El élfico es muy humano

El ÉLFICO es demasiado HUMANO

El élfico es muy humano

Hoy hablamos de la relación entre lenguaje y pensamiento en la obra de J.R.R. Tolkien, analizando cómo las lenguas ficticias de la Tierra Media reflejan y moldean la identidad cultural de sus hablantes.

En primer lugar, presentamos la hipótesis de Sapir-Whorf, explicando si el lenguaje da o no forma al pensamiento humano. Suena más duro de lo que es. Es una hipótesis interesante. En segundo lugar planteamos las principales críticas a esta teoría, enfocándonos en si el lenguaje determina la cultura o es la cultura la que determina el lenguaje. En tercer lugar, nos preguntamos si Tolkien adopta una postura determinista (lengua como cárcel mental) o relativista (lengua como influencia cultural). Terminamos con una conclusión.

La hipótesis de Sapir-Whorf: origen, versiones e implicaciones

La relación entre idioma y forma de pensar ha sido objeto de debate desde hace décadas. La hipótesis de Sapir-Whorf, germen del llamado relativismo lingüístico, plantea que la lengua da forma al pensamiento, influyendo en la visión del mundo de sus hablantes.

Por ejemplo: los hablantes de kuuk thaayorre (una lengua aborigen australiana), estudiados por Lera Boroditsky, demuestran cómo la estructura lingüística modela la cognición: al carecer de términos como izquierda/derecha, su idioma obliga a usar coordenadas cardinales absolutas (ej: “la taza está al noroeste”), lo que redefine su percepción del tiempo. 

En el estudio se les pedía ordenar imágenes que mostraban secuencias temporales, como una persona envejeciendo o una fruta siendo comida. A diferencia de hablantes de inglés o hebreo, que tienden a organizar las imágenes según la dirección de su escritura (de izquierda a derecha o de derecha a izquierda), los Kuuk Thaayorre las ordenaban siempre de este a oeste, según el punto cardinal hacia el que estaban orientados. Si miraban al sur, colocaban las imágenes de izquierda a derecha; si miraban al norte, lo hacían de derecha a izquierda, y así sucesivamente. Nadie les indicó dónde estaban los puntos cardinales: ellos lo sabían de forma espontánea y usaron esa referencia espacial para construir su representación del tiempo.

Esto evidencia que la lengua sesga procesos cognitivos cotidianos, confirmando que, como advierte Guy Deutscher (2010), “el lenguaje es el guía de nuestros hábitos mentales”.

Esta idea de que el lenguaje moldea el pensamiento fue articulada por primera vez con claridad en el siglo XIX, en un contexto de auge del nacionalismo,  donde autores como Wilhelm von Humboldt y Johann Wolfgang von Goethe concebían la lengua como expresión del espíritu de una nación. 

Conceptos similares pueden encontrarse también en los escritos de Gottlob Frege y Ludwig Wittgenstein, el filósofo que hizo célebre la frase: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. 

Julia Penn, en su libro Relatividad lingüística contra ideas innatas, rastrea los orígenes teóricos de esta corriente hasta Johann Georg Hamann, también en el XIX, incluyendo en su desarrollo autores como Johann Gottfried Herder, Humboldt que hemos mencionado antes y Jan Baudouin de Courtenay hasta llegar a la formulación moderna de la idea, elaborada por Franz Boas y Edward Sapir, desde la antropología estadounidense. 

Aunque Sapir mostró reservas a esta hipótesis, especialmente a su forma más dura, conocida como determinismo lingüístico, su discípulo Benjamin Lee Whorf retomó sus ideas y fue quien más claramente formuló la tesis de que las diferencias lingüísticas afectan la cognición y el comportamiento. No obstante, ni Sapir ni Whorf propusieron formalmente una “hipótesis” conjunta: el término “hipótesis Sapir-Whorf” fue acuñado más tarde por Harry Hoijer, también discípulo de Whorf.

