Hablar de Fantasía y de Ciencia Ficción en 2026
¿Te ha ocurrido alguna vez que pasas todo el día haciendo cosas y, aun así, al llegar la noche tienes la sensación de no haber hecho nada? Estás cansado y buscas algo para desconectar, una serie, una peli, un libro, un cómic, algo para no pensar demasiado y estar listo mañana y volver a rendir.
Mañana volver a ir al trabajo o a estudiar, a mandar correos, a cumplir plazos. Incluso a tomar algo con los amigos o al gimnasio. Y volver a tener después la misma sensación en casa.
Y por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de porque sigo hablando de Fantasía y de Ciencia Ficción.
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Introducción: ¿Por qué hablar de Fantasía y de Ciencia Ficción?
Existe un tipo de cansancio que no se cura durmiendo ocho horas, ni con un fin de semana tranquilo, ni siquiera con vacaciones. Y existe sin dramatismos: puedes estar razonablemente bien en general. Mandar correos, cumplir plazos, conducir hasta el trabajo, hacer la compra, salir a tomar una cerveza, viajar, reirte… y aún así, sentir ese cansancio, ese desgaste que no encaja con ninguna etiqueta psicológica. No es tristeza, ni desánimo.
Yo lo llamo, fatiga del sentido.
Se reconoce en detalles pequeños. Por ejemplo, en la sensación de que llevas todo el día haciendo cosas pero te cuesta recordar una sola con peso. O en la impresión de haber llenado la semana de actividades y aun así no saber muy bien qué ha pasado en ella, como si el tiempo se hubiera consumido sin convertirse en experiencia.
Y es que da la sensación de que se ha vuelto demasiado fácil hablar de la vida como si fuera un conjunto de procesos que hay que mantener en funcionamiento, sin pensar demasiado para qué.
Vivimos en una cultura de la disponibilidad. Se nota en cómo hacemos hasta las cosas más pequeñas: Pides comida y te llega a casa; buscas una canción y suena; te entra una duda y la resuelves en diez segundos; quieres ver “algo” y tienes infinitas opciones, todas a mano.
El mundo se percibe como algo siempre listo para ser usado, gestionado, optimizado o sustituido.
También se ve en las cosas grandes. En el trabajo. La pregunta no es qué aporta este trabajo a una vida o a una sociedad, sino qué rendimiento tiene, qué KPI mejora, qué valor genera. Incluso cuando este es vocacional acaba descrito con el mismo lenguaje que una cadena de montaje. O también en la educación, aprender ahora equivale exclusivamente a adquirir competencias valiosas en el mercado. Lo que no tiene aplicación inmediata —la lectura lenta, la reflexión gratuita, el pensamiento que no conduce a nada concreto— se ve como un lujo prescindible.
El futuro aparece como algo que hay que anticipar, modelizar, prever, asegurar, controlar. Lo llenamos de gráficos, de predicciones, pero pocas veces parece importar la pregunta que a mi modo de ver las cosas es la más decisiva: ¿qué tipo de vida merece la pena ser vivida en ese futuro?
Estamos perdiendo algo que no se puede compensar con datos. Estamos perdiendo el por qué, el reverso. Ese pliegue donde las cosas no sólo funcionan, sino que significan.
Esta cultura de la disponibilidad lleva implícita una promesa muy atractiva: la promesa de control.
Pero el problema es que el control, cuando se hace costumbre, termina modelando la sensibilidad. Empezamos a mirar las cosas del mundo como una aplicación: ¿para qué sirve?, ¿qué resuelve?, ¿qué rendimiento ofrece?, ¿cómo se optimiza? Sin mala intención, que es lo más peligroso, lo hacemos por inercia y las inercias son peligrosas porque no se perciben como ideologías sino como normalidad.
La fatiga del sentido nace de vivir dentro de este mundo que nos entrena para entenderlo todo como un recurso. El tiempo como recurso. La atención como recurso. La conversación como recurso. La amistad como recurso. Incluso el ocio como recurso, convertido en el mejor de los casos en “recuperación” para volver a rendir o si no en ocio aplicable.
Y si todo es recurso, nada es presencia. Y si nada es presencia, el mundo se vuelve literal. La realidad se ha vuelto muy literal —y no por ser más clara, sino porque es más plana.
Y es justo por esto mismo por lo que yo quiero seguir hablando de fantasía y de ciencia ficción.
La importancia del retorno
La realidad, como decía antes, se ha vuelto muy literal. Y en esa literalidad, se pierde el asombro. No el asombro de qué bonito esto, sino el asombro como forma adulta de atención, como la capacidad de reconocer valor donde no hay utilidad.
Leer, ver o jugar con fantasía y ciencia ficción se convierte por tanto en una forma de resistencia frente a esa literalidad. No la única forma, hay otras. Por ejemplo, dar los buenos al entrar al autobús, saludar cuando sales a correr o a montar en bici, dedicar tiempo a los tuyos, dedicarte tiempo a ti, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión
Y aquí es precisamente donde suele entrar la acusación de escapismo hacia la fantasía. Imaginar otros mundos se puede considerar una forma de apartar la mirada de éste: una renuncia a lo real. Dragones o naves espaciales en futuros lejanos o luchas épicas entre el mal y el bien, serían, desde esta perspectiva, refugios narrativos que nos protegen del peso del presente. Una forma elegante de no enfrentarse a lo que hay.
No nos engañemos, ese riesgo existe. Hay fantasías que anestesian. Repetición de fórmula, mitología de plástico, emoción programada, productos, escapar como recurso para volver más descansados a nuestro impulso a la productividad. Pero es exactamente ahí donde esa crítica de escapismo se confunde, en ese volver. La crítica de escapismo confunde dos movimientos que deben separarse: huir del mundo y volver al mundo. Y con la buena fantasía, incluso a veces con la mala, volvemos al mundo con una mirada menos domesticada.
Digo incluso la mala porque incluso el libro peor escrito o la peor serie nos pueden hacer disfrutar a veces. Y el disfrute no es problemático. Lo que es problemático es pensar que ese disfrute no significa nada más que una recarga funcional.
Leer fantasía o ciencia ficción por placer, dejarse llevar por una historia, disfrutar de un mundo imaginado sin ninguna justificación más allá del disfrute, no es una forma menor de relación con la literatura. Al contrario: en este tiempo que convierte todo en rendimiento, el disfrute es una forma de resistencia silenciosa.
No es un tema de prestigio cultural. Un relato incluso leído “porque sí”, devuelve algo a quien lo habita.
Porque al final la fantasía y la ciencia ficción son evasión, claro; pero no más que lo es el trabajo excesivo, el cinismo, el ruido, la hiperactividad. Así que la pregunta no es si te evades o de qué te evades, sino qué ocurre después.
Lo importante es el retorno, el regreso al mundo ordinario con una sensibilidad más fina, como si la realidad hubiera recuperado su textura y fuésemos capaces de sentirla.
Por eso es tan importante reivindicar algo que Tolkien formuló con una palabra mucho más citada que pensada: subcreación. La subcreación es el acto por el cual el ser humano crea mundos, relatos y formas pero no para competir contra la realidad: La subcreación supone responder a la realidad construyendo sentido. Colaborar con la realidad diciendo verdades sobre ella que no funcionan de modo literal.
Lo expresó también Terry Pratchett cuando defendía que necesitamos las “pequeñas mentiras”, las hadas, los dragones, para así poder creer en las grandes: la justicia, la misericordia, la caridad, la responsabilidad, el bien. Porque para hacerse reales necesitan relato y símbolo.
La imaginación, en su forma más seria, dice una frase sencilla y peligrosa: podría ser de otro modo. Esa frase es una responsabilidad. En este contexto, la imaginación es una necesidad moral. Imaginamos para no quedarnos encerrados en lo dado como si fuera inevitable. Imaginamos para ensayar otros modos de ser y, al ensayarlos, reconocer lo que de verdad está en juego.
La responsabilidad de esa vuelta que comentamos antes. Volver con herramientas para entender el mundo más allá de sus procesos. Cuando esto ocurre, interrumpimos la disponibilidad. Y esa interrupción es un acto de higiene espiritual. Un descanso para el sentido.
Símbolo, presencia y mundo habitable
No vivimos en cosas ni en datos, no vivimos en la realidad bruta o empírica, sino en una realidad mediada, donde las cosas tienen significan. Es importante cómo nos hablan o qué nos piden. Por lo tanto, necesitamos significados: la experiencia humana se articula a través de ellos.
Estos significados se encarnan en formas simbólicas: vivimos entre gestos, nombres, relatos e imágenes que organizan nuestra atención y orientan nuestra forma de estar en el mundo. Así que somos seres simbólicos y no hemos dejado de serlo. El símbolo es la forma en que el mundo se nos hace presente como algo que importa.
Lo que hemos hecho es cambiar esos símbolos. Donde antes había rito, ahora hemos puesto algoritmos; donde antes había peregrinación, ahora experiencia de consumo; donde antes había mito, ahora tenemos marcas. No lo digo como una condena moral, soy el primero que convive con esta nueva simbología, que es, más pobre.
Este empobrecimiento de los símbolos se manifiesta de forma concreta en nuestra relación con el lenguaje. Cuando el símbolo es rico, el lenguaje además de describir, compromete, tiene más significado, dice más. Cuando se empobrece, las palabras siguen circulando, pero cada vez dicen menos. Como señalaba Chomsky, aunque el lenguaje no determine directamente lo que pensamos, sí pone límites a lo pensable. Empobrecerlo implica reducir las fronteras de lo imaginable.
La ciencia ficción ha sido especialmente lúcida al mostrar qué ocurre cuando ese empobrecimiento se institucionaliza. Por ejemplo, en 1984, el núcleo del control está en la reducción deliberada del lenguaje. El sentido de la neolengua es estrechar el campo de lo decible. Al desaparecer ciertas palabras, desaparecen también las experiencias que podían nombrar estas. No se prohíbe pensar pero se vuelve imposible formular determinados pensamientos.
Heidegger decía que el lenguaje es el hogar del ser, el lugar donde la existencia se manifiesta, y la humanidad somos sus guardianes, los encargados de cuidar este hogar y de no permitir que el lenguaje sea meramente un instrumento técnico sino la forma de acceder a la esencia de las cosas.
En este sentido, en muchos relatos de fantasía el lenguaje es un acto que transforma la realidad con el mundo. En la Tierra Media de Tolkien, en la Terramar de Ursula Le Guin, en la crónica del asesino de Reyes de Rothfuss o en Dumbledore, en Harry Potter, el lenguaje, además de describir lo real, es una forma de habitarlo. La Ciencia Ficción y la Fantasía asumen que las palabras con las que contamos el mundo cambian inevitablemente el mundo que somos capaces de imaginar. Las palabras son actos y gestos filosóficos, no solo ornamentos.
En estos autores, y muchos más, nombrar implica relación. En esta idea late una ética del lenguaje que nuestra época, tan verbal, olvida a menudo. Nombrar las cosas implica entrar en relación con ellas. Nombrar no es un acto neutro.
Desgraciadamente, hoy se habla mucho y se nombra poco. Y cuando el vínculo entre palabra y mundo se debilita, se pierde una forma de presencia. Decir cosas deja de implicar tomar posturas y por tanto nombrar deja de comprometer. Pero cuando se recupera ese vínculo, llega con un recordatorio incómodo: lo que dices te implica. La fantasía y la ciencia ficción, cuando no se traicionan a sí mismas, trabajan con esta incomodidad.
Por qué el mundo necesita relato
No quiero dar tampoco una sensación equivocada. No es que ahora necesitemos fantasía y ciencia ficción más que antes. Es que nunca hemos dejado de necesitarla. Porque, como he comentado a lo largo del vídeo, la realidad no se explica por sí misma.
El ser humano nunca ha habitado un mundo puramente factual. No vivimos solo entre hechos. Vivimos entre relatos. Los reconozcamos o no como tales. Relatos sobre qué merece atención, qué cuenta como éxito, qué significa vivir bien…
Por eso Michael Ende insistió a lo largo de su obra que como la fantasía, el relato, es una dimensión necesaria del ser humano, el problema está en qué historias vivimos y desde dónde las habitamos. Fantasia no muere cuando deja de imaginarse, sino cuando se la niega, se la reduce a ilusión infantil o se la transforma en consumo sin responsabilidad. Y negar la fantasía no conduce a un mundo más racional o más verdadero, sino a un mundo más vulnerable a la manipulación.
Ende no propone una huida del mundo real, sino más bien una colaboración de la fantasía con él. El mundo necesita relatos, necesita mitos, para decir verdades sobre la realidad que no caben en el lenguaje literal, no para competir con ella. Esa misma idea sostiene el pensamiento de los Inklings, con Tolkien, Lewis o Williams a la cabeza. Para ellos, la fantasía es una forma de comunicación capaz de expresar verdades que se han perdido en la utilidad de la realidad. Autores como Ursula K. Le Guin o Stanisław Lem, defienden que el relato especulativo no pretende tanto anticipar lo que vendrá como hacer visible lo que ya está ocurriendo. Hacer un sencillo cambio de escenario que nos permita ver con claridad nuestras propias categorías morales. El “extrañamiento cognitivo” que explicaba Darko Suvin, introducir diferencias racionales entre el mundo real y el secundario o ficticio, para que, al analizarlas podamos poner en cuestión lo que en nuestra realidad damos por natural e inevitable.
El mito, por tanto, es una forma de conocimiento. Una forma de reconocer que la realidad tiene dimensiones: el bien, el mal, la lealtad, la culpa, la esperanza, que no se agotan en el análisis funcional, pero que son reales y decisivas.
Por eso la fantasía no es una necesidad coyuntural ni una respuesta cultural a un momento concreto. Es una constante antropológica. Allí donde el ser humano intenta comprender su lugar en el mundo, ordenar su deseo o dar sentido a lo que vive, reaparece el relato.
Conclusión
Hablar hoy de símbolos y de mitos tiene riesgo. Suena a “profundidad” de escaparate, a decoración espiritual. Dentro de esta cultura de la disponibilidad se mercantiliza lo sagrado con mucha eficacia: frases “profundas” convertidas en producto, experiencias espirituales vacías. Por eso es más relevante que nunca insistir: la fantasía y la ciencia ficción no son un suplemento de bienestar. No son autoayuda disfrazada de mito. Son un trabajo interior. Son un ejercicio exigente de relectura del mundo. Son un trabajo que exige paciencia.
Si sigo hablando de fantasía y ciencia ficción es porque estos géneros en su mejor versión restauran esas cosas que el mundo contemporáneo tiende a erosionar.
Y la fatiga del sentido se combate con una recuperación del símbolo, del mito, del relato como forma de orientación. Se combate aprendiendo a mirar de nuevo. A escuchar de nuevo.
A vivir con una densidad que no tiene precio.
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