benton y Lana Clarkson, entre otros, en el elenco.
Lana Clarkson, un gran rostro de la Espada y Brujería de los 80, tristemente asesinada por el conocido productor Phil Spector, en 2004. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
La cinta presenta a Deathstalker, un guerrero errante en un mundo dominado por la ley del más fuerte. El reino ha sido usurpado por el hechicero Munkar, que ha depuesto al antiguo rey Tulak y posee dos de los tres grandes objetos de poder: el amuleto, el cáliz y la espada. Una bruja empuja a Deathstalker a buscar la espada restante, custodiada en una cueva por criaturas mágicas, y desde ahí el héroe queda encaminado hacia el castillo de Munkar. El núcleo de la película se desplaza después a una constante de la saga: un torneo de guerreros, en este caso organizado por Munkar, supuestamente para elegir heredero.
El film recoge todos los tópicos del género: el héroe ambiguo, el reino caído, el hechicero malvado, la princesa convertida en recompensa y rehén, objetos mágicos, brujas que empujan al héroe, tabernas y salones donde todo deriva en exceso, torneos como excusa para reunir cuerpos musculosos, monstruos de látex, mazmorras, harenes, erotismo excesivo e innecesario y la amenaza constante sobre el cuerpo femenino, la espada como única forma de justicia y esa sensación de que la aventura avanza por acumulación de pruebas.
La segunda película, de 1987, señalada a veces con el título de Duelo de Titanes o El último Guerrero 2, cambia bastante el tono y plantea una aventura más ligera. Quizá esto se debe a que cambia el director, esta vez será Jim Wynorski, viejo conocido de la serie B, y cambian también los actores: ahora John Terlesky interpreta a Deathstalker. Por su lado Monique Gabrielle interpretará a la nueva protagonista: la princesa Evie. También aparecerá la genial María Socas, quizá lo mejor de la película, como reina amazona.
El guion fue escrito por Wynorski y Neil Ruttenberg, al parecer a última hora, porque cuando el director llegó a Argentina consideró tan malo el material que había que tuvo que hacerlo de cero. No me imagino cómo debería ser porque, honestamente, esta segunda parte es muy mala. Pasa de la rudeza de la primera a la comicidad autoconsciente porque quizá se da cuenta de que ahí reside su única posibilidad de supervivencia.
La historia gira en torno a la princesa Evie, del reino de Jzafir, desplazada por el hechicero Jerak que ha creado una versión malvada de ella, una especie de doble o clon, y gobierna el reino a través de esa impostora. Reena busca entonces la ayuda de Deathstalker para recuperar su reino.
No es, por tanto, una continuación en sentido estricto. De hecho, ni se mencionan los acontecimientos de la primera, y el cambio de tono, de actor e incluso de carácter del protagonista hace pensar que podría tratarse de una especie de precuela implícita, de una aventura de un Deathstalker más joven. Aunque probablemente ni los propios creadores pensaran demasiado en ello.
Lo cierto es que la saga empieza aquí a comportarse de una forma peculiar. Empieza a aparecer algo muy significativo: la autoconciencia. Las bromas, los guiños y, sobre todo, las referencias veladas a Conan dejan claro que la película sabe perfectamente qué es.
La tercera película, Los Guerreros del Infierno publicada en 1988, va bastante por libre. De nuevo cambia el director, esta vez la película corre a cargo de Alfonso Corona, y vuelve Howard R. Cohen al guion. John Allen Nelson, John Cort en los Vigilantes de la Playa si sois muy fans, interpreta a Deathstalker. Le acompaña en el reparto Carla Sands, que después sería asesora económica del gobierno de Estados Unidos o Embajadora en Dinamarca.
En esta tercera parte, Deathstalker viaja con el mago Nicias, sobreviviendo de pueblo en pueblo gracias a sus trucos y adivinaciones. En un festival conocen a la princesa Carissa, que posee una piedra mágica. Unida a otras piedras, permitiría encontrar Arandor, una ciudad perdida y llena de riquezas.
Desde mi punto de vista, es la película de la saga que mejor captura el espíritu de la espada y brujería. Precisamente porque se permite ir a su bola. Se aleja del tono errático de las anteriores y construye una aventura más coherente dentro de sus propias reglas, más centrada en el viaje. Es más Conan, más relato de los años 30.
La cuarta entrega de la saga, la batalla de los titanes, al menos en el original, de 1992, recupera a Rick Hill como Deathstalker, acompañado de María Ford. Howard R. Cohen se encargará de escribir, dirigir y coproducir junto a Roger Corman la cinta. Esta vez sí parece un continuación, recuperando la historia desde donde acaba la primera película.
El argumento parte de un torneo organizado en el castillo de la reina Kana. Deathstalker participa en esa competición, pero pronto descubre que el certamen funciona como una trampa. A partir de ahí, la película se convierte en una intriga de supervivencia.
La historia parece cerrar el ciclo volviendo a elementos muy próximos a la primera: torneo, castillo, reina, hechiceros oscuros, guerreros reunidos y un Deathstalker más cercano al de 1983, como si la saga intentara, a última hora, reconectar con su origen.
Y justificarlo. Porque la película introduce, de forma torpe pero reveladora, una especie de justificación interna de la visión de la mujer en la saga, deslizando la idea de que en ese mundo —y en esa época— las mujeres eran poco más que objetos. No lo corrige, no lo cuestiona realmente, pero el hecho de que intente explicarlo ya indica una cierta incomodidad, una distancia que no existía en las entregas anteriores.
Parece que la franquicia sintiera la necesidad de “ponerse seria” pero consigue lo contrario de lo que intenta demostrar. Una saga todavía segura de sí misma no necesita corregirse; una saga agotada sí.
A estas alturas, además, la saga funciona casi por repetición. Se reutilizan imágenes, situaciones, escenarios y hasta bromas. El ejemplo del “hombre cerdo” es especialmente claro: de gag puntual pasa a convertirse en una especie de motivo interno, igual que las peleas de almohadas o las fiestas en el salón. Lo que empezó como limitación presupuestaria termina convirtiéndose en lenguaje. Ocultando el verdadero lenguaje que habían conseguido las películas anteriores: el de un cine que no necesita justificación, que responde a un contexto concreto y que sólo debe ser juzgado en ese contexto.
3. El Reboot de 2025: El regreso inesperado
Año 2023. Slash, el guitarrista de Guns N’ Roses, anunció una nueva era de Deathstalker. Se ponía el sombrero de productor ejecutivo para, primero, publicar un cómic junto a la editorial Vault, gracias a los lápices de Tim Seeley, y el guion de Jim Terry. Y después en 2025, junto a Steven Kostanski como director y guionista, se anunció el estreno de una película en 2025, en el festival de Locarno.
Un regreso que nace de una convergencia entre industria de nicho, festival, y nostalgia.
Apoyado además en una campaña de Kickstarter para completar la financiación y diferentes organismos canadienses como Telefilm Canada y Ontario Create.
Esta vez el encargado de dar cuerpo a Deathstalker sería el gran Daniel Bernhardt, de películas como Matrix Reloaded o John Wick. Acompañado del humorista Patton Oswalt, Christina Orjalo, Paul Lazenby o Nina Bergman.
Deathstalker, un antiguo héroe convertido en saqueador errante, encuentra un amuleto mágico en un campo de batalla que queda ligado a él de forma inevitable. Tras consultar a la bruja Toralva, inicia una búsqueda para descifrar su origen, lo que le lleva a rescatar al excéntrico mago Doodad y a enfrentarse a la amenaza creciente del nigromante Necromemnon, que también persigue el amuleto.
La película, con banda sonora del mismo Slash, es algo ambigua respecto a si es una nueva aventura del personaje o un reboot. Podría ser ambas. Quizá llamarla reboot de algo de libertad interpretativa, pero dada la irregularidad e inconsistencia del personajes de Deathstalker en los 80, tampoco es muy necesario.
Lo que sí que es esta película es una verdadera carta de amor a la fantasía ochentera. Rescata el tono de aventura, bromas y, sobre todo, los efectos prácticos ochenteros. Pinturas mate, toneladas de látex, prótesis, monstruos hechos con marionetas y disfraces, peleas de esqueletos en slowmotion, y efectos físicos realizados por Action Pants FX, suponen una auténtica reivindicación del artificio manual. Lo que en la saga original era fruto de presupuestos limitados y trabajo industrial periférico se convierte en 2025 en una poética deliberada contra la homogeneización digital.
Kostanski conserva el tono aventurero, la campechanía y el gusto por la serie B. El respeto por la saga original y la Espada y Brujería de los 80 se palpa en cada escena. Humo, oscuridad, monstruos… Como en la saga original, Kostanski no escatima en violencia, de hecho más cercana al gore que la saga ochentera. Por su lado, Bernhardt representa a la perfección ese héroe ambiguo que parece más un mercenario cansado, o un sinvergüenza resignado, y no tanto un héroe triunfal.
Sí es cierto que la película se ve, o más adaptada a los tiempo actuales, o más seria, porque desaparecen los elementos de violencia sexual que hacían tan áspera sobre todo la primera película y tan discutible si juzgamos desde un prisma moderno toda la saga, algo que no debería hacerse, pero se hace. Lo importante es que no se echa de menos en absoluto, y el resultado no es una corrección puritana, sino una reordenación del pacto con el espectador.
El nuevo Deathstalker quiere recuperar el placer bruto del subgénero sin heredar intacto aquello que hoy lo vuelve más difícil de celebrar.
4. El héroe sin épica y la fantasía como producto
Deathstalker es una figura extraña. No tiene una evolución clara, ni reconocible, ni siquiera una identidad estable, ni un camino moral. Cambia de rostro, de tono, de mundo, de reglas… pero curiosamente, de alguna manera, sigue siendo él. O al menos siempre tiene algo que reconocemos como él.
Posiblemente se deba a que Deathstalker no funciona como individuo, sino más bien como función. Es un arquetipo reducido a su mínima expresión operativa.
Esto no es raro dentro del subgénero en los 80. Pero sí es cierto que la buena espada y brujería, incluso en sus versiones más pulp, ha tendido siempre a dotar a sus protagonistas de una cierta aura. Pienso por ejemplo en Conan, que sé no es una comparación justa porque es la mayor y la mejor expresión de este tipo de personaje, pero al fin y al cabo es también al que imita. Conan es un personaje muy definido, independientemente de la época del relato: como pirata, como bárbaro o como rey, siempre es ese guerrero que busca, ese ladrón que sobrevive, ese rey que se ha hecho a sí mismo.
En Deathstalker, ese impulso existe, pero no se desarrolla y queda muy superficial. Incluso dentro del contexto, no estoy exigiendo al personaje más de lo que ofrece. Pero es que Conan, no lo olvidemos, nace en revistas pulp. Deathstalker, como héroe, se abarata en su pragmatismo. Su horizonte es estrecho, y parece que es, sencillamente, por falta de ganas, no por temas de presupuesto, ni por necesidad de escribir una historia rápida.
Y esa reducción, claro, tiene consecuencias. A su alrededor, el mundo deja de organizarse como un espacio de sentido y funciona como un circuito de estímulos que llevan al héroe de un lado a otro sin mucha coherencia.
La violencia, por ejemplo, se convierte en una sucesión de gestos más o menos espectaculares, despojada de ningún contenido moral o incluso a veces de aventura, sencillamente hay violencia porque toca. O el erotismo, omnipresente en toda la saga, a veces introducido con calzador y de forma innecesaria, como en una especie de vorágine de destape, sin responder a ninguna lógica dramática.
No se integran en la trama, se imponen. Y así, tanto violencia como erotismo pueden leerse como un código de mercado. Y lo peor de ese código es que deja a la vista que forma parte del mismo sistema que los monstruos, las espadas, las fiestas o los torneos. Es un elemento más dentro de un catálogo de signos diseñados para ser reconocidos y consumidos rápidamente.
Y esto es una pena, porque cuando se cae una cosa, se cae todo detrás. Como ocurre en Deathstalker 2, y luego la 3 aunque lo intenta ya no puede recuperarlo, y la 4 parece avergonzada de ello.
Las películas de Deathstalker, toda la saga, no nacen de una voluntad autoral fuerte, ni de la necesidad de contar una historia, ni de un proyecto artístico cohesionado. Nacen de la lógica industrial: producir rápido y barato.
Las coproducciones impulsadas por Roger Corman en Argentina durante los años ochenta responden a esta estrategia: aprovechar infraestructuras económicas para generar productos exportables al mercado estadounidense. Ese modelo convive con el italiano, donde la espada y brujería se reproduce también a través de circuitos de explotación que buscan capturar la estela de un éxito previo.
Algo así como entender que la fantasía puede fabricarse en masa si se identifican bien sus componentes básicos. Y los componentes que se identifican son los más obvios: cuerpos, monstruos, violencia, erotismo, magia oscura, objetos de poder. A partir de ahí, la película no construye un relato; organiza una circulación de estímulos. Un guerrero, una bruja, un hechicero, un torneo. Todo reconocible. Todo vendible.
Este desajuste explica en buena medida la doble vida de Deathstalker: rechazada por muchos, o como poco situada siempre en ese territorio incómodo donde el placer y el juicio crítico no terminan de reconciliarse, y luego amada por algunos.
Porque curiosamente, esa lógica produce un curioso efecto inesperado. La precariedad está ahí: los decorados reutilizados (y en ocasiones hasta las escenas), las criaturas prostéticas, la textura de estudio, la iluminación irregular, los materiales baratos… todo ello compone una estética que no intenta ocultar sus límites. Y frente a la fantasía posterior, que aspirará a la inmersión total, a la coherencia absoluta del mundo, la Espada y Brujería de los 80 deja ver su mecanismo.
Deathstalker, como gran parte de la Espada y Bujería ochentera no invita tanto a creer como a participar. A aceptar el pacto. A disfrutar del disfraz, del maquillaje, del humo, del cuerpo. Es una fantasía donde el truco no se esconde, y por eso es más auténtico. Auténtico no en el sentido del primer significado de la RAE, lo que es acreditado como cierto y verdadero, sino en el 2 que muestra la RAE, consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es.
Así que esa materialidad áspera, a veces incluso grotesca, es parte esencial de la identidad del género. Y en su contexto, por tanto, no es un defecto que deba ser corregido.
Esto lo entiende claramente el reboot de 2025. Quedarse con lo que funciona sin complejos. Ignorar lo que no funciona, sin castigarse.
Dicho esto, como el propio vacío de películas de fantasía en los 90 demuestra, este sistema genera desgaste. La repetición en un primer momento permite consolidar un lenguaje, pero después termina por erosionarlo. Cuando las mismas situaciones, los mismos gags, los mismos recursos visuales vuelven una y otra vez, el mecanismo empieza a volverse contra sí mismo. Y con él, el propio género.
Tras Deathstalker, que fue de las primeras reacciones a Conan, la acumulación de títulos irregulares, de imitaciones rápidas, de productos concebidos más como mercancía que como relato, termina por erosionar la legitimidad del subgénero en su conjunto. Lo que podría leerse como una tradición rica y diversa queda reducido, en la percepción crítica dominante, a una serie de clichés de baja calidad.
Aquí es donde debemos ser objetivos y matizar la nostalgia. Es fácil reivindicar estas películas desde el afecto, desde la memoria del videoclub. Yo soy el primero que lo hace. Y hay motivos de sobra para hacerlo: forman parte de los mejores recuerdos de la mejor época de mi vida. Pero es justo reconocer que esa misma lógica que las hace fascinantes contribuyó, en su momento, a que la espada y brujería fuera percibida como un territorio poco serio.
No se trata de culpar a Deathstalker de nada. Pero sí se trata de entender que esta saga forma parte de un proceso más amplio en el que la repetición industrial, la falta de ambición narrativa y la explotación de ciertos códigos acabaron por definir de forma muy negativa la imagen pública del género.
Y ha llegado la hora de quitarse esa imagen. Desde lo positivo, enfocándose en lo que estaba bien, en lo que molaba de aquellas películas.
Por eso me remito al principio de este epígrafe: Deathstalker es una figura extraña. Porque posiblemente Deathstalker no funciona como individuo, sino como función. Y en ese sentido, Deathstalker es un documento. Una muestra clara de cómo un género puede reducirse a sus elementos básicos, reproducirse hasta el desgaste y, aun así, generar una forma de identidad propia.
5. Conclusión
Al final todo vuelve a ese videoclub. A esa portadade Boris Vallejo que prometía mucho más de lo que podía dar, pero que, de alguna manera, daba exactamente lo que necesitábamos en ese momento.
Deathstalker no fue la mejor fantasía de su tiempo, ni la más ambiciosa, ni la más coherente. Pero sí una de las más honestas dentro de su propia lógica: la de un cine que aspiraba a ofrecer una experiencia inmediata, física, casi táctil. Un puñado de imágenes, de cuerpos, de monstruos y de humo que se han quedado pegados en nuestra memoria.
Por eso ha podido volver. Sobrevivió en ese espacio intermedio entre lo ridículo y lo fascinante, entre el rechazo y el cariño, entre el producto y el recuerdo. El Deathstalker de 2025 no intenta corregir el pasado ni transformarlo: lo reconoce. Lo entiende. Y lo recupera desde ahí, desde ese mismo placer imperfecto que lo hizo nacer.
Como si, después de todo, aquella cinta de videoclub nos siguiera esperando en la estantería.
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