En esta hipótesis se distinguen dos versiones clásicas:

Hipótess Whorfiana Fuerte, que lleva al determinismo lingüístico, que las categorías lingüísticas limitan las categorías cognitivas; es decir, los límites del lenguaje serían los límites del pensamiento. Esta postura fue defendida por algunos lingüistas pre-1940, pero hoy se considera excesiva.

Hipótesis Whorfiana Débil, conocida también como la hipótesis Whorf-Korzybski, desde la que se desarrolla el relativismo lingüístico, propone que las diferencias lingüísticas influencian la cognición, pero sin imponerla de forma rígida. En la práctica, implica que el idioma ofrece marcos culturales que moldean tendencias en la percepción y pensamiento, sin que éstos queden irrevocablemente fijados por el idioma. 

Por ejemplo, en otros estudios de Boroditsky se examinó cómo las metáforas espaciales utilizadas para describir el tiempo afectan la cognición temporal. Los hablantes de inglés tienden a conceptualizar el tiempo horizontalmente (por ejemplo, “mirando hacia adelante al futuro”), mientras que los hablantes de mandarín utilizan metáforas verticales (por ejemplo, “el mes siguiente es abajo”). Cuando se entrenó a hablantes de inglés para usar metáforas verticales, comenzaron a pensar en el tiempo de manera más similar a los hablantes de mandarín, sin necesidad de aprender el idioma, lo que indica que el lenguaje puede moldear, pero no restringir, las representaciones cognitivas

Según los estudios actuales, el relativismo débil tiene más respaldo empírico. Se ha encontrado, por ejemplo, que las estructuras gramaticales de un idioma pueden condicionar los procesos perceptivos de sus hablantes, pero no impidiéndoles entender otras realidades. Dicho de otro modo, la lengua influye en la experiencia, pero no encierra al hablante en un «prisión mental» lingüística.

En todo este contexto es interesante destacar los estudios en hablantes bilingües, que a menudo exhiben diferencias en su personalidad según el idioma con que se expresan.

Por ejemplo, Ramírez-Esparza y otros investigadores, en 2006, analizando varios estudios con bilingües español–inglés, observaron que al usar el inglés, los participantes tendían a comportarse de forma más acorde a los valores y normas más típicos de la cultura estadounidense y en cambio, al usar el español, su perfil de personalidad se alineaba más con los patrones culturales hispanos. Los autores consideraron que estos cambios no se deben a problemas de traducción ni a características del instrumento utilizado, sino al hecho de que el idioma actúa como un disparador de marcos culturales distintos, activando patrones de pensamiento, emociones y comportamientos coherentes con la cultura asociada a esa lengua. 

En otro estudio de Chen y Bond de 2010, se mostró cómo el idioma no solo cambia la percepción de la propia personalidad, sino también el comportamiento observable en hablantes bilingües chino-inglés. Hablar en inglés, por ejemplo, activaba rasgos más asociados con culturas anglófonas (como mayor extroversión), mientras que hablar en chino evocaba comportamientos más alineados con normas culturales chinas (más moderación o reserva).

Estos estudios apuntan a que el idioma proporciona un marco cultural que puede cambiar cómo nos vemos a nosotros mismos. Dicho de otro modo, cuando un bilingüe alterna de idioma, a menudo siente que “otro yo” emerge con rasgos y emociones distintas. Esto no implica que la lengua impone la identidad, pero sí influye en qué aspectos de la identidad se potencian en cada contexto lingüístico.

Críticas a la hipótesis Sapir-Whorf

Con el auge de la lingüística generativa en la segunda mitad del siglo XX, surgieron fuertes objeciones al determinismo y el relativismo lingüístico. 

Y es que la idea de que el lenguaje determina el pensamiento puede ser usada de forma peligrosa o paternalista. Por ejemplo, podría justificar que ciertos pueblos no tienen ciertas capacidades cognitivas porque su lengua no las permite (una forma encubierta de etnocentrismo). Además, la hipótesis, en su versión más radical, podría justificar formas de ingeniería lingüística o censura con la intención de “modelar” el pensamiento (como en la “neolengua” de 1984).

