En qué aciertan las películas de El Señor de los Anillos
Tolkien no estaba en contra de adaptar su obra al cine, aunque es cierto que tenía pocas esperanzas en ese medio. Consideraba que las películas a menudo simplificaban o trivializaban las obras originales, lo que iba en contra de su enfoque meticuloso.
Y seguramente eso fue lo que ocurrió con las películas de Jackson. Como aseguró su hijo Christopher, destriparon el libro y lo convirtieron en una película de acción para jóvenes.
Sin embargo, ese es un análisis demasiado injusto. Las películas son películas, y en concreto la adaptación de El Señor de los Anillos, tiene aciertos innegables.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de momentos de las películas de El Señor de los Anillos al menos tan buenos como en los libros.
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Introducción: Adaptar lo inadaptable
Cine y literatura hablan lenguajes distintos. Una novela tendrá siempre cualidades propias de la literatura que no son adaptables al cine. Pero además, El Señor de los Anillos es una obra inigualable: Tolkien construyó un legendarium que funciona como mito, como historia, como texto filológico, como documento ético y como revelación emocional. Es imposible trasladarlo íntegro a ningún medio. No hay disciplina artística que pueda abarcarlo. Es inadaptable.
Por eso jamás he afirmado que las películas estén a la altura del libro. No lo están, porque no pueden estarlo. Y, a decir verdad, no necesitan estarlo.
Lo que sí he defendido siempre —contra puristas y contra detractores— es que la trilogía de Peter Jackson es una adaptación decente. Con cambios que me gustan más o menos… pero respetuosas con el espíritu del original. Jackson entendió como nadie hasta entonces la música de la obra, y aunque haga cambios en la letra, respeta la melodía épica de las novelas.
Al menos en parte de lo esencial: el tono mítico y la gravedad ética. Aunque esto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Y como ya hice un vídeo con las cosas que menos me gustan de las películas, veo justo hacer este con las que más me gustan. Pero faltan vuestros momentos para completar este vídeo: ¿Qué os gusta de las películas tanto o más que los libros? Dejadlo en comentarios. Os estaré leyendo y respondiendo.
La caída de Boromir: una tragedia que respira más hondo en la pantalla
La muerte de Boromir en La Comunidad del Anillo está escrita con una sobriedad sorprendente. Tolkien la narra con la contención de un cronista antiguo que informa de un acontecimiento doloroso. Aragorn llega al claro y encuentra a su compañero sentado contra un árbol, rodeado de cadáveres de orcos, atravesado por flechas negras.
El diálogo entre ambos sigue esa línea austera. Boromir admite que intentó quitarle el Anillo a Frodo, expresa arrepentimiento y avisa de que los hobbits han sido capturados. Apenas consigue terminar las frases. Constata su error y su derrota personal. Cuando muere, su último acto, bellísimo eso sí, es una sonrisa tenue de confianza en las palabras de Aragorn, que le asegura que Minas Tirith no caerá.
Tolkien coloca entonces la carga emocional en Aragorn, que se derrumba, que llora y verbaliza la amargura de haber perdido al heredero de Denethor y se reprocha no haber estado allí. Es un duelo contenido y respetuoso.
La película opta por el camino contrario. Jackson decide mostrar la lucha. Alarga la redención de Boromir exponiendo cada flecha clavándose en su cuerpo, aprovechando para representar también la fortaleza de los Uruk-Hai. La secuencia no busca la sobriedad; quiere ser épica, convertirse en mito.
Cuando Aragorn llega, se encuentra a Boromir en el suelo, que se confiesa con una mezcla de vergüenza y dolor, y después miedo por el futuro. “Te juro que no permitiré que caiga la Ciudad Blanca; ni nuestro pueblo tampoco.”, le asegura Aragorn, como en el libro, y entonces Boromir cambia la sonrisa del libro por un “Te habría seguido, mi hermano. Mi Capitán. Mi Rey”.
Pelos de punta, mira.
Philippa Boyens, guionista de la película, asegura que no había consenso, que había miembros del staff que quería quitar esas frases, pero el gran Sean Bean, el actor que interpreta Boromir, se empeñó en decirla, y lo hace magistralmente, la verdad.
La escena funciona por acumulación sensorial: la música, el temblor del aliento, la luz que se apaga en el rostro del personaje, el esfuerzo final por mantener su dignidad aunque ya no quede nada que hacer. Lo que en la novela se vive como un instante íntimo y silencioso, en las películas se convierte en un gesto monumental.
Son aproximaciones completamente distintas. La del libro encaja en la lógica de una obra que trata la muerte con pudor. La del cine utiliza las herramientas de su lenguaje para alzar la tragedia a un nivel emocional mucho más explícito. En mi caso, esa intensidad audiovisual, aun sabiendo que responde a una necesidad de montaje y ritmo, consigue un impacto que siempre me conmueve.
Ambas escenas muestran a un hombre redimiéndose. La literaria lo presenta con una grandeza silenciosa; la cinematográfica lo convierte en un icono.
El encendido de las almenaras: una idea visual que multiplica el alma del pasaje literario
En la novela, Pippin y Gandalf no intervienen en el encendido de nada. Lo único que hacen es descubrir las almenaras ya activas mientras cabalgan por Anórien. Pippin ve a lo lejos un resplandor rojizo en las cumbres y pregunta, alarmado, si hay dragones en la zona. Gandalf, al reconocer las señales, espolea a Sombragrís y explica que Gondor está llamando a sus aliados. La escena se limita a eso.
La adaptación cinematográfica transforma esas pinceladas en una secuencia brutal. Se despliega como un rito de luces que atraviesan picos y valles, bailando una música maravillosa. La profundidad de la Tierra Media, encerrada normalmente en los mapas del libro, cobra cuerpo durante esos minutos.
La escena transmite varias capas simultáneas. La más evidente es la urgencia: Gondor pide ayuda. Pero también la distancia entre los reinos, que adquiere escala; las montañas ya no son líneas del mapa, sino colosos helados que custodian pasos remotos.
Transmite además que el sur de la Tierra Media conserva todavía una estructura de solidaridad que parecía dormida. Las hogueras iluminan una herencia común, un vínculo que sobrevive incluso después de que grandes reyes desaparezcan o las alianzas se oxiden. En esa sucesión de picos encendidos se transmite un eco de civilizaciones antiguas, un recordatorio de que el mundo fue más grande de lo que cualquiera de los personajes vivos ha conocido.
La geografía se amplía con cada nuevo monte iluminado. No hay diálogo. No hay un héroe central sobre el que se apoye la emoción. Todo descansa en la relación entre el paisaje. Y eso es relevante porque Tolkien valoraba la geografía como columna vertebral de su mundo. Para él todo empezó con un mapa, como recordamos en nuestro vídeo sobre los mapas en la fantasía. Las almenaras, tal como aparecen en la película, honran esa visión.
En fin, en términos cinematográficos, la secuencia demuestra un entendimiento profundo de cómo trasladar al medio audiovisual una idea que en la novela se expresa sin alardes. Y la música de Howard Shore sostiene el avance de las llamas con un crescendo que se abre paso lentamente.
La carga de los Rohirrim: la épica convertida en sonido e imagen
La llegada de los Rohirrim a los Campos del Pelennor en el libro es una escena épica, un estallido emocional que Tolkien construye con una maestría que parece venir de otra época. La tensión previa, el avance silencioso por la llanura ennegrecida, el humo, el olor a fuego, los nervios de Merry, la duda que oprime a Théoden…
El texto crece sin prisas. Los rohirrim avanzan lentamente al principio, sin que la narración quiera encender la mecha. Se siente el peso del peligro en un contexto de penumbra moral. Los lectores avanzamos con ellos, sin ver nada a lo lejos excepto un horizonte que parece completamente perdido. Tolkien rescata ese instante previo a la desesperación total, cuando ya no se espera salvación y la única fuerza que queda es el deber. Theoden parece encorvado, débil.
Y entonces, todo cambia.
Un fogonazo bajo la ciudad, un rayo que ilumina Minas Tirith con un brillo casi sobrenatural. La visión incendia algo en el corazón del rey. Es la chispa que lo transforma todo. Théoden, que parecía vencido por la visión de una ciudad agonizante, se endereza de golpe. Su voz se alza fuerte y clara, con unas palabras como un conjuro que parte desde la esencia misma de Rohan. Y después toma el cuerno y lo hace sonar con una fuerza tan grande que lo quiebra.
La carga que sigue, con los jinetes cantando en pleno combate, es probablemente uno de los pasajes bélicos escritos más hermosos. Los cuernos sonando como truenos, la hierba verde bajo Crinblanca, la imagen de Théoden al ataque comparado fugazmente con Oromë… todo crea un cuadro que pertenece a la épica medieval. Pocas escenas contienen tanta potencia sin necesidad de exageraciones. Es literatura en estado puro.
Con ese nivel de grandeza sobre el papel, Jackson lo tenía realmente difícil. Y sin embargo, la respuesta al reto es una secuencia que, aunque distinta, respira la misma altura. La famosa imagen de los Rohirrim alineados sobre la colina, la genial exageración de un enorme campo repleto de jinetes a pesar de repetir una y otra vez que eran pocos, el estandarte ondeando al viento, el discurso de Théoden, la marcha chocando su espada con las lanzas de los eorlingas, la música de Howard Shore creciendo paso a paso, de nuevo la maravillosa música, los rohirrim gritando “muerte” y después el silencio y la carga brutal que destroza las líneas enemigas…
Del mismo modo que en el lento crescendo de la novela. Es otra forma de contar el mismo despertar, el mismo instante de coraje.
Por eso la secuencia funciona haciendo justicia al libro. Y conseguir estar a la altura de uno de los pasajes más épicos escritos por Tolkien no es poca cosa.
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Conclusión
Tolkien desconfiaba del cine porque sabía que sus historias nacían de una profundidad que ese medio difícilmente podría alcanzar. Es lógico: construyó un mundo que respira en los matices. Adaptarlo implicaba renunciar a capas enteras de sentido, y temía —con razón— que el resultado fuera una simplificación dolorosa. Christopher Tolkien lo vio así y habló sin rodeos: la obra de su padre, convertida en espectáculo y aventuras para jóvenes.
Aun así, cuando uno observa con atención las películas de Jackson, cuesta quedarse solo con ese juicio. Por muy agresivas que sean algunas decisiones, la trilogía consigue momentos que transmiten una fuerza genuina. Responden con dignidad a escenas que parecían imposibles de trasladar.
Y por eso vale la pena celebrarlos. Esta trilogía ha llevado a millones de personas a las páginas de Tolkien y ha sabido estar a la altura del mundo al que rendía homenaje. Hoy nos quedamos con esos destellos: escenas que, sin competir con la novela, han sabido tocar el mismo nervio. Al fin y al cabo, cuando una adaptación logra eso, aunque sea de forma fugaz, ya ha conseguido algo extraordinario.
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