El ESCAPISMO en la FANTASÍA -¿Tolkien nos mantiene dormidos?
Desde prácticamente su inicio moderno, la fantasía carga con la misma acusación: es una forma de evasión, una forma de huir de la realidad, de refugiarnos en mundos inventados para no mirar de frente el nuestro.
Y puede que sea verdad. Puede que la fantasía sea evasión.
Pero entonces la pregunta no es si escapamos. La pregunta es: ¿de qué escapamos, adónde vamos y cómo regresamos?
Porque no es lo mismo abandonar la realidad que tomar distancia para verla mejor. No es lo mismo la huida del desertor que la fuga del prisionero.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia hablamos de Fantasía escapismo.
Pero antes, no dudes en suscribirte al canal, dejarnos un like, y compartir en todas las redes sociales con todas tus multicuentas. Y Déjanos también un comentario.
Vamos Terry, lo importante es de qué estás escapando y hacia dónde estás escapando.
Introducción: ¿Es la fantasía escapismo?
Asegurar en sentido despectivo que la fantasía es evasión y por ello, un género menor, no es una acusación nueva. Desde su origen moderno, la fantasía se ha tenido que justificar y defender de ser un género infantil o juvenil, signifique lo que signifique eso, un género consolador, incapaz de enfrentar la dureza del mundo. En cambio, la literatura realista, la verdaderamente adulta, signifique lo que signifique eso, es la que nos obliga a mirar la realidad de frente.
La fantasía nos mantiene dormidos, y la literatura realista, nos despierta. No es una acusación nueva.
Pero antes de continuar quiero dejar claro que este vídeo no es una respuesta a nadie, es una reflexión personal. No voy a convertir esto en una discusión académica porque no soy académico, ni quiero muchísimo menos entrar en discusiones con expertos a los que respeto y admiro. Y aunque sé que justo ahora cuando publico este vídeo hay cierta polémica sobre este tema, lo cierto es que siempre la va a haber. Da igual cuando veas este vídeo, alguien famoso o no, habrá criticado a la fantasía o a Tolkien en concreto, por ser evasión.
Y por eso me interesa, intelectualmente, y como lector, la pregunta: ¿la fantasía es evasión? ¿Y si lo es, eso basta para invalidarla como forma seria de literatura? Nada más ni nada menos. Y en esto, y sólo en esto, me voy a centrar.
Fantasía y prejuicios
Creo que, para empezar, desde mi punto de vista, acusar a la fantasía por ser evasión parte de dos prejuicios.
En primer lugar, parte de la leyenda negra de la fantasía moderna, que se percibe desde su origen como literatura menor, infantil, comercial, subliteraria. Tolkien es un buen ejemplo. El autor de una de las obras más influyentes del siglo XX, filólogo, profesor de literatura de la Universidad de Oxford, fue propuesto al Nobel de Literatura en tres ocasiones. No es un autor menor.
Y así llegamos al segundo prejuicio, que tiene cierta gracia, porque es una trampa evidente en esa oposición fantasía-literatura realista. Hablar como si la literatura realista fuera “la realidad” y la fantasía fuera “la ficción” es olvidar que toda literatura es ficción. También el realismo. el mal arte es el que anestesia, independientemente del género.
Las grandes obras realistas son grandes precisamente porque convierten la realidad en lenguaje, pero que una novela no tenga dragones no la convierte en realidad. Y que los tenga no la convierte en mentira. La capacidad de una obra para interpretar la realidad no depende de que reproduzca literalmente su apariencia, sino de las relaciones, conflictos y experiencias humanas que construye a través de la ficción. El mal arte es el que anestesia, independientemente del género
Y por cierto, ambos prejuicios se dan también dentro de la misma literatura de fantasía, que considera más adultos a los autores más crudos, más realistas, olvidando que ambos son ficción.
Por suerte, las buenas críticas que se hacen a la fantasía por escapismo suelen reconocer y aceptar lo anterior. La crítica seria no es tonta, sabe que todo es ficción, y su preocupación legítima es el riesgo de la fantasía respecto a la alienación, a la infantilización, a sacar al lector de la realidad y dormirlo.
Pero en el fondo, acusar de esto a toda fantasía moderna, o la heredera de Tolkien, es muy reduccionista. Sí, si llevamos la palabra a su sentido más básico, por supuesto que la fantasía es escapista, es absurdo negarlo. Abres un libro de Tolkien y no estás en una oficina ni en el metro: estás en la Comarca, en Rivendel, o de camino a Mordor. Pero el escape por sí mismo no es el problema. No toda evasión empobrece. Hay evasiones que anestesian, sí, claro. También hay realismo plano y panfletario.
El problema, creo yo y creía Tolkien también, como profundizaremos, es el tipo de escape que estamos juzgando. No es lo mismo refugiarse en una fantasía cómoda para no volver nunca de ella que tomar distancia de una realidad empobrecida para regresar después con una mirada más profunda. Y desde este punto de vista, ¿a quién le preocuparía tanto que alguien escape? Porque, normalmente, quien más teme la evasión es el carcelero. Pero eso es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.
A ver, tampoco es necesario defender cualquier fantasía. De hecho tampoco estoy diciendo que toda la fantasía sea profunda ni de que de toda la fantasía se vuelva con otra visión ni siquiera que esa visión con la que se vuelva sea correcta. Sólo estoy diciendo algo muy concreto como respuesta a otro algo muy concreto: que la fantasía sea “evasión” no basta para invalidarla. Y para profundizar en esto, es interesante empezar por Tolkien, porque Tolkien siempre aceptó que la fantasía es escapismo y después se preguntó que por qué escapar tiene que ser necesariamente algo malo.
Tolkien: La fuga del prisionero
Como acabamos de comentar, Tolkien no responde a la acusación de escapismo negando que la fantasía sea un escape. Al contrario, lo admite. Pero sí que discute el sentido despectivo de la palabra: por qué damos por hecho que el escapismo es necesariamente cobarde, irresponsable o infantil.
Su tesis está muy bien explicada en su ensayo sobre los cuentos de hadas. De hecho, para Tolkien, un cuento de hadas no es simplemente una historia “con hadas”. Incluso se burla bastante de la idea moderna de hadas pequeñas y delicadas concediendo deseos, igual que se burlaría de que apareciera cualquier otro ser que resuelva problemas de forma infantil, mágica o sin consecuencias.
Todo eso le parece una reducción tardía y empobrecida. El cuento de hadas no trata necesariamente de hadas, sino de el Reino Peligroso, el territorio de lo maravilloso, de lo mágico, de lo extraño, de lo bello y lo terrible.
Para delimitar bien el foco, Tolkien excluye de este tipo de literatura las fábulas puras de animales o los relatos de viajes maravillosos, como los de Gulliver. Porque para Tolkien lo maravilloso tiene que tener realidad interna dentro del relato. Es más, excluye explícitamente a Alicia en el País de las Maravillas. Considera que no es un cuento de hadas porque usa el marco del sueño. En estos casos, el sueño o el viaje explican lo maravilloso, y eso traiciona la esencia de la fantasía.
A partir de ahí, Tolkien defiende que el valor principal de los cuentos de hadas, si están bien escritos, es el mismo que el de cualquier otra forma de literatura: ser arte. Para Tolkien, la fantasía es una operación artística, consiste en crear un mundo secundario con consistencia interna. El escritor no pide al lector que finja creer cualquier cosa, sólo le pide que confíe. A cambio, el escritor creará un mundo en el que, mientras permanezcamos dentro de él, funcionará como verdadero según sus propias leyes. Una realidad imaginaria capaz de sostenerse por sí misma. Un mundo donde lo imposible sea necesario dentro de su lógica propia.
El rasgo propio de la fantasía es por tanto crear, o según Tolkien, subcrear, un mundo secundario. Tolkien habla de subcreación porque el escritor no crea desde la nada. No es un dios absoluto inventando una realidad de cero. Es un ser humano que trabaja dentro de la creación, con materiales que ya existen. Toma esos materiales del mundo primario y los reorganiza de otra forma.
Cuando la subcreación funciona, el lector no está simplemente fingiendo que cree. No está aceptando el juego por educación. Entra en el mundo secundario y acepta su verdad interna. Durante ese tiempo, la fantasía no compite con la realidad ni la niega: crea otra realidad literaria desde la que podemos volver a mirar la nuestra.
Además, para Tolkien, los cuentos de hadas ofrecen principalmente otros elementos además de la fantaía mencionada: recuperación, escape y consuelo.
El segundo elemento es la recuperación. Tolkien creía que los cuentos de hadas nos ayudan a recuperar la mirada sobre las cosas comunes. En la vida cotidiana, lo cercano se desgasta.
La fantasía produce distancia. Y esa distancia permite ver de nuevo. Nos aleja del mundo ordinario pero para devolvernos lo ordinario con más intensidad. No nos enseña solo cosas imposibles; nos permite volver a ver lo posible.
Al limpiar nuestras ventanas del «óxido de la familiaridad», la fantasía nos libera de la necesidad de poseer o usar las cosas, permitiéndonos contemplarlas de nuevo tal y como son, en su pureza original, nos deja ver la creación tal y como fue diseñada para ser contemplada: con asombro y por sí misma.
El tercer elemento es el escape. Aquí llegamos el centro de la discusión. Y Tolkien no niega que la fantasía ofrezca escape. Lo que niega es que todo escape sea vergonzoso o cobardía. La palabra evasión suele pronunciarse como una condena, pero entonces Tolkien distingue entre dos figuras: el desertor y el prisionero.
No es lo mismo quien abandona su puesto que quien intenta escapar de una cárcel. No es lo mismo el que huye de una responsabilidad que el que busca una salida cuando uno está encerrado. El error de muchos críticos del escapismo consiste en confundir esas dos cosas: tratar toda fuga como cobardía o toda distancia como irresponsabilidad. No toda imaginación es incapacidad de soportar la realidad.
Finalmente, el cuarto elemento es el consuelo. Y aquí Tolkien llega a su concepto de eucatástrofe. Es la alegría del giro inesperado: cuando todo parecía perdido y, de pronto, llega una liberación que no se podía exigir ni calcular. Tolkien llama a eso eucatástrofe: la buena catástrofe, el giro súbito hacia la alegría. No niega el dolor. No borra la tristeza, el fracaso ni la muerte. Al contrario, necesita que esas cosas sean posibles para que la alegría tenga fuerza.
La Eucatástrofe no es un Deus ex Machina. No es un truco barato. Es el destello que Tolkien, como católico, veía respecto a la verdad última del universo: la promesa de que el mal y la muerte no tienen la última palabra.
Frodo llega al borde del Monte del Destino exhausto, tras semanas de pasar penalidades. Y cuando quiere destruir el Anillo, fracasa. El Anillo lo corrompe. Los Nazgûl le descubren cuando se lo pone, vuelan hacia allí mientras los ejércitos de los Hombres están a punto de ser masacrados a las puertas de Mordor. La derrota es total.
Entonces, ocurre la eucatástrofe: Gollum ataca a Frodo, le arranca el dedo de un bocado, tropieza y cae al fuego con el anillo en las manos. No es por el heroísmo puro de Frodo, es un giro inesperado de los acontecimientos provocado por la piedad que Bilbo y Frodo tuvieron en el pasado al perdonarle la vida a Gollum. Eso es una eucatástrofe: un vuelco súbito que rescata al mundo del abismo en el último segundo.
El mundo se salva, pero el héroe no. Frodo regresa a casa roto por el trauma, mutilado espiritualmente y absolutamente incomprendido, hasta el punto de tener que exiliarse del mundo. El precio de salvar el mundo es la destrucción psicológica del protagonista. No sé, yo no lo veo una evasión infantil. Es más, me parece una de las verdades más amargas, adultas y realistas de la literatura universal. Digna de ser contada por alguien marcado por la experiencia en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.
Y todo eso sin hablar del Tolkien más Grimdark que ya comentamos en su momento. Dejo el vídeo por algún lado de la pantalla, o si no, en la descripción.
En resumen, la respuesta de Tolkien a la acusación de escapismo no consiste en negarlo, sino en dignificarlo. Reconocer su fuerza. La fantasía puede alejarnos de una versión empobrecida de la realidad pero para devolvernos después al mundo con más mirada, y más esperanza.
Alicia en el País de las Maravillas: la evasión como desmontaje de la lógica adulta
El caso de Alicia en el País de las Maravillas, como ya adelantaba Tolkien, es distinto. Aquí Alicia no cruza épicos mapas antiguos. Alicia cae en una madriguera. Allí llega a un país donde las reglas nunca se estabilizan. Existe la lógica, pero es una lógica torcida, de sueño, o de pesadilla.
Alicia se encuentra con personajes que razonan constantemente, pero lo hacen mal. El resultado es cómico en apariencia, pero también un poco inquietante, para qué negarlo. Al final, las escenas de se parecen a una caricatura ácida de la vida adulta. Un mundo adulto, que visto desde Alicia, está lleno de solemnidades ridículas. Gente que manda mucho y obedece poco. Gente que habla mucho y escucha poco. Así que yo no diría que la fantasía de Lewis Carroll es un escapismo que trate de negar o evadirnos de la razón. No dice: “deja de pensar”. Dice más bien: “mira cómo piensas”. O mejor dicho: “mira cómo las normas pueden convertirse en mecanismos absurdos cuando se separan del sentido”.
Esto la hace especialmente interesante dentro de esta discusión sobre fantasía y escapismo. Porque si se acusa a la literatura de fantasía de apartarnos de lo real, Alicia responde de manera lateral: ¿y si lo real también estuviera lleno de absurdos aceptados como normales? ¿Y si muchas de las reglas que obedecemos fueran tan arbitrarias como las del País de las Maravillas, solo que las hemos dejado de ver porque crecimos dentro de ellas? Alicia entonces no sirve para huir. No sirve para apartarnos de la lógica, sirve para mostrar que algunas lógicas son cárceles.
Así que Alicia puede leerse como una obra profundamente crítica. Vale que no crítica en el mismo sentido que una novela social, ni siquiera en el mismo sentido que Cervantes, ni en el mismo sentido de Tolkien. Su crítica opera por inversión, vuelve el mundo imposible para que podamos reconocer la rareza del nuestro.
Michael Ende: entrar en Fantasia no basta; hay que volver
Michael Ende añade una vuelta de tuerca importante a la discusión, subraya los peligros del escapismo, advierte que la fantasía puede convertirse en una cárcel si no se regresa transformado al mundo real.
La historia interminable suele leerse como una gran celebración de la imaginación. Y lo es. Pero no es una defensa de la evasión absoluta. Es lo contrario. Ende no dice: “huye del mundo real y quédate en tus sueños”. Dice: “entra en tus sueños, descubre tus deseos, descubre sus trampas, y vuelve sabiendo qué significado tiene haz lo que quieras”.
Fantasia te tienta. Bastián entra allí porque necesita escapar de la imagen miserable que tiene de sí mismo y allí puede ser fuerte, admirado, poderoso. Y ahí es justo cuando empieza el peligro. Porque cada deseo le concede algo pero también le quita algo. Cuando tiene lo que desea olvida que lo deseaba y con ello se va olvidando poco a poco a sí mismo.
Ende entiende por lo tanto que no toda fantasía es liberadora. Lo que parecía imaginación puede convertirse en encierro, en cárcel: la imaginación también fabrica laberintos donde escondernos. Sí, puede reconciliarnos con la vida, pero también puede permitirnos huir indefinidamente de ella.
Así que para Ende, hay tres posibilidades. La primera es no entrar nunca en Fantasia. Es la pobreza imaginativa: vivir encerrado en una realidad plana. La segunda es entrar en Fantasía y quedarse allí. Ese es el peligro del escapismo absoluto. Finalmente está la tercera opción: entrar en Fantasia y regresar. Ese es el camino bueno. Como en Tolkien, la imaginación no sirve para abolir la realidad, sino para volver a ella con más verdad.
En cierto sentido, por tanto, Ende se añade a la acusación de escapismo. Es un hater, pero desde dentro de la propia fantasía. Concede parte de razón a la crítica. Sí, la fantasía es escapista. Sí, el escapismo puede ser malo, uno puede perderse en Fantasia. Hay un peligro en el otro mundo.
Precisamente por eso su obra no es escapista en sentido pobre: conoce el peligro del escapismo. Tolkien decía: no confundas el escape del prisionero con la huida del desertor. Ende añade: de acuerdo, pero además cuidado con escapar de una prisión sólo para construirte otra más bonita.
Pero sea como sea, Ende no condena el viaje, y lo considera necesario. Para volver, primero hay que ir.
Por eso La historia interminable, la novela, no la película, es tan importante en una defensa seria de la fantasía. Porque dice que la imaginación es peligrosa porque es poderosa. Y precisamente porque es poderosa puede salvar.
Conclusión: La imaginación como educación de la mirada
Para concluir, me gustaría profundizar en la frase más famosa de El principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Se ha repetido en tantas ocasiones, se ha impreso tantas veces en tantas tazas, en camisetas, o en la propia piel de muchos… y paradójicamente, por eso seguramente también se ha malinterpretado o se ha leído de una forma demasiado literal.
Asegurar que lo esencial es invisible no implica argumentar que la realidad no sea importante, ni que haya que despreciar el mundo material o que la verdad esté en una nebulosa de fantasía separada de la realidad. Es decir, señalar que lo esencial es invisible a los ojos no justifica fantasear hasta descubrir tus sueños, ni mudarse a un mundo secundario para siempre.
No, el significado es mucho más fino significa que la realidad visible no agota la verdad de lo real. Ese es exactamente el punto. El principito, el personaje, no niega la realidad de los adultos que va conociendo en su viaje. Simplemente, la ve de otra manera. La vuelve a ver.
Y la fantasía, como llevo argumentando desde el principio, consiste en eso: en volver a ver. Quitar la costra de costumbre que nos impide percibir el mundo tal y como es.
La frase “lo esencial es invisible a los ojos” es una defensa de una realidad más profunda frente a una mirada superficial. Una rosa se vuelve única para nosotros porque la hemos regado, escuchado, soportado sus vanidades, temido por ella. Un zorro se vuelve único porque lo hemos domesticado, en el sentido fuerte que usa Saint Exupery para esta palabra: domesticar es crear lazos.
El escapismo en la fantasía, por tanto, no es lo contrario al realismo. Es una escuela de percepción. Cambia la distancia desde la que miramos las cosas, y al cambiar la distancia cambia también todo lo que somos capaces de ver.
Si has llegado hasta aquí no dudes en suscribirte, dejarnos un comentario y compartir. Esto es Fronteras de Fantasia, y envío este mensaje a cualquier amante de la fantasía y la ciencia ficción superviviente que se encuentre refugiado entre vídeos de Youtube: Estamos aquí. Estamos esperando.
Descubre más desde Fronteras de Fantasia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