Noam Chomsky, líder de la gramática universal, argumentó que existe una estructura profunda innata compartida por todas las lenguas humanas. Según esta visión, todas las lenguas comparten la misma arquitectura subyacente, y las diferencias observables son en gran parte superficiales. Desde esa perspectiva, las variaciones idiomáticas serían detalles de superficie que no cambian los procesos cognitivos universales: el cerebro humano procesa el lenguaje mediante mecanismos comunes, con independencia del idioma concreto.

En la misma línea, Steven Pinker plantea que los seres humanos no piensan en términos de un idioma natural, sino en un lenguaje mental interno. Para Pinker, el lenguaje es un medio de comunicación posterior al pensamiento; es decir, el pensamiento es independiente del idioma particular que uno habla. Según él, ningún idioma concreto puede condicionar fundamentalmente el razonamiento humano, ya que nuestra mente opera en un nivel previo y común a todos.

Otros críticos señalan deficiencias empíricas en los ejemplos originales de Whorf. Chomsky y Pinker reprocharon a Whorf el uso de anécdotas poco controladas y la falta de demostración rigurosa en sus argumentos.

En general, las posturas modernas reconocen influencias parciales del lenguaje sin llegar al determinismo absoluto. Por ejemplo, George Lakoff enfatiza el papel de las metáforas culturales: el inglés conceptualiza el tiempo como dinero (“ahorrar tiempo”, “gastar tiempo”), lo que revela una cultura que valora la eficiencia y la productividad. Otras lenguas, sin embargo, conceptualizan el tiempo como algo visible, cíclico, espacial o procesual, lo que refleja cosmovisiones distintas sobre el devenir, la previsión, el pasado y la acción.

Esto es, el lenguaje influye el pensamiento de forma sutil y dependiente del contexto, no de forma absoluta.

Además, ¿y si es al revés, y es la personalidad y la cultura lo que moldea el lenguaje?

Por ejemplo, el gallego no tiene decenas de palabras para lluvia porque se piense distinto o se vea a la lluvia de forma diferente, sino porque la cultura establecida en la zona necesita distinguir matices. 

Términos como orballo (llovizna persistente), xistra (lluvia con viento), babuña (lluvia débil) o treboada (tormenta) persisten no por una mentalidad especial, sino porque marcan diferencias prácticas entre “salir a segar” o “quedarse en casa”. De hecho, cuando los gallegos migran a climas secos, muchos de estos términos caen en desuso, demostrando que es el contexto cultural, no la lengua en sí, lo que moldea este léxico.

Por cierto, en línea con lo anterior, la afirmación de que los esquimales tienen también decenas de formas de designar a la nieve, aunque parezca que tiene sentido, es un poco un mito y carece de base académica. Lo difundió Franz Boas sin mucho estudio que lo respalde, que podría haber mirado mejor a los gallegos. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Lo cierto es que probablemente hay un flujo bidireccional. En este sentido, como decía Porzing, el vínculo entre las palabras y las cosas no es ni natural ni completamente arbitrario. El lenguaje refleja cómo una comunidad percibe e interpreta el mundo que la rodea. Son herramientas culturales que permiten clasificar y dar sentido a la realidad, y su forma depende tanto de la psicología humana como del contexto histórico, espiritual y cultural en el que se desarrollan.

Tolkien como creador lingüístico

Y una vez establecida toda la base anterior, llegamos a Tolkien. El señor J fue lingüista profesional, y para él la lengua misma era el motor de su imaginación. En su famoso ensayo “A Secret Vice” (1931) reveló que inventar lenguas era para él un “vicio secreto” placentero. Incluso sostuvo que las historias literarias surgían para sustentar sus lenguas inventadas, y no al revés. Llegó a describir El Señor de los Anillos como “en gran medida un ensayo de estética lingüística”, en la carta 165 de junio de 1955.

