El pirata que conoces jamás existió

La historia de los PIRATAS en la FANTASÍA -El pirata que conoces jamás existió

El pirata que conoces jamás existió

Si os pido que imaginéis un pirata, seguramente todos veremos más o menos lo mismo: un parche, una pata de palo, un loro en el hombro, y, por supuesto, un tesoro enterrado en alguna isla perdida.

El problema es que ese pirata nunca existió. Al menos, no así. Ese personaje lo hemos construido nosotros. Y después lo hemos introducido en la fantasía y hasta en la ciencia ficción.

Durante siglos, escritores, ilustradores, actores y cineastas fueron convirtiendo a un criminal histórico en uno de los grandes héroes de la aventura.

Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de Piratas.

Introducción

Si le pides a un niño que dibuje un pirata, lo más probable es que no te haga una reconstrucción especialmente rigurosa de un marinero del Caribe de comienzos del XVIII. Aparecerá un parche, una pata de palo o un garfio, un pañuelo, una bandera negra con una calavera y, si se viene muy arriba, un loro subido al hombro. En el paisaje habrá un cofre lleno de monedas, una isla y un mapa atravesado por una línea de puntos que termina, por supuesto, en una enorme X. Y si le pedimos al personaje que hable, hay bastantes posibilidades de escuchar un «Arrr» que habría desconcertado al mismísimo Barbanegra.

Ahora, lo raro es que todos reconoceríamos inmediatamente el dibujo. Todos sabemos cómo debe ser un pirata, aunque no sepamos distinguir un bucanero de un corsario, y nuestra experiencia marítima se limite al patinete en la playa. Hay pocos personajes históricos que tengan una silueta cultural tan precisa.

Pero claro, por supuesto, ese pirata que todos reconocemos nunca existió.

Al menos no así. Algunas piezas del disfraz sí proceden de la realidad. Por ejemplo, ser marinero durante los siglos XVII y XVIII ofrecía unas posibilidades razonablemente elevadas de acabar perdiendo un ojo, una pierna o cualquier otra parte del cuerpo cuya conservación hoy consideramos deseable. Así que había prótesis. También armas de abordaje, alcohol, motines, banderas utilizadas para intimidar… Pero nadie entregaba un loro al incorporarse a la tripulación y el mapa con la X no parece ser fruto de ningún consejo de los profesionales financieros de la época.

Había tesoros, claro, los verdaderos piratas robaban todo lo que se podía vender. Pero eso incluía más bien azúcar, cacao, tabaco, el propio barco, personas y, si había mucha mucha suerte, también oro. Lógico desde el punto de vista de la economía de la época, mediocre desde literario.

La ficción hizo lo que mejor sabe hacer, lo que se suele hacer cuando la realidad no coopera: mejorarla. Durante tres siglos, generaciones de escritores, ilustradores, actores, cineastas y dibujantes fueron añadiendo elementos a ese personaje hasta conseguir convertir a un delincuente histórico en una criatura fantástica.

Los piratas

La piratería es muchísimo más antigua que el Caribe. La evidencia más antigua suele llevarnos a las Cartas de Amarna del siglo XIV a. C. Luego, hacia el final de la edad de Bronce, están los ataques de los llamados Pueblos del Mar. En el Mediterráneo antiguo aparecen desde muy pronto actividades que podemos reconocer como piratería. Roma llegó a considerarla un verdadero problema político. Plutarco cuenta el mismo Julio César fue secuestrado por piratas, de los que se burló, a los que reprochó haber pedido un rescate demasiado pequeño y a los que prometió que volvería para crucificarlos. Y, según las fuentes, cumplió la promesa, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

La cosa es que encontramos piratería en el Mediterráneo, en el Báltico, en el norte de África, en el Índico, o en el Sudeste Asiático, aunque las categorías, como siempre, requieren cuidado. Igual que un «Vikingo» no es un «pirata», tampoco los wokou de Asia oriental son exactamente piratas. Y muchos de los llamados piratas berberiscos eran, técnicamente, corsarios protegidos por poderes norteafricanos, exactamente igual que al otro lado del Mediterráneo los estados cristianos utilizaban sus propios corsarios. Es decir: a veces la diferencia entre pirata y servidor de la Corona dependía de quién había firmado papeles.

El pirata que solemos tener en mente corresponde más a la llamada Edad de Oro de la Piratería, una etiqueta bastante elástica que suele extenderse desde la segunda mitad del siglo XVII hasta mediados de la década de 1720.

No fue un único estallido. Primero está el mundo de los bucaneros caribeños del XVII; después, durante la década de 1690, el llamado Pirate Round lleva a hombres como Henry Every, Thomas Tew o William Kidd hacia las lucrativas rutas del Índico; y finalmente llega la gran oleada atlántica, que es cuando aparecen nombres como Charles Vane, Calico Jack Rackham, Anne Bonny, Mary Read, Bartholomew Roberts, Stede Bonnet y, por supuesto, Edward Teach, Barbanegra. No tiene mucho sentido recorrer aquí sus biografías una por una, pero seguro que la mayoría de los nombres nos suenan.

Los piratas tenían sus reglas internas. Las famosas «leyes piratas» no eran un código universal transmitido secretamente entre todos los capitanes del Caribe, pero sí conocemos guías de distintas tripulaciones que regulaban el reparto del botín, la disciplina, el uso de armas, la compensación por heridas e incluso determinadas limitaciones al poder del capitán. En algunas tripulaciones, el contramaestre ejercía bastante poder y servía de contrapeso al capitán. No era exactamente una democracia parlamentaria navegando por las Bahamas, pero tampoco funcionaba siempre como la dictadura personal que solemos imaginar.

Esto ha generado una imagen moderna muy seductora de los piratas como pequeñas democracias flotantes, adelantadas a su tiempo. El problema llega cuando convertimos esas prácticas laborales en una ideología universal de emancipación. Puedes votar quién será el capitán, pero seguir dedicando tus tardes a secuestrar y asesinar personas.

Como decíamos antes, si ampliamos la mirada fuera del Caribe, la imagen se vuelve todavía más compleja. Los corsarios de Argel, Túnez o Trípoli participaron durante siglos en sistemas de saqueo que tuvieron su reflejo entre los corsarios cristianos del Mediterráneo. En China, Zheng Yi Sao llegó a controlar a comienzos del XIX una confederación pirata de dimensiones que hacen parecer casi domésticas a muchas de las tripulaciones caribeñas más famosas.

De hecho, la piratería no ha desaparecido. En 2025 el International Maritime Bureau registró 137 incidentes de piratería, con una concentración especialmente fuerte en el estrecho de Singapur y actividad también en el golfo de Guinea y las aguas próximas al Cuerno de África. Han cambiado los barcos, las armas y las comunicaciones, pero no la lógica básica: mercancías valiosas atravesando rutas que la autoridad no consigue controlar por completo.

Lo que sí ha desaparecido del mapa fue el pirata que llevamos en la cabeza. Porque ese, en realidad, nunca ha existido.

El criminal se convirtió en héroe

La mitificación de los piratas en la literatura no empezó cuando los piratas pertenecían al pasado remoto. En 1678, Alexandre Olivier Exquemelin publicó Los bucaneros de América o Piratas de América. Exquemelin había estado en el Caribe y su libro mezcla experiencia personal y testimonios con relatos cuya fiabilidad resulta desigual, a lo que se añadieron las modificaciones de posteriores ediciones y traducciones. El propio Henry Morgan quedó tan poco satisfecho con la imagen que se daba de él allí que emprendió acciones contra el relato.

En 1724, apareció el libro quizá más importante para la creación del mito: Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas. Se publicó bajo el nombre de Capitán Charles Johnson y durante mucho tiempo se atribuyó a Daniel Defoe, aunque no está claro. Quizá Nathaniel Mist, su editor, o alguien que trabajaba para él fuera el autor, no hay consenso definitivo. Lo que sí sabemos es que el libro reunió las historias de Barbanegra, Rackham, Vane y muchos otros, mezclando información histórica imprescindible, especialmente en su primer volumen, con diálogos, escenas y detalles que no siempre podemos verificar y que se consideran bastante fantasiosas, sobre todo en el segundo.

El Romanticismo dará el gran paso. Byron publica El Corsario en 1814 y su Conrad reúne muchas de las cualidades que el siglo XIX va a encontrar irresistibles. El pirata empieza a funcionar como un individuo que vive al margen de unas reglas que el propio relato puede presentar como injustas o simplemente aburridas. En el mismo estilo, Walter Scott escribe El Pirata; y James Fenimore Cooper el Piloto, y sobre todo El Corsario Rojo y La Bruja del Agua.

La imagen que se estaba generando queda formulada para el mundo con una claridad extraordinaria en la maravillosa Canción del pirata, publicada por Espronceda en enero de 1835. «Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar».

El pirata resulta romántico porque representa una fantasía de independencia. Y esa fantasía reaparecerá una y otra vez después. Resulta difícil no reconocer la misma asociación entre pirata y libertad en personajes tan distintos como Jack Sparrow, Luffy o el Capitán Harlock, aunque no exista una línea de influencia directa que los una a Espronceda.

Por cierto, temazo la versión de Tierra Santa, ¿verdad?

Todavía falta una de las piezas fundamentales: el tesoro. Edgar Allan Poe lo introduce en El escarabajo de oro en 1843, utilizando la leyenda del Capitán Kidd. Para entonces el pirata era tan reconocible que podía hasta ser parodiado: en 1879 Gilbert y Sullivan estrenaron la ópera Los Piratas de Penzance, poblada por unos piratas sentimentales e incompetentes, que demuestran que la domesticación cómica del criminal marítimo había empezado.

Y, poco después, primero por entregas entre 1881 y 1882 y en forma de libro en 1883, aparece la obra que cerrará definitivamente lo que entendemos por piratas: La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. Qué maravilla, qué preciosidad.

Mapas, islas, barcos, tesoros, también ron, loros, el capitán Flint. Y Long John Silver. Qué personaje. Silver es peligroso, manipulador, es violento, oportunista. Y también es divertido, inteligente, carismático incluso genuinamente afectuoso con Jim. Stevenson, que por cierto se inspiró en su amigo el también escritor William Ernest Henley para el físico del personaje, no permite que el lector lo coloque cómodamente en un cajón de héroe o villano. ¡Y qué plot twist! Ya me callo, que no quiero terminar haciendo spoilers.

Stevenson reconoció entre sus influencias a Poe, Defoe, Washington Irving y un ejemplar de los bucaneros del Capitán Johnson. La isla del tesoro era ya, desde su nacimiento, una destilación de más de un siglo de literatura pirata

A finales del XIX y comienzos del XX, los ilustradores terminan de darle cuerpo. Howard Pyle creó una enorme cantidad de imágenes de bucaneros, capitanes y abordajes que acabarían influyendo en la iconografía posterior. N. C. Wyeth, alumno suyo, ilustró en 1911 una edición de La isla del tesoro cuyas escenas siguen alimentando la imaginación de generaciones de lectores. No sería exacto decir que ellos «inventaron» el aspecto del pirata, pero sí ayudaron mucho a estabilizarlo.

Y mientras tanto, el género también crecía fuera del mundo anglosajón. Emilio Salgari convirtió a Sandokan en un príncipe rebelde frente al poder colonial británico. Su Corsario Negro trasladó de nuevo la aventura al Caribe. Rafael Sabatini, por su lado, en El Capitán Blood, publicado como libro en 1922, nos presenta a un médico condenado injustamente, enviado como esclavo a Barbados, fugitivo y finalmente capitán pirata. El personaje se vuelve moralmente aceