DIOSES bárbaros y civilizados en CONAN – Dioses, Religiones y Ritos de la Era Hiboria PARTE 1

DIOSES bárbaros y civilizados en CONAN – Dioses, Religiones y Ritos de la ERA HIBORIA (Parte 1 de 3)

Dioses, Religiones y Ritos de la ERA HIBORIA (Parte 1 de 3)

En el mundo Conan, los dioses no están ahí para consolar a nadie.

Eso no significa que no sean útiles. Crom describe una geografía, la cimmeria y una actitud ante esa geografía. Mitra sirve para sostener reinos, representa el poder religioso civilizado. Set duerme entre serpientes y magia negra. Y en los bosques pictos, manda el animismo en el bosque.

Hablar de religión en la Era Hiboria es entrar en una de las claves del mundo de Robert E. Howard: cada pueblo cree como vive.

Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de Dioses, Religiones y Ritos en la Era Hiboria.

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Vamos Conan, «He conocido muchos dioses. Aquel que reniega de ellos está tan ciego como aquel que cree en ellos demasiado.»

Introducción

Para hablar de religión en los relatos de Conan, no basta hacer simplemente una lista de dioses. Como todo en su mundo, Howard no construye algo cerrado, un panteón ordenado y perfectamente explicado, sino pinceladas con más o menos color llenas de cultos, juramentos, templos, sacerdotes, reliquias, mezclando la era hiboria con edades anteriores, o incluso de fuera del mundo. A veces los dioses y sus ritos están bien construidos. A veces son deliberadamente ambiguos. A veces, no son más que una mención de pasada, un grito de guerra o un juramento.

Por otro lado, Howard no separa siempre claramente, en los relatos de Conan, la religión y la hechicería. Un sacerdote o un rito puede ser también un mago preparando un hechizo. Un templo puede ser un centro político; como la torre de un mago. Y en este vídeo no quiero agotar la magia en Conan. La hechicería howardiana merece un vídeo propio, que llegará como parte de los vídeos del canal sobre la magia en diferentes mundos de fantasía.

Por tanto, hoy nos centramos en la medida de lo posible en la función religiosa de este mundo, centrándonos en qué papel cumplen los dioses, cómo se expresan los cultos, qué ritos aparecen, qué clase de sacerdotes los sirven y de qué manera se mezcla todo esto con la política y la identidad de cada pueblo de la Era Hiboria. En esta primera parte veremos los dioses bárbaros: el norte y los pictos, y después los dioses civilizados: los de los reinos hiborios y Shem. Dejamos para la segunda parte Stygia y los dioses orientales y para una tercera los hechiceros religiosos, templos antiguos y las reliquias.

Crom y los dioses bárbaros: una religión sin consuelo

Crom es el ejemplo más puro de dios bárbaro. Expresa la relación brutal de los cimmerios con el mundo. No está asociado a jerarquías religiosas, Crom pertenece a otro orden. Es un dios de intemperie, no de ciudad.

Es el dios más citado en los relatos de Robert E. Howard, y desde luego el más citado por Conan, aunque casi siempre en forma de maldición o juramento, invocando su nombre para reforzar la frase o como grito de guerra. Ser tan citado no convierte a Crom en una divinidad cercana. De hecho, se deja claro que es mejor no hacer nada que pueda atraer demasiado su atención, porque no trae ayuda: trae problemas.

Como se cuenta en La Torre del Elefante, Crom es cruel y sombrío. Vive en una gran montaña. Es inútil invocarlo, porque odia a los débiles. Lo único que concede a los hombres es valor al nacer, y voluntad para matar a sus enemigos. Para Conan, eso es lo único razonable que puede esperarse de un dios.

En El Fénix en la Espada, Conan habla de “sus dioses”: “Crom y su estirpe oscura”. Cabe por tanto, presentar a Crom como uno de los dioses cimmerios, no el único. El rostro visible quizá de esa religión tenebrosa como la región de cimmeria: un dios salvaje, elevado en su montaña, rodeado de nubes oscuras.

En este contexto, Howard deja escapar en boca de Conan otros nombres de resonancia céltica o gaélica. En Xuthal del Crepúsculo, Conan jura por Lir y Manannán mac Lir. En El Fénix en la Espada, después de que un noble insinúe que el rey está delirando, Conan responde con juramentos bárbaros: “Por Badb, Morrigan, Macha y Nemain!”. Pero no se explica nada más, así que queda para la especulación su relación exacta con Crom o incluso con Cimmeria.

En las fuentes míticas reales, todos esos nombres proceden del imaginario irlandés y gaélico. Crom puede recordar a Crom Cruach, una figura oscura de la tradición irlandesa vinculada a sacrificios. Manannán mac Lir significa literalmente “Manannán, hijo de Lir”: una divinidad irlandesa asociada al mar.

Badb, Macha y Nemain forman el complejo entramado de las deidades de la guerra en Irlanda. A menudo se las agrupa como una tríada (las Morrígna), con Morrigan como una figura central, la gran reina o presencia guerrera. En Conan, de nuevo, no forman una teología explicada, de hecho sólo se mencionan una única vez en todos los relatos de Howard.

El otro gran polo religioso del norte bárbaro es Nordheim: el mundo de los Aesir y los Vanir. Allí el dios central es Ymir. De nuevo, no parece que exista en torno a él una religión organizada, con templos y sacerdotes. Parece más bien una divinidad fría y guerrera. De hecho, Howard lo presenta de forma directa como Ymir el gigante de hielo, dios de una raza guerrera.

Su nombre se repite en torno a una docena de veces en el conjunto de los relatos, la mayoría de ellas en exclamaciones. Su peso verdadero está en la atmósfera que convoca: nieve, batalla, muerte heroica.

Igual que Crom, Ymir no parece un dios moral, ni con doctrina, o una ley ni mucho menos una esperanza o una promesa de salvación. Es el dios de un pueblo que combate, bebe, canta y muere. Las religiones del norte parecen una extensión de sus paisajes.

Atali es la hija de Ymir. Aparece en La hija del gigante de hielo, después de una batalla entre Aesires y Vanires. Conan ha sobrevivido al combate, y ve entonces una mujer imposible, sobrenatural, que se burla de él y lo atrae a través del campo nevado y los cadáveres. Pero su destino no es una recompensa dulce. Atali le conduce hacia sus hermanos, los gigantes de hielo, que arrancan los corazones de los hombres para ponerlos sobre la mesa de Ymir. Es, por lo tanto una figura ambigua, casi una valquiria invertida.

El Valhalla aparece también en este entorno cultural. A ver, no tenemos una teología desarrollada del más allá norteño pero se entiende en el contexto como una palabra guerrera, como promesa de destino heroico.

En todod estos casos, para Howard lo importante no es la doctrina. Howard pretende explicar rasgos del carácter de los norteños, cómo es su cultura. Crom encaja en la melancolía de Cimmeria, Ymir con la vitalidad de los Aesir. Los cimmerios beben agua, apenas ríen y cantan cantos fúnebres. Los Aesir, en cambio, combaten todo el día, beben cerveza y rugen canciones salvajes por la noche. Conan lo dice con claridad: las costumbres de los Aesir le gustaban más.

Asgard y Vanaheim remiten de forma transparente al mundo nórdico y germánico, aunque Howard no traslada la mitología nórdica de forma académica ni completa. La reduce a imágenes de enorme potencia pulp: Ymir, un dios de hielo y batalla, gigantes, una hija seductora del dios, Valhalla. Lo suficiente para que Nordheim no sea solo un lugar en un mapa.

Los pictos: la religión del bosque

La religión picta en Howard, siendo también bárbara, no se parece a la de los dioses bárbaros indiferentes del norte. De nuevo se adapta al ambiente y se percibe como una religión del bosque.

No está organizada en grandes templos, ni en liturgias públicas, ni en sacerdocios al modo civilizado, pero porque su espacio natural no es la ciudad, sino la naturaleza. No caben altares de mármol, sino el claro del bosque. Y allí hay otro tipo de rito: el tambor, el signo secreto, la historia o la bestia que responde a una llamada antigua.

El centro de ese mundo es Jhebbal Sag. En Más allá del Río Negro, aparece como un dios o poder antiguo vinculado a hombres y animales. Jhebbal Sag representa la memoria de un tiempo en el que hombres y bestias compartían lenguaje. En el relato se explica que en la antigüedad todas las criaturas le rendían culto, y de hecho, Conan (un cimmerio) conoce el símbolo secreto de Jhebbal Sag porque se lo enseñó un chamán en su juventud. Es el dios de la naturaleza salvaje que la civilización simplemente olvidó.

Zogar Sag es el gran mediador humano de esa religión. Es un chamán, brujo de Gwawela, capaz de convocar o dirigir bestias. No actúa solo como sacerdote, ni como mago, ni como jefe militar. Es las tres cosas a la vez. Así, de nuevo, la religión no se separa de la cultura, pero tampoco de la política.

Gullah, el Peludo, el dios gorila, pertenece también a esta zona de religión bestial y totémica. Asociado al miedo y a la noche, si Jhebbal Sag representa la antigua fraternidad de hombres y bestias, Gullah muestra el animal poderoso como divinidad.

En cuanto a Jhil, Howard lo menciona una única vez, como referencia divina aislada en el contexto de la frontera picta. Puede incorporarse como uno de esos nombres que amplían el fondo religioso de los pictos, pero no se puede convertir en una divinidad plenamente definida.

Cabe recordar también que en El extranjero negro, Howard menciona santuarios o espacios sagrados pictos. Esto matiza la idea de que la religión picta sea solo chamanismo. No hay grandes templos, pero sí hay geografía sagrada: puntos del bosque marcados.

La analogía real de los pictos hiborios es compleja. Howard los conecta nominalmente con los pictos históricos y con pueblos arcaicos del norte europeo, pero en la Era Hiboria los desplaza hacia una frontera que recuerda también a la América precolonial. En ese sentido, la religión picta mezcla chamanismo, totemismo y culto a animales.

Los dioses hiborios y Shemitas: La religión civilizada

El dios hiborio más antiguo es Bori, que aparece en La Era Hiboria, el texto donde Howard resume el gran trasfondo histórico de su mundo. No es el dios de una religión perfectamente organizada, sino más bien un gran jefe antiguo que la leyenda ha elevado a la condición de deidad. Antes de los reinos civilizados, de Aquilonia o Nemedia, los hiborios tienen a Bori como figura de origen, como nombre fundacional. Howard podría haberse basado aquí en Buri, primer dios de la mitología nórdica, padre de Bor y abuelo de Odín.

Pero en la época de Conan, Mitra es el gran dios civilizado de los reinos hiborios occidentales. Ahora sí hablamos de un dios con culto organizado: con templos, ritos, presencia pública y función política clara. Mitra representa la religión civilizada frente a los dioses sombríos y frente a los puramente tribales.

En El Fénix en la Espada, o en La Hora del Dragón, la mitraica es la religión dominante del mundo aquilonio. En El Fénix en la espada, por ejemplo, es evidente la función política cuando los enemigos de Conan colocan la estatua del rey depuesto Numedides en el templo de Mitra, para que el pueblo acuda a quemar incienso por su memoria.

Resuena con el Mitra indo-iranio y, por extensión, el mitraísmo romano. Dicho esto, Howard no da una teología completa de Mitra. No sabemos su doctrina, su liturgia detallada ni su estructura sacerdotal completa, aunque sabemos que existen sacerdotes, acólitos, un alto sacerdote y un círculo interno que guarda ciertos misterios.

Tampoco parece que se le pueda atribuir una magia activa, más allá de algún tipo de ayuda como en El Coloso Negro, donde Yasmela acude a Mitra en una situación de crisis y el templo funciona como un oráculo protector, conduciéndole hacia Conan. Pero los sacerdotes de Mitra no son brujos, sino más bien guardianes de misterios antiguos y rituales.

Por ejemplo, en El Fénix en la Espada aparece uno de los espacios religiosos más extraños de Aquilonia: la cripta secreta de Epemitreus en el corazón del monte Golamira. Un santuario oculto, subterráneo, conocido solo por el círculo interno del sacerdocio mitraico.

Conan llega allí en sueños —o mediante una llamada sobrenatural— y desciende por un corredor negro excavado en la roca, decorado con viejos dioses, símbolos arcanos y figuras de Set, hasta encontrar la tumba de Epemitreus. Epemitreus es un sabio muerto desde hace quince siglos, una figura de Aquilonia que interviene cuando el reino está amenazado por poderes demoníacos. Su función en el relato es decisiva: reconoce que el destino de Conan está unido al de Aquilonia y marca su espada con el signo del Fénix, símbolo que permitirá al cimmerio destruir el horror invocado por la magia stygia de Thoth-amon.

Y aquí, aunque quizá no quepa destacarlos como dioses, si es interesante mencionar a los Antiguos sin Nombre, que aparecen en ese corredor de El Fénix en la Espada como figuras medio olvidadas, asociadas a un pasado religioso anterior al civilizado. Son restos de una antigüedad terrible, sombras de divinidades arcaicas, presencias talladas en lugares que ya no pertenecen al culto vivo.

Ahriman y Skelos, por su lado, no creo que deban añadirse al panteón como dioses. Parecen más bien figuras míticas: Ahriman sobre todo a través del Corazón de Ahriman, una reliquia mágica central en La Hora del Dragón, y Skelos, a través del Libro de Skelos, una fuente de saber prohibido que legitima la existencia de horrores antiguos.

Otro dios presente en una ciudad hyboria podría ser Anu, aunque de nuevo, no es una figura muy desarrollada. Su rito deja entrever a través de uno de sus sacerdotes en el relato Villanos en la casa, en una de esas ciudades del pecado que tanto le gustaban a Howard. Su sacerdote actúa como intermediario de objetos robados y como informador de las autoridades, de modo que la religión queda mezclada con corrupción urbana y mercado negro. No sabemos nada más ni del dios ni del rito ni de sus sacerdotes. Anu remite al dios mesopotámico del cielo, una de las grandes figuras del panteón sumerio-acadio.

Este tipo de ciudades, tan del estilo de la Zamora de Howard, son frecuentemente centro de esos ritos urbanos o supuestamente civilizados. También de ladrones. Y en ese contexto, encontramos por ejemplo a Bel, “dios de los ladrones”, que funciona como patrono invocado por quienes viven del robo. Es un caso fronterizo, porque puede aparecer en listas de dioses hiborios por su uso amplio en el habla de aventureros y ladrones, pero su resonancia es claramente oriental y shemita. Bêlit, de hecho, lo incluye entre los dioses shemitas. Remite al término semítico “señor” y a divinidades mesopotámicas como Bel/Marduk.

En general, frente a Mitra, que representa la religión pública y civilizada de los reinos hiborios occidentales, las divinidades shemitas evocan ciudades de paso de caravanas, templos ricos, desiertos, comercio o vida al margen. No siempre se muestran sus ritos, pero su función es dar a Shem una identidad religiosa propia, más arcaica y ambigua, aunque también civilizada de alguna manera.

Ishtar es la gran diosa shemita. Su presencia se percibe en el lenguaje religioso de esos reinos: personajes que juran por Ishtar, que la invocan o que pronuncian su nombre en momentos de miedo, deseo o crisis. Eso no significa que sea una diosa menor dentro del imaginario de Howard; significa que su culto aparece de forma ambiental, como parte natural de la cultura meridional.

En Khoraja y Khauran, Ishtar parece representar una religión civilizada y palaciega, muy distinta de la sobriedad de Mitra y también del horror de Set. Ishtar pertenece a los palacios del sur, a la fertilidad, el deseo, el lujo, pero también a la guerra. No es necesario describir sus sacerdotes o templos para que entendamos su función: Ishtar da color religioso a un mundo de dioses más antiguos que los de la civilización hiboria occidental.

El caso de Khauran es especialmente útil porque muestra la diferencia entre el culto legítimo y su corrupción. En Nacerá una bruja, Ishtar aparece como deidad invocada por los khauranios, pero el culto sangriento que domina la trama no es el de Ishtar, sino el de Thaug, impuesto por Salome tras usurpar el poder. Esto permite leer a Ishtar como la religión civilizada que ha sido desplazada o contaminada por una práctica monstruosa. Ishtar, es el contraste frente a la degradación religiosa.

Podemos inferir que una diosa tan integrada en Khoraja, Khauran o Shem tendría culto, santuarios y personal religioso, pero Howard no los documenta.

La analogía real es directa: Ishtar remite a la gran diosa mesopotámica del amor, la fertilidad, si bien la función que le da Howard es mucho más amplia, equivalente a la figura acadio-babilónica de Inanna, diosa del amor, de la belleza, de la fertilidad y de la guerra.

Derketo es otra gran figura del horizonte shemita y meridional. En los relatos aparece como Derketo, divinidad asociada con el deseo, o Derketa, como se llama en Clavos Rojos a la Reina de los Muertos. Derketo/Derketa parece por tanto la forma howardiana de mostrar el culto hacia la sensualidad, pero también a la muerte. Atargatis, diosa siria asociada a fertilidad y el agua o los peces considerada la primera diosa sirena que se ha registrado y conocida por los griegos como Derceto, parece la analogía más clara. Todo ello filtrado obviamente por la desbordante imaginación pulp de Howard.

Derketo aparece asociada a regiones del sur, en Shem pero también en Stygia. En Xuthal del Crepúsculo, Thalis recuerda Luxur y el culto de Derketo: habla de templos y de una iniciación en sus misterios antes de los quince años. Esto permite afirmar que su culto posee espacios sagrados, y ritos iniciáticos.

Adonis aparece también en ese repertorio shemita nombrado por Belit en la Reina de la Costa Negra, pero con una única mención. Su presencia sirve para reforzar el aire levantino del panteón de Shem, con nombres que resuenan con la Biblia, Fenicia, Siria y en general el mundo mediterráneo oriental. La analogía es el Adonis greco-oriental, asociado a la belleza masculina. También Ashtoreth aparece como otra de las divinidades nombradas tan solo una vez en ese relato. En el mundo real, la analogía es Astarté/Ashtoreth, diosa semítica occidental vinculada a fertilidad y guerra.

Aunque no aparezcan en esa lista de Belit, hay otros dioses que también parecen pertenecen a este mundo shemítico. Por ejemplo, Dagon. Con todo, hay que tener cuidado porque aparece en Howard de dos maneras relacionadas pero no idénticas. En El Diablo de Hierro, Dagon es ante todo el nombre de una ciudad situada en la isla de Dagonia, dominada por Khosatral Khel, el ser venido del Abismo que civiliza a sus habitantes y acaba siendo adorado por ellos como dios. Aquí el centro religioso es Khosatral como dios-monstruo de Dagonia: un poder antiguo, casi invulnerable, servido por sacerdotes rapados, túneles secretos y sacrificios humanos. Por otro, el nombre aparece dentro del repertorio de ídolos y divinidades meridionales y sureñas, en Zembabwei, junto a Derketo en Las Joyas de Gwahlur.

Seguramente Howard tomó prestado el nombre de Dagan/Dagon, dios semítico noroccidental asociado al grano, la fertilidad y, por tradición posterior, al mundo filisteo y, aunque sea un tema discutido, al panteón marino. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión

Una curiosidad la encontramos en Pteor. Aparece directamente mencionado como dios de los pelishtim, dentro del horizonte shemita. Pero luego en Sombras de Zamboula aparece Baal-Pteor, un personaje, un hombre de Kosala, asociado a Yota-pong y al culto de Yajur. Y en la Hora del Dragón, Xaltotun llama a Baal, seguramente uno de sus servidores. Por eso a veces se toma a Baal como uno de los dioses creados por Howard, pero no hay evidencia de ello en los relatos. La confusión viene porque en el mundo real, Howard encontró inspiración en una asociación de ambos nombres, en Baal-Peor, divinidad o culto moabita mencionado en la tradición bíblica.

Finalmente, cabe mencionar los cultos demoníacos a los que se refiere Howard en la religión meridional. En concreto Howard habla de devil-worship, si bien no conviene entenderlo como un culto organizado en sentido cristiano, sino como una etiqueta de horror para referirse a religiones oscuras o monstruosas. Es, por tanto, un término más narrativo que teológico.

Conclusión

En esta primera parte hemos tratado la religión en Conan como cultura e identidad. Crom, Ymir, Jhebbal Sag, Mitra o Ishtar funcionan como formas de explicar pueblos enteros. En Howard, creer es una forma concreta de mirar la vida.

Pero esto es solo el comienzo. En la segunda parte entraremos en Stygia y los dioses orientales, donde la religión aparece como antigüedad oscura y exotismo sagrado. Y en la tercera parte hablaremos de sacerdotes, hechiceros y reliquias, es decir, de la religión como poder, magia, objeto maldito y amenaza narrativa. Lo veremos en las próximas semanas.

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STIGYA y los dioses orientales en CONANDioses, Religiones y Ritos de la Era Hyboria PARTE 2

Cuando pensamos en los dioses de Conan, solemos pensar en Crom o en Mitra. En el bárbaro que no reza a un dios que no ayuda o en el ciudadano de una Aquilonia sofisticada con una religión compleja y ritual. La religión es identidad.

Pero esa es solo una parte. En la Era Hiboria hay otros tipos de religiones, que se esconden en tumbas, en reliquias, en templos corruptos y objetos antiguos que nadie debería tocar.

Howard usa todos esos dioses para hacer que el mundo de Conan parezca más viejo, más extraño y más peligroso que sus propios protagonistas.

Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, seguimos hablamos de Dioses, Religiones y Ritos en la Era Hiboria.

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Vamos, Conan, algunos dioses son poderosos para dañar, otros para ayudar; al menos eso dicen sus sacerdotes.

Introducción

En la primera parte de esta serie de vídeos hablamos de la religión en Conan como cultura e identidad. Crom nos llevaba a la dureza fatalista de Cimmeria; Ymir al hielo guerrero del norte; Jhebbal Sag a la memoria animal de los pictos; Mitra a la religión pública y civilizada de los reinos hiborios; e Ishtar y Derketo al horizonte meridional y shemita. Es decir, vimos cómo los dioses de Howard son una forma de explicar pueblos, paisajes y maneras de entender la vida.

Pero en Conan la religión no siempre funciona así. A veces también sirve para abrir una puerta hacia algo mucho más antiguo y oscuro. Hay cultos que no parecen mirar al presente, sino a edades anteriores. En esta segunda parte nos adentramos en Stygia, los reinos negros y en los dioses orientales de la Era Hiboria. En todos estos lugares, a la dimensión política que Howard suele otorgar a las religiones, se hace evidente otra de las dimensiones que utiliza Howard: explicar las culturas. Y en este sentido, la religión en estos lugares exóticos, también realza ese exotismo.

Conviene recordar que no hablamos de espacios realistas ni mucho menos históricos, sino de construcciones pulp: templos extraños, sacerdotes inquietantes, ritos crueles, ciudades decadentes, poderes antiguos. Howard no está haciendo ni teología comparada ni reconstrucción histórica. Toma nombres, ecos y resonancias del mundo egipcio, mesopotámico, indio, bíblico o asiático, y los transforma en literatura de espada y brujería.

Por otro lado, quizá recuerdes muchos más nombres de dioses. Pero ten en cuenta que toda la escritura del mundo de Conan posterior a Howard desarrolló lo que en ocasiones eran pinceladas minimalistas del autor, y se llegó a un importante grado de explicación gracias sobre todo a materiales posteriores incluso al Cómic o las revisiones de Carter y Sprague de Camp. Por ejemplo, los juegos de mesa y de rol o los videojuegos. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Stygia y el culto de Set

Si Mitra representa la religión civilizada de los reinos hiborios occidentales, Set es su gran contrapunto oscuro. Stygia no es simplemente otro reino con otro dios, sino una civilización entera organizada alrededor de una religión funeraria, un culto antiguo al dios serpiente. En Howard, Set aparece como la Vieja Serpiente, dios de los stygiios, asociado a tumbas, reliquias, símbolos arcanos y, sobre todo, magia oscura. Y Set no es un dios lejano: es una presencia cuyos ritos tienen consecuencias reales.

Stygia está construida como una civilización funeraria. Howard la asocia una y otra vez con tumbas guardadas por sombras, pirámides, momias. No parece sin embargo una religión de consuelo, más bien parece una religión de poder. Set domina, duerme bajo la historia, deja signos en objetos antiguos y vuelve a través de hechiceros. La magia de Set no está separada de la religión.

El nombre de Set aparece por primera vez en El Fénix en la Espada, donde Thoth-amon, el hechicero stygio, recupera el Anillo de Set y vuelve a disponer de una magia terrible, capaz de convocar horrores desde regiones exteriores a la experiencia humana.

Set también aparece como enemigo simbólico del misterio mitraico desde ese mismo relato. Conan desciende en sueños hasta la cripta de Epemitreus y Howard convierte el espacio en una guerra religiosa entre la vieja serpiente stygia y la protección espiritual de Aquilonia. Epemitreus marca la espada de Conan con el signo del Fénix, y esa marca permite destruir el horror enviado por la magia de Thoth-amon. La escena enfrenta mucho más que a Conan con un monstruo; enfrenta dos imaginarios religiosos: Mitra, Epemitreus y el Fénix contra Set, Thoth-amon y la serpiente.

En La Hora del Dragón, Stygia aparece con todavía más claridad como una civilización donde religión y poder son inseparables. Khemi, la ciudad estigia con sus sacerdotes, sus tumbas y sus serpientes sagradas muestran que Set es el centro religioso de este mundo. Los sacerdotes de Set son guardianes de una tradición que mezcla rito y magia, en un contexto de miedo y dominio político.

También en La Hora del Dragón se ve que Set no pertenece solo al folclore stygio. Xaltotun, que no es stygio sino acheronio, invoca a Set como “dios de la oscuridad” y “señor de las sombras”. Set es dios de Stygia, pero su sombra es más antigua y más amplia que Stygia.

En El dios del cuenco, el protagonismo recae sobre un objeto funerario: el cuenco procedente de Stygia, marcado por el signo de Set. El relato transcurre en el llamado Templo de Kallian Publico, que en realidad es más bien un museo o una casa de antigüedades. Es un detalle muy howardiano: la civilización colecciona objetos sagrados que no entiende, y uno de esos objetos resulta contener un horror vivo.

En ese relato se dice que el Cuenco pertenece a una época en que Set caminaba sobre la tierra con forma de hombre, y se vincula a una antigua raza de reyes enterrados en recipientes semejantes. Estamos por tanto ante una presencia física arcaica, casi histórica, vinculada a una raza antigua. En el relato de la Era Hiboria, Howard sugiere que antes de Stygia existió en el sur un reino prehumano y misterioso, conquistado por los fundadores de la Stygia histórica. Restos de esa raza anterior habrían sobrevivido e incluso sido adorados. A la luz del culto stygio de Set, del simbolismo serpentino y de relatos como El dios del cuenco, esa civilización anterior puede leerse razonablemente como parte del trasfondo de hombre serpiente de Stygia, aunque el ensayo no la nombre literalmente así.

Así, Los Reyes Gigantes o Monstruosos mencionados en los relatos, son esenciales para entender el trasfondo de Stygia. Apuntan a su pasado, a razas antiguas, reyes monstruosos y formas de poder anteriores a la humanidad civilizada. Ayudan a explicar por qué la religión de Set parece siempre más vieja que los propios stygiios. Set no es solo el dios nacional de Stygia: es la señal de que bajo Stygia hay otra Stygia más antigua.

En este mismo sentido, conviene tratar con cuidado expresiones como el hijo o los hijos de Set. No son dioses independientes que debamos añadir al panteón. Es mejor entenderlo como criaturas sagradas o descendientes monstruosos del universo religioso de Set. De nuevo, Howard tan sólo sugiere lo suficiente para que el lector entienda que Set pertenece a una cadena de símbolos que desbordan lo humano.

Thoth-amon es el gran agente humano de la magia de Set. En El Fénix en la Espada, su poder depende del Anillo de Set; en El dios del cuenco, su marca aparece sobre el Bowl, y su enemistad con Kalanthes, sacerdote de Ibis, mueve la intriga oculta del relato. No está presentado como sacerdote doctrinal en sentido estricto, pero sí como hechicero stygio vinculado a Set y a la magia negra.

Aunque no sea puramente un dios stygio, es necesario mencionar a Ibis, rival religioso de Set. En El dios del cuenco, Kalanthes de Hanumar es sacerdote de Ibis y enemigo mortal de Thoth-amon. No sabemos mucho de su culto: Howard no desarrolla su doctrina, sus templos ni sus ritos. Pero su función narrativa es clarísima. Ibis es el contrapeso de Set, el polo religioso opuesto al mundo stygio.

Las analogías con el mundo real aquí son evidentes. Stygia remite a Egipto y a la antigua Libia. Pero Howard no reconstruye la religión egipcia: la transforma en una pesadilla pulp. Set está basado de forma bastante directa en Seth/Set, el dios egipcio asociado al desierto, la violencia y el caos. No hay un dios egipcio principal llamado “Ibis”. La referencia parece venir del ibis sagrado, ave asociada a Thoth, dios egipcio de la sabiduría, la escritura, la magia, la luna y el tiempo, representado muchas veces con cabeza de ibis.

La religión de los Reinos Negros

La religión de los Reinos Negros aparece en Howard mucho menos sistematizada que la de Mitra o Set. Así, no construye un panteón ordenado, sino una serie de cultos, oráculos, ídolos y nombres divinos asociados a los diferentes reinos, Keshan, Punt o Darfar. A veces son religiones de Estado; otras, simples menciones que bastan para sugerir una geografía completa, a veces son detalles que hacen pensar en religiones más bárbaras o justo en la transición de lo bárbaro a lo civilizado. Y luego, en los casos más oscuros, la religión se confunde directamente con una práctica monstruosa. Sea como sea, suelen mantener esos detalles de religiones lejanas.

Quizá la diosa más destacable de la zona, o al menos la figura religiosa más desarrollada, sea Yelaya, en Keshan. Fue primero la princesa Yelaya, última gobernante de Alkmeenon. Murió joven y fue conservada incorrupta de forma milagrosa. Con el tiempo, esa figura se convierte en diosa-oráculo: los sacerdotes acuden a Alkmeenon para consultar su voluntad, y esa supuesta voluntad tiene valor político.

Es por tanto una religión organizada, con sacerdotes y ceremonias, y una relación directa entre religión y poder político. La aparición de la diosa puede legitimar decisiones y orientar a los gobernantes. En los relatos, Conan y otros personajes intentan manipular la escenografía del oráculo, para usar la imagen de la diosa y servirse del prestigio religioso para sus fines.

El modelo en el que se fijó Howard es el oráculo antiguo, especialmente Delfos. De hecho, se podría identificar Alkmeenon con Delfos a través de los Alcmeónidas, vinculados al templo de Apolo en Delfos.

Las Joyas de Gwahlur, también llamadas Dientes de Gwahlur, son el gran tesoro sagrado de Alkmeenon/Keshan. No son una joya mágica como el Corazón del Elefante o el Corazón de Ahriman: su poder es sobre todo religioso. Son una reliquia, un tesoro nacional que Conan busca como botín.

No se menciona que Gwahlur sea un dios independiente. En el relato, el nombre queda ligado sobre todo a las Joyas, o Dientes de Gwahlur. Pero también, de algún modo, les da un origen mítico cuando se señala que fueron arrancadas por los dioses de las terribles mandíbulas de Gwahlur, “rey de la oscuridad”, en el nacimiento del mundo. Gwahlur parece así una entidad primordial o mítica.

Junto a Keshan, Howard menciona también Punt, cuyo caso es mucho más breve. La Mujer de Marfil de Punt aparece como una figura adorada por ese pueblo: más ídolo que diosa desarrollada. Ni conocemos su templo, sacerdotes, o ritos ni mucho menos su doctrina. Su función es enriquecer Punt con una religión propia, local, en tránsito de lo bárbaros a lo civilizado.

Yog, por otro lado, pertenece a un registro mucho más oscuro. Aparece en Sombras en Zamboula, aunque su vínculo no es con Zamboula sino con los darfarianos que practican el canibalismo nocturno.

Yog es muy diferente de otros seres oscuros como Set. Set tiene una civilización detrás: templos, sacerdotes, reliquias y una tradición compleja. Yog aparece de forma mucho más desnuda. Y más brutal. Como una práctica clandestina y nocturna. Su culto, si podemos llamarlo así, está descrito como una costumbre ritualizada de devoradores de hombres. No es una ventana fiable a ninguna religión real, sino una construcción de horror exótico, muy típica del pulp y en concreto, de Howard.

Hay otros cultos que no pertenecen del todo ni a Stygia, ni a los Reinos Negros, ni tampoco son del Oriente hiborio. Son los cultos de ciudades perdidas y civilizaciones agotadas. Xuthal es el ejemplo más claro: una ciudad dormida por el loto negro, sometida a Thog, un dios-monstruo que no representa una religión organizada, sino una decadencia absoluta. Aquí lo sagrado ya no explica una cultura viva: muestra una civilización que ha terminado entregándose a su propio depredador.

También está Xuchotl, la ciudad perdida de Clavos rojos, dividida entre Tecuhltli y Xotalanc. Allí tampoco encontramos una religión estatal clara, sino una civilización cerrada donde dioses dragón y Tascela, bruja inmortal y figura casi vampírica, domina mediante miedo. En Xuchotl lo religioso no aparece como culto ordenado, sino vinculado a lo mágico.

Los Reinos Orientales

Los Reinos Orientales de Howard no forman una unidad religiosa cerrada, sino que encontramos aquí también una gran variedad de cultos, muchos de ellos de nuevo con nombres apenas entrevistos. Vendhya, Turan, Hyrkania, Kosala o Khitai, en general los reinos orientales, comparten la misma función dentro del mundo de Conan: desplazar la religión hacia lo exótico, lo cortesano, lo secreto y lo mágico.

Si Mitra representaba el orden público de los reinos hiborios occidentales, Oriente es territorio de cultos complejos y sofisticados.

El dios oriental más importante en este bloque es Asura. Aparece asociado sobre todo a Vendhya, un reino que Howard construye con ecos de la India antigua, y también aparece más tarde como culto presente en Aquilonia.

Asura no es por lo tanto un dios local, encerrado en su región de origen, sino una religión consolidada, con estructuras capaces de desplazar el rito miles de kilómetros hacia Occidente, donde se convierten en una minoría sospechosa, pero activa y con lazos con el poder.

La moralidad de Asura es una de las más interesantes de la Era Hiboria porque Howard juega con la sospecha. Desde fuera, el culto parece opaco, aunque eso no significa que sea maligno. De hecho, frente a cultos abiertamente depredadores como el de Set, o frente a la magia de dominación del Círculo Negro, Asura representa una religión no corrupta. Su función moral está más cerca de la defensa del alma, con diferentes ritos funerarios, y la búsqueda de la verdad oculta.

Los sacerdotes de Asura no aparecen como una jerarquía visible, al menos en Aquilonia, sino como una red discreta de iniciados, guardianes de secretos y conocedores de realidades que la mayoría de la gente no entiende. Howard no atribuye al culto de Asura una magia propia desarrollada, pero tampoco son simples oficiantes religiosos. Su fuerza está en el conocimiento y en su capacidad para moverse en los márgenes del poder. En Aquilonia, esa condición secreta los convierte en una fuerza subterránea capaz de ayudar a Conan cuando la política oficial no basta.

En el mundo indoiranio, los asuras son seres divinos o semidivinos, y en el hinduismo el término acabará asociado muchas veces a potencias enfrentadas a los devas. Pero lo que le interesa a Howard no es la precisión histórica, sino el efecto narrativo: Asura suena a Oriente antiguo, a doctrina reservada y a una espiritualidad lo bastante fuerte como para sobrevivir incluso en Aquilonia.

Yizil, otro de los dioses mencionados, es menos importante. Aparece en Vedhya como una maldición o exclamación. No tenemos templo, ni sacerdotes, ni rito, ni doctrina. Su función es puramente ambiental, una forma de recordar que ese mundo posee sus propios juramentos y sus propias referencias sagradas.

Yajur nos cambia de reino hacia Kosala y de rito, hacia cultos más violentos. Aparece nombrado cinco veces seguidas en la misma página de un sólo relato, Sombras en Zamboula, ligado a Yota-pong y a los estranguladores, en especial a Baal-Pteor, que no es un dios sino un ejecutor humano. Aquí la religión se percibe a través de una práctica: la estrangulación sagrada. Yajur no está desarrollado con una teología amplia, pero su función narrativa es muy clara: representa una religión oriental asociada a muerte ritual, disciplina física y asesinato sacralizado.

El nombre nos lleva hacia los Vedas, uno de los textos sagrados del hinduismo, el Yajurveda. Pero lógicamente pasado por un filtro pulp.

A Hanuman, en el mismo relato, se le concede más presencia narrativa. En Sombras en Zamboula, posee templo propio, mediado por Totrasmek, su sacerdote. Aquí estamos ante una religión urbana con espacio sagrado, autoridad sacerdotal y probablemente función social. Eso sí, Howard la presenta de forma turbia: el templo de Hanuman no es un lugar de consuelo, sino más bien un centro de manipulación a través de Totrasmek, que no aparece como un sacerdote piadoso. Es un operador de poder religioso: usa el miedo, la teatralidad, la magia o los trucos sobrenaturales para controlar la ciudad y sacar provecho de su posición.

El culto de Hanuman muestra de nuevo una idea central en Howard, el templo puede ser un lugar religioso, pero también la sede de una institución política o criminal, o ambas. En Zamboula, la religión urbana convive con esclavitud, corrupción, depredación nocturna y canibalismo tolerado o encubierto. La ciudad parece civilizada, pero bajo esa superficie hay sacerdotes corruptos, pactos de silencio y una religión usada como máscara de poder.

En cuanto a la analogía con el mundo real, Hanuman procede del dios mono del hinduismo, aunque Howard lo transforma en una divinidad de templo oscuro, muy lejos de su sentido devocional real.

Erlik es otro de esos dioses que aparece de forma mucho más breve, una única mención asociada al mundo turanio. Su valor está en la resonancia: Erlik remite a un horizonte turco-mongol, estepario. Es el dios de la muerte y el inframundo en la mitología turca y mongola, antítesis de divinidades como Tengri o Ülgen.

Tarim también pertenece a ese mundo turanio, aunque su función es más política. No conocemos con detalle su culto ni sus ritos, pero sabemos que existen porque se mencionan. Además, se sugiere del texto que es una religión que acompaña al poder imperial turanio.

Yun es todavía más tenue. Aparece en La Torre del Elefante con referencia mínima, vinculada al mundo remoto de Khitai y al imaginario de los sacerdotes de Yun. No sabemos si Yun es un dios, una tradición religiosa, un nombre sagrado o una etiqueta sacerdotal, los sacerdotes de Yun. Lo importante es el efecto: introduce una profundidad oriental anterior incluso a la trama zamoria. Yun forma parte de ese fondo de nombres que sugieren que, más allá de los reinos conocidos por Conan, existen religiones más antiguas, más extrañas y menos accesibles para el lector occidental.

Yag-Kosha, o Yogah de Yag, pertenece a un plano quizá más extraño. Aparece en La Torre del Elefante, pero no es un dios sino una entidad cósmica, procedente del planeta Yag, torturada durante siglos por Yara y vinculada al Corazón del Elefante. Su apariencia podría hacerlo parecer monstruoso, pero Howard invierte la expectativa: Yag-Kosha no es el horror del relato, sino la víctima. El verdadero monstruo es Yara, el sacerdote humano que lo ha esclavizado, mutilado y usado como fuente de poder.

Los dioses que Yag menciona como propios pertenecen a esa misma dimensión, no forman un culto dentro de la Era Hiboria. De nuevo, Howard utiliza la religión para abrir la aventura hacia lo pulp y lo extraño.

En cuanto al dios-araña de Yezud, ofrece una imagen oriental, que será muy usada en el desarrollo posterior del mundo de Conan más allá de Howard, aunque eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. En El pueblo del Círculo Negro se menciona el culto de Yezud, donde muchachas de templo danzan ante una araña negra de piedra. No sabemos demasiado más: no hay doctrina, no hay sacerdocio desarrollado ni una escena ritual larga. Pero la imagen es suficiente evocadora. Frente a Asura, que representa una religión cortesana y civilizada, Yezud introduce una religiosidad más cercana al fetiche, al ídolo y al culto de una criatura.

Conclusión: Juramentos, los dioses en la boca

En esta segunda parte hemos visto con más claridad que la religión en Conan sirve para definir culturas y también para dar profundidad a su mundo. Los dioses, los cultos y los nombres sagrados funcionan como señales de que la Era Hiboria no empieza con Conan ni se agota en sus aventuras. Bajo cada reino hay capas anteriores que nadie entiende del todo.

Esa una de las claves de Howard: muchas veces no necesita explicar demasiado. Le basta una palabra, un juramento, un nombre divino o una referencia suelta para que parezca existir una religión entera detrás.

Los nombres divinos circulan por la era hiboria principalmente como juramentos, exclamaciones o como marcas culturales. “Por Crom”, “Por Mitra”, “Por Ishtar”, “Por Set”, Ymir, Bel, Yun… La religión está en la boca de los personajes.

Los juramentos muestran que la Era Hiboria está religiosamente impregnada. Nos necesitas entrar en los templos para que los dioses estén presentes. Están en la identidad cultural. Es cierto, esto no autoriza a levantar una teología donde solo hay una exclamación. Pero demuestra la genialidad de Howard, como una simple pincelada, una palabra en la boca de un personaje secundario, desarrolla una religión o una cultura completa.

En fin, por ahora, ya hemos visto los principales dioses y religiones de la Era Hiboria. Así que en el próximo episodio de estos vídeos, el tercero y último de esta serie, nos centramos en hechiceros, sacerdotes, templos y reliquias sagradas.

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Sacerdotes, Hechiceros y Reliquias en CONAN – Dioses, Religiones y Ritos de la Era Hyboria PARTE 3

Sacerdotes y hechiceros: cuando la magia gobierna

En los relatos de Conan, los sacerdotes rara vez son simples guardianes de una fe abstracta. Howard los convierte con frecuencia en figuras de poder: hombres que custodian templos, manejan reliquias, interpretan oráculos, manipulan reyes, dirigen sacrificios o utilizan la religión como máscara de la hechicería. La frontera entre sacerdote y mago es deliberadamente inestable. No todos los sacerdotes son hechiceros, y no todos los hechiceros pertenecen a un culto organizado, pero una y otra vez Howard muestra que el saber religioso puede convertirse en dominio político y que el rito puede ser una forma de violencia.

El ejemplo más claro es Thoth-amon. No es un dios, pero resulta imposible hablar del culto de Set sin mencionarlo. Thoth-amon es el gran hechicero stygio asociado a la Serpiente Vieja, al Anillo de Set y a la magia negra de Stygia. En El Fénix en la Espada, su poder depende del Serpent Ring of Set, una reliquia encontrada en una tumba nocturna bajo tierra. Mientras no posee el anillo, Thoth-amon está rebajado, esclavizado, reducido a instrumento de otro hombre. Cuando lo recupera, recupera también su antigua condición: vuelve a ser alguien capaz de invocar horrores desde regiones ajenas al mundo humano. En él se ve con claridad que la religión de Set no es solo devoción, sino acceso a una tecnología sagrada de terror.

Thoth-amon representa además una forma de poder que no necesita ejército visible. No gobierna desde un trono ni desde un templo abierto, sino desde el conocimiento oculto, la reliquia y la invocación. La magia sustituye a la política directa. Su relación con Set tampoco aparece como piedad religiosa convencional: no reza para ser consolado, sino que usa el símbolo y el poder de Set para destruir a sus enemigos. Por eso Thoth-amon es tan importante para entender la religión en Howard: muestra al sacerdote-hechicero como alguien que no sirve humildemente a lo divino, sino que negocia con fuerzas antiguas, las canaliza y las convierte en arma.

Frente a él aparece Kalanthes, sacerdote de Ibis. Sabemos mucho menos de Ibis que de Set, y Howard no desarrolla con detalle su doctrina, sus templos ni sus ritos. Pero Kalanthes cumple una función esencial: demostrar que el mundo religioso de Conan no está formado solo por cultos oscuros. Ibis aparece como rival de Set, y Kalanthes como enemigo mortal de Thoth-amon. No es un personaje desarrollado en escena con la misma fuerza que otros sacerdotes, pero su mera existencia introduce una oposición religiosa dentro del mismo campo de la magia: no toda sabiduría sacerdotal pertenece a la serpiente. Si Set representa tumba, reptil y terror stygio, Ibis parece remitir a una tradición más sabia o protectora, apenas insinuada, pero suficiente para oponer sacerdote contra hechicero, culto contra culto.

Yara, en La Torre del Elefante, lleva esta mezcla entre sacerdocio y tiranía mágica a uno de sus puntos más intensos. Howard lo presenta como sacerdote, pero lo que vemos en él es sobre todo a un hechicero convertido en señor de una torre. Su poder procede del Corazón del Elefante y de la esclavitud de Yag-kosha, la entidad venida de Yag a la que ha torturado durante siglos. Yara no representa una religión popular, ni una comunidad de fieles, ni un culto público comparable al de Mitra. Representa la perversión del prestigio sacerdotal: el sacerdote como dueño de un secreto monstruoso, como carcelero de una criatura sagrada y como usuario de una reliquia que le permite dominar desde la sombra.

La importancia de Yara está en que Howard invierte la apariencia religiosa. La criatura con cabeza de elefante parece monstruosa, pero es la víctima. El sacerdote humano parece el dueño del templo, pero es el verdadero horror moral. La torre funciona así como templo, prisión y máquina de poder. No hay liturgia pública: hay tortura, longevidad antinatural, magia de objeto y venganza ritual. El final del relato, con Conan ejecutando las instrucciones de Yag-kosha y usando el Corazón del Elefante contra Yara, tiene casi la forma de una ceremonia de liberación. La religión no salva por institución, sino por compasión hacia el ser sacrificado.

Tsotha-lanti, en La Ciudadela Escarlata, es otro tipo de sacerdote-hechicero, aunque no aparezca ligado a un dios concreto con la claridad de Thoth-amon. Es un mago político. Su ciudadela domina Khorshemish, pero también domina a los reyes que creen utilizarlo. Tsotha paraliza a Conan con el veneno del loto púrpura, lo encierra en los pozos de su fortaleza y conserva allí un mundo subterráneo de monstruos, experimentos y horrores. Su magia no se expresa como culto, sino como laboratorio, prisión y Estado secreto. En él, Howard presenta la hechicería como poder de gobierno: quien controla los pozos, los monstruos y los secretos controla también a los reyes de la superficie.

Tsotha-lanti es importante porque demuestra que la magia no necesita siempre presentarse como religión formal para cumplir una función religiosa. Sus mazmorras son casi un inframundo artificial; sus criaturas, una parodia de creación; su ciudadela, un templo oscuro del conocimiento prohibido. Frente a Mitra, que tiene templo público y oráculo protector, Tsotha representa el saber que se oculta bajo la ciudad y comercia con lo monstruoso. Su poder político no deriva de una corona, sino de lo que los demás temen que sepa hacer.

Pelias, su rival, introduce un matiz necesario. También es hechicero, también pertenece al mundo oscuro de los saberes prohibidos, pero en la trama actúa como aliado de Conan. Howard no convierte la magia en un sistema moral sencillo. Pelias salva a Conan, lo ayuda a escapar y permite la venganza contra Tsotha, pero no por eso deja de ser inquietante. No estamos ante un sacerdote luminoso contra un brujo malvado, sino ante una lucha entre operadores de un mismo campo peligroso. La magia puede liberar, pero sigue oliendo a tumba, a secreto y a pacto con fuerzas que el hombre común no entiende.

Xaltotun, en La Hora del Dragón, es quizá la culminación de la figura del sacerdote-hechicero como amenaza histórica. No pertenece al presente ordinario de Conan, sino a Acheron, una civilización muerta que regresa con él. Es sacerdote, mago, nigromante, estratega y reliquia viviente de una edad anterior. Su resurrección no es solo la vuelta de un enemigo individual: es la reaparición de una civilización enterrada. Xaltotun encarna la idea de que el pasado no ha desaparecido, sino que puede ser reanimado mediante magia, reliquias y ambición política.

En él, religión y poder se funden de manera total. Xaltotun no se limita a servir a dioses oscuros; invoca a Set, practica magia climática, manipula reyes y pretende restaurar un orden imperial muerto. Su escena de invocación a Set es reveladora: altar, sangre de virgen, símbolo séptuple, llamada a los hijos de la tierra negra. No estamos ante un rito privado, sino ante magia de guerra. La ceremonia busca alterar el campo de batalla, destruir al enemigo y decidir el destino de un reino. Howard muestra así el rito como tecnología política: una forma de intervenir en la historia.

Khemsa, en El pueblo del Círculo Negro, pertenece a otro registro: el del mago oriental atrapado entre deseo, ambición y disciplina oculta. Vinculado a los videntes negros y al Círculo Negro, Khemsa no es sacerdote de templo, pero sí producto de una tradición mágica organizada. Su poder no es improvisado: pertenece a una escuela, a una jerarquía de sabios terribles, a una orden que opera desde las montañas y manipula reinos desde la distancia. Con Khemsa, Howard desplaza la magia hacia Oriente y la convierte en conspiración, vigilancia mental, asesinato a distancia y dominio psicológico.

El Círculo Negro amplía esa imagen. No es un culto popular, sino una casta de magos. Su función religiosa es ambigua, porque no se organiza alrededor de un dios visible, pero sí opera como orden sagrada del poder oculto. En ese mundo, la magia sustituye a la diplomacia y al ejército: se mata a distancia, se proyecta voluntad, se amenaza a reyes, se convierte el miedo en gobierno. Khemsa, al rebelarse por deseo y ambición, muestra que incluso dentro de esas estructuras mágicas hay conflicto humano. La hechicería no elimina la pasión; la vuelve más peligrosa.

Totrasmek, sacerdote de Hanuman en Sombras en Zamboula, devuelve la cuestión al templo urbano. A diferencia de Khemsa, Totrasmek sí está claramente ligado a un dios y a un santuario. El templo de Hanuman no aparece como lugar de elevación espiritual, sino como centro de manipulación criminal. Totrasmek usa su posición sacerdotal para controlar, engañar y eliminar enemigos. Su autoridad religiosa forma parte de la corrupción de Zamboula, una ciudad donde la civilización es fachada y la noche pertenece a pactos inconfesables, violencia y cuerpos devorados.

Totrasmek es útil porque permite ver cómo Howard entiende ciertos templos urbanos: no como refugios morales, sino como lugares donde el miedo se administra. El sacerdote conoce secretos, controla espacios, maneja venenos o trucos, y se beneficia de la credulidad o del terror de los demás. Hanuman, como dios, queda parcialmente oscurecido por su sacerdote. Lo que importa narrativamente es menos la doctrina del culto que el uso social del templo: una institución religiosa convertida en instrumento de chantaje, crimen y poder.

Zogar Sag, el chamán picto de Más allá del Río Negro, representa el extremo opuesto del sacerdote urbano. No tiene templo de piedra ni liturgia escrita, pero su poder religioso es formidable. Actúa como mediador entre los pictos, los dioses del bosque y las bestias. Su magia se expresa a través de signos, tambores, animales y terror fronterizo. Si Totrasmek gobierna desde un templo, Zogar Sag gobierna desde la selva. Si Xaltotun invoca con altar y símbolo, Zogar Sag convoca con conocimiento tribal y relación con fuerzas anteriores a la civilización.

Su función política es evidente: moviliza la religión picta como arma contra la frontera aquilonia. Los animales que obedecen, los tambores que anuncian guerra, el miedo que recorre los fortines, todo forma parte de una misma estrategia. Zogar Sag no es solo brujo; es dirigente religioso de una resistencia tribal. Howard utiliza su figura para mostrar que la magia no pertenece únicamente a civilizaciones decadentes o templos antiguos. También puede brotar del bosque, del tabú y de una memoria animal que la civilización ha olvidado.

Salome, en Nacerá una bruja, introduce otra forma de poder religioso: la usurpación del culto. No es sacerdotisa legítima de Ishtar, sino bruja, doble monstruoso de Taramis y agente de corrupción religiosa. Al tomar Khauran, desplaza el orden anterior e impone el culto de Thaug, un dios-monstruo alimentado con sacrificios humanos. Su poder no reside solo en la magia personal, sino en la capacidad de transformar la religión pública del reino en terror sacrificial. El templo deja de proteger a la ciudad y se convierte en boca del monstruo.

Con Salome, Howard muestra que quien controla el rito controla el reino. La usurpación política necesita una usurpación religiosa: cambiar los altares, introducir nuevas imágenes, imponer sacrificios, hacer que el miedo sustituya a la piedad. Thaug no es solo una criatura escondida en un templo; es el signo visible de que el poder ha sido corrompido desde su centro sagrado. La bruja gobierna porque convierte la religión en espectáculo de terror.

En conjunto, los sacerdotes y hechiceros de Conan muestran que la magia en Howard rara vez es neutral. Sirve para gobernar, extorsionar, preservar secretos, legitimar usurpaciones, destruir ejércitos, manipular ciudades o mantener vivo un pasado que debería haber desaparecido. Hay sacerdotes protectores, como los de Mitra o Kalanthes de Ibis; hay sacerdotes criminales, como Totrasmek; hay hechiceros políticos, como Tsotha-lanti y Xaltotun; hay chamanes tribales, como Zogar Sag; hay brujas usurpadoras, como Salome. Todos ellos demuestran lo mismo: en la Era Hiboria, el rito no es un adorno de la religión. Es una forma de poder.



Reliquias, ruinas, demonios y edades anteriores: el pasado como amenaza

En los relatos de Conan, el pasado casi nunca está muerto. Está enterrado, encerrado, momificado, olvidado en una isla, sellado dentro de una joya, dormido en una tumba o convertido en estatua, pero sigue esperando. Howard construye buena parte de su horror sobre esta idea: la civilización actual vive sobre capas anteriores que no comprende. Bajo Aquilonia, Stygia, Zamora o Keshan hay ruinas, dioses viejos, razas desaparecidas, reliquias y criaturas que vienen de edades en las que el hombre aún no era dueño del mundo. Por eso el pasado en Conan no funciona como nostalgia, sino como amenaza.

Las reliquias son una de las formas principales de ese regreso. El Serpent Ring of Set, en El Fénix en la Espada, no es un simple objeto mágico. Es la concentración material de una religión antigua y serpentina. Thoth-amon pierde su poder cuando pierde el anillo y lo recupera cuando vuelve a poseerlo. La reliquia no simboliza el poder: lo contiene. Su forma de serpiente, su procedencia funeraria y su relación con Set convierten el objeto en una prolongación del dios. El pasado stygio se puede llevar en un dedo, y desde ahí convocar horrores.

El Corazón de Ahriman, en La Hora del Dragón, amplía esa lógica. Es joya, reliquia, talismán y centro de fuerzas históricas. Su función no se limita a la magia individual: afecta al destino de reinos, permite la restauración de poderes muertos y se convierte en pieza decisiva de una guerra política. Ahriman no aparece como dios de culto cotidiano, pero su nombre queda asociado a una piedra que conserva una potencia anterior y terrible. En Howard, las joyas no son solo tesoros. Muchas veces son depósitos de historia, llaves de resurrección o núcleos de una voluntad antigua.

El Bowl stygio de El dios del cuenco lleva esta idea al terreno funerario. El objeto llega a una ciudad civilizada como antigüedad valiosa, casi como pieza de colección, pero en realidad pertenece a una historia sagrada que sus poseedores no comprenden. El llamado templo de Kallian Publico funciona más como museo o depósito de maravillas que como santuario religioso, y precisamente por eso la escena es tan eficaz: la civilización colecciona objetos del pasado creyendo dominarlos, hasta que uno de ellos revela que no era objeto, sino prisión, sarcófago o huevo de horror. El pasado no está muerto: estaba cerrado.

La criatura del Bowl, vinculada a Set, debe entenderse en esa clave. No es simplemente una serpiente monstruosa ni un dios independiente que añadir al panteón. Es una supervivencia sagrada del mundo de Set, una manifestación de un linaje antiguo, quizá descendiente o hijo de la Serpiente. Howard juega aquí con la idea de que los dioses y sus criaturas no han desaparecido, sino que duermen bajo formas funerarias. La arqueología se vuelve peligro religioso: abrir un recipiente antiguo equivale a romper un pacto con una edad anterior.

Epemitreus y el signo del Fénix ofrecen el reverso protector de esa misma lógica. También pertenece al pasado, también está muerto, también yace en una cripta secreta, pero su función no es amenazar a Conan, sino defender Aquilonia frente a Set. En El Fénix en la Espada, Epemitreus lleva quince siglos muerto y, sin embargo, interviene desde su tumba del monte Golamira. Marca la espada de Conan con el Fénix y convierte un arma rota en instrumento capaz de matar un horror del Outer Dark. El pasado no siempre es demoníaco en Howard, pero siempre es poderoso. Incluso cuando protege, lo hace desde una profundidad inquietante.

Los Nameless Old Ones pertenecen a esa zona de antigüedad casi incomprensible. Aparecen como figuras talladas, presencias de un mundo religioso anterior al culto vivo. No sabemos quiénes fueron, qué ritos recibían ni qué pueblos los adoraron. Su función es precisamente esa: sugerir que antes de los dioses conocidos hubo otros nombres, otras formas, otras potestades. En Howard, lo innombrado no es vacío; es exceso de antigüedad. Los Antiguos sin Nombre recuerdan que la Era Hiboria no es el principio, sino apenas una capa más sobre ruinas que ya eran viejas cuando nacieron los reinos de Conan.

Los Giant-Kings o Monster-Kings de El dios del cuenco amplían ese trasfondo prehumano o pre-stygio. Son restos de una historia anterior a la Stygia conocida, razas antiguas, reyes monstruosos, seres enterrados en recipientes funerarios y vinculados a tradiciones que los hombres actuales apenas comprenden. No deben tratarse como dioses del presente, sino como memoria de un orden anterior. Su importancia está en que hacen que Stygia parezca heredera de algo todavía más antiguo y más terrible. Bajo la teocracia de Set hay otra historia: una historia de reyes monstruosos, serpientes y formas de vida que desdibujan la frontera entre dios, hombre y bestia.

Khosatral Khel, en El Diablo de Hierro, es uno de los mejores ejemplos de dios-monstruo superviviente. No es un dios abstracto, sino un ser físico, casi invulnerable, venido del Abismo, que civiliza a los habitantes de Dagonia y acaba siendo adorado por ellos. Su cuerpo mismo es reliquia: no envejece como los hombres, no muere como los hombres, no pertenece del todo al orden humano. Cuando Conan se enfrenta a Khosatral Khel, no combate simplemente a un tirano local, sino a una supervivencia de otra edad, un dios viviente que ha convertido una isla en escenario de culto, miedo y sacrificio.

Thog, en Xuthal del Crepúsculo, representa otra forma de pasado monstruoso. La ciudad de Xuthal está habitada por una civilización decadente, narcotizada, casi extinguida, que vive bajo la sombra de un ser al que teme y sirve. Thog no necesita un culto elaborado con sacerdotes visibles y liturgia formal. Su religión es la dependencia y el terror. La ciudad entera parece existir como presa lenta de su dios-monstruo. Howard une aquí decadencia urbana, droga, pasividad y monstruosidad subterránea: una civilización que ya no lucha contra su dios, sino que ha aprendido a vivir muriendo bajo él. Resuena ligeramente con Thaug, otro monstruo que aparece en Nacerá una bruja, que comentamos junto con las religiones shemitas.

Yag-Kosha, o Yogah de Yag, parece al principio pertenecer al mismo catálogo de monstruos, pero Howard lo construye de otra manera. En La Torre del Elefante, su aspecto es extraño, casi divino y casi animal, pero su papel es el de víctima sagrada. Viene de Yag, ha cruzado distancias cósmicas, ha conocido a los dioses verdes de su mundo y ha terminado mutilado y esclavizado por Yara. Con Yag-Kosha, el pasado y lo extraterrestre no son automáticamente malignos. El verdadero horror no está en la criatura antigua, sino en el sacerdote que la tortura y convierte su sufrimiento en fuente de poder.

Por eso Yag-Kosha encaja en este capítulo de forma especial. Es reliquia viviente, dios caído, extranjero cósmico y mártir. Su muerte tiene forma ritual, pero no como sacrificio cruel, sino como liberación. El Corazón del Elefante permite cerrar el ciclo: el cuerpo torturado se convierte en instrumento de justicia, y la magia acumulada por Yara se vuelve contra él. Howard no presenta aquí el pasado como amenaza pura, sino como grandeza dañada. Aun así, sigue siendo peligroso: tocar a Yag-Kosha, su corazón o su historia significa entrar en contacto con fuerzas que exceden por completo la escala humana.

El demonio alado de El valle de las mujeres perdidas pertenece al registro del Outer Dark. Los habitantes lo consideran un dios llegado de muy lejos y hace mucho tiempo; Conan, en cambio, lo identifica como un demonio exterior, una criatura venida de más allá del cinturón de luz del mundo. No hay aquí un culto desarrollado con sacerdotes y doctrina, pero sí altar, víctima y miedo religioso. Livia es preparada como sacrificio, y la criatura ocupa el lugar de divinidad local. Este tipo de episodio muestra cómo en Howard la palabra “dios” puede designar a veces aquello que una comunidad teme y no comprende.

El dragon-god de Clavos Rojos funciona de manera parecida, aunque ligado a Xuchotl y a su mundo de decadencia cerrada. El dragón no tiene la densidad teológica de Set ni la carga cósmica de Yag-Kosha, pero su presencia como dios-monstruo o bestia sagrada encaja en la lógica del pasado amenazante. Xuchotl es una ciudad aislada, envejecida, encerrada en su propia violencia, y sus criaturas sagradas forman parte de esa atmósfera de supervivencia degenerada. En Howard, las ciudades perdidas casi siempre conservan algo peor que sus ruinas: conservan a sus dioses.

También las imágenes de los “gods and goddesses of the night” introducidas por Salome en el templo de Ishtar pertenecen a este campo de corrupción religiosa. No son necesariamente deidades desarrolladas una por una, sino un repertorio de figuras oscuras, obscenas y extranjeras que sustituyen la religión legítima del reino por una liturgia de miedo y degradación. La imagen es importante porque muestra que el pasado no vuelve solo como monstruo físico; vuelve también como iconografía, como decoración sagrada, como cambio de imágenes en el templo. Alterar los dioses visibles es alterar el orden moral del reino.

En conjunto, las reliquias, ruinas, demonios y edades anteriores forman la gran arqueología del horror howardiano. Los personajes creen buscar joyas, tesoros, poder, conocimiento o legitimidad, pero lo que encuentran son supervivencias. Un anillo despierta horrores. Una piedra decide una guerra. Un cuenco contiene una criatura sagrada. Una ciudad perdida conserva un dios-monstruo. Una cripta guarda un protector muerto. Un templo usurpado cambia sus imágenes y con ellas cambia el reino. En Conan, el pasado no enseña: acecha.

Esta es una de las grandes diferencias entre Howard y una fantasía más nostálgica. La antigüedad no es necesariamente edad dorada, ni depósito de sabiduría pura. A veces lo antiguo protege, como Epemitreus. A veces conmueve, como Yag-Kosha. Pero casi siempre exige un precio. La Era Hiboria está construida sobre capas de ruina, y cada capa contiene dioses, demonios, armas o secretos que pueden volver. Por eso la religión de Conan no mira solo hacia el cielo. Mira también hacia abajo: hacia tumbas, pozos, corredores negros, ciudades sepultadas y objetos que todavía conservan el pulso de mundos desaparecidos.


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