Según Tolkien, una lengua artificial convincente y bella debe incluir no solo gramática y vocabulario, sino también historia y mitología de los hablantes. Por eso dedicó décadas de su vida a desarrollar leyendas completas asociadas a cada idioma. Su ensayo On Fairy-Stories y numerosas cartas refuerzan esta idea de subcreación lingüística: las lenguas élficas (Quenya, Sindarin) poseen complejas genealogías internas, mientras que los idiomas de valar, dioses o razas menores tienen sus orígenes mitológicos propios.

Además, Tolkien puso énfasis en la fónica o “esculturas de sonido” de sus idiomas. Buscaba que los nombres y palabras evocaran sensaciones estéticas. Así, confesó que al desarrollar el quenya había incorporado deliberadamente elementos del finés y el griego por su placer fonético. El sindarin, en cambio, lo dotó de un carácter parecido al galés británico, para que encajara con las leyendas “de tipo céltico” de sus hablantes. 

De este modo, cada lengua de Tolkien refleja afinidades reales: por ejemplo, el quenya suena suave y armonioso, en tanto que el sindarin luce más “celta”. Ambos son idiomas deliberadamente melódicos y agradables. Estas lenguas élficas, junto con sus escrituras (tengwar, sarati), refuerzan la naturaleza noble y antigua de los elfos.

En cambio, el Khuzdûl de lo enanos, Khuzdul significa lengua, se basó en idiomas semíticos (árabe/hebreo) para sonar áspero y ritual. Según las leyendas, Aulë se la enseñó a los enanos, y estos la mantuvieron oculta de los forasteros.En el Silmarillion se menciona que los elfos la encontraban «engorrosa y desagradable».

Los ents por su lado poseen su propio idioma ancestral, descrito como “largo y sonoro” y básicamente inaprensible para los demás. Su lengua antigua era tonal, con muchas vocales sutiles. Con el tiempo, los ents adoptaron palabras del quenya para su habla cotidiana (adaptándolas a su gramática) y continuaron hablando la Lengua Común con palabras compuestas muy largas. La complejidad del éntico subraya la antigüedad y la lentitud de pensamiento de los ents, que no tenían prisa en decir nada.

Respecto a la Lengua Negra de Mordor fue creada con fonética dura y aglomerada, reflejo de la malicia de Sauron. Tolkien la ideó con una fonética áspera y agresiva a propósito.

Y los hombres, claro, en la Tierra Media existen varios idiomas humanos. Destaca el Adûnaico de Númenor y el Rohírrico de Rohan. Tolkien representó el Rohírrico con inglés antiguo, porque los Rohirrim están inspirados en los anglosajones. Así, la relación lingüística entre Rohirrico y Oestron (el idioma común) es análoga a la del inglés antiguo y el inglés moderno. Por su parte, en Gondor se hablan un estilo culto de Oestron, que incorpora arcaísmos y oraciones invertidas, reflejando su tradición antiquísima.

En conjunto, las lenguas de la Tierra Media reflejan y moldean la identidad de cada pueblo. Los elfos hablan lenguas líricas y tienen historia elaborada; los enanos tienen un lenguaje ritual reservado a su clan; los rohirrim conservan un tono arcaizante sajón; los ents hablan en fórmulas largas y poéticas; y los orcos gruñen en la Lengua Negra. Así, el hecho de que cada raza use idiomas diferentes subraya sus diferencias culturales y su carácter esencial en la obra de Tolkien. Las citas y ejemplos anteriores muestran que Tolkien eligió cuidadosamente la sonoridad y origen ficcional de cada lengua para encajar con cada raza.

El uso de lenguas en la Tierra Media refleja claramente una visión relativista del lenguaje, en la que cada idioma no solo expresa, sino que también moldea la identidad cultural de quienes lo hablan. 

Esta representación es coherente con el relativismo lingüístico, que sostiene que las lenguas influyen en cómo sus hablantes perciben y entienden el mundo. En Tolkien, cada idioma está cuidadosamente diseñado para sintonizar con la historia, el temperamento y los valores de la raza o cultura que lo habla. El lenguaje no es un simple medio de comunicación, sino una manifestación viva de una cosmovisión particular. 

Aunque quizá no puede hablarse de un determinismo lingüístico estricto —en el sentido de que el idioma limite completamente lo que puede pensarse o sentirse—, sí se sugiere una forma de determinismo cultural o esencialista: en la Tierra Media, el ser y el hablar son inseparables. Cada pueblo nace con un lenguaje que no solo lo identifica, sino que contribuye a definir su esencia. 

En ese sentido, Tolkien presenta una visión poderosa del determinismo lingüístico, en la que las lenguas funcionan como estructuras simbólicas que guían la experiencia y limitan las posibilidades culturales. De este modo, la ficción tolkieniana se convierte en una metáfora eficaz de los debates reales sobre el poder del lenguaje para moldear la realidad humana.

Paralelismo moderno: Arrival (2016) y la percepción lingüística en Tolkien

La película Arrival (2016), basada en el relato de Ted Chiang, explora un supuesto extremado de la hipótesis Sapir-Whorf. Resumiendo e intentando minimizar los spoilers, la trama describe cómo la lingüista Louise Banks aprende a leer y escribir el idioma de unos alienígenas y cómo cambia radicalmente sus percepciones mientras lo hace. El film ilustra que “pensar en un idioma diferente hace que cambien los patrones mentales”.

Chiang toma la idea de Sapir-Whorf al pie de la letra: se plantea que el lenguaje reconfigura el cerebro, como destaca en su análisis de la película Ives Goddard, lingüista del Smithsonian.

En este mismo sentido, ¿un humano que aprendiese élfico podría ser inmortal? Fácil solución para los numenoreanos, ¿verdad? Lo que pasa es que élfico se enseña mal.

Pero no es así. De hecho, las lenguas de Tolkien no escapan verdaderamente de su concepción humana. A pesar de su exótica apariencia, en el fondo siguen siendo expresión de la mente humana. 

Cada lengua de la Tierra Media está tejida con modelos fonéticos humanos preferidos, lo que garantiza su coherencia estética. En otras palabras, ningún idioma tolkieniano es completamente “alienígena” en su estructura. 

A ver, es verdad que Tolkien tiene esto en cuenta y por ejemplo el quenya tiene una gran riqueza de vocabulario para expresar diferentes aspectos del tiempo, más allá de lo cronológico, mostrando cierta sensibilidad por la cualidad emocional o existencial del tiempo, no solo su posición en una línea temporal, y los verbos no siempre marcan tiempo de forma explícita, mostrando que más importante que el cuándo es el cómo se realiza una acción

Pero lo cierto es que cabría esperar que si los elfos son los seres más antiguos, sabios y alejados de los hombres, podría parecer lógico que su idioma —o al menos el quenya, que se presenta como su lengua culta— fuera más radicalmente distinto de las lenguas humanas, tanto en estructura como en lógica interna.

Esta es precisamente una de las paradojas más interesantes desde el punto de vista del relativismo lingüístico y la construcción de lenguas en Tolkien.

Podría leerse de dos maneras. Por un lado, puede interpretarse como una limitación inevitable del autor: Tolkien, aunque era un filólogo brillante, estaba condicionado por su propio marco humano y europeo, y por tanto incluso sus lenguas élficas están hechas de materiales conceptuales humanos. En este sentido, los lenguajes ficticios revelan los límites del constructo y apoyan la crítica chomskiana a los excesos del relativismo lingüístico: todas las lenguas posibles siguen patrones humanos porque el pensamiento humano es universal en su base.

Por otro lado, también puede verse como una elección deliberada: Tolkien quería que los elfos fueran comprensibles, casi arquetípicos, como los ángeles o los ideales platónicos del arte y la memoria. Así, el hecho de que hablen un idioma que nos suena bello y lógico, aunque humano, subraya que su diferencia no radica en lo incomprensible, sino en lo aspiracional. En ese caso, su lengua no es extraña porque su función narrativa no es alienar, sino elevar. De ahí que, más que completamente diferente, el lenguaje élfico sea una sublimación de lo humano.

Por tanto, las lenguas de Tolkien no trascenderían la perspectiva humana: más bien son una expresión refinada de ella. Son el resultado de la “subcreación” artística de Tolkien, quien, con su vasta erudición filológica, imaginó mundos lingüísticos ricos. Pero siempre partió de las categorías humanas de sonido, gramática y mito. En última instancia, sus idiomas funcionan como instrumento de subcreación literaria; sirven para moldear la identidad de cada raza ficticia, pero reflejan inevitablemente las limitaciones y preferencias de un creador humano.

No obstante, subyace un determinismo cultural esencialista: cada raza nace vinculada a un idioma que define su “esencia” (elfos inmortales con lenguas líricas, orcos brutales con habla áspera). Esta conexión innata sugiere que, en la Tierra Media, el lenguaje constituye la identidad racial más que moldearla externamente. Sin embargo, esta visión es artística, no científica: Tolkien, como humano, creó lenguas desde patrones fonéticos y gramaticales humanos (e.g., quenya basado en finés/griego), nunca alienígenas. Así, sus idiomas subliman la experiencia humana—elevándola a lo mítico—pero no trascienden los límites de la cognición humana universal, respaldando indirectamente la crítica chomskiana al relativismo radical.

En última instancia, Tolkien no resuelve el debate académico, sino que lo literaturiza. Así, la Tierra Media funciona como metáfora del dilema real: el lenguaje nos sitúa en una tradición cultural, pero la creatividad humana—como la del propio Tolkien—siempre puede reinventar sus límites. La paradoja élfica (lenguas “inmortales” con raíces humanas) encapsula este equilibrio: el lenguaje moldea nuestra percepción, pero no anula nuestra capacidad para imaginar más allá de sus fronteras.

Conclusión

La obra lingüística de Tolkien ofrece un ejemplo literario sofisticado del relativismo lingüístico: cada pueblo de la Tierra Media habla un idioma que no solo refleja su carácter y cultura, sino que también contribuye a modelarlos. Las lenguas de los elfos, los enanos, los rohirrim o los orcos están diseñadas para expresar sus respectivas visiones del mundo. Esta simbiosis entre lengua e identidad se alinea con la idea de que el idioma ofrece marcos culturales que influyen en la percepción, sin imponer límites absolutos. El lenguaje en Tolkien es un vehículo de cosmovisión: las lenguas élficas transmiten antigüedad, belleza y contemplación; el khuzdul, solidez y reserva; la Lengua Negra, brutalidad impuesta. Así, Tolkien parece respaldar, al menos desde lo narrativo y estético, un relativismo lingüístico matizado.

Sin embargo, estas lenguas, por muy elaboradas o extrañas que parezcan, no escapan a su origen humano. A pesar de su exotismo superficial, están construidas con estructuras fonológicas, gramaticales y estéticas propias del pensamiento humano. Esta limitación apunta a los argumentos de Chomsky o Pinker sobre la universalidad de los procesos cognitivos subyacentes al lenguaje. Desde esta perspectiva, Tolkien no afirma un determinismo lingüístico, sino que juega dentro de sus márgenes: crea lenguas verosímiles que moldean mundos, pero esos mundos siguen siendo comprensibles porque están hechos con los materiales de la experiencia humana. En última instancia, el lenguaje en Tolkien no es una prisión del pensamiento, sino una herramienta de subcreación que revela tanto el alcance como los límites de nuestra imaginación lingüística.


Descubre más desde Fronteras de Fantasia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

BG Brotherhood Juegos de Mesa

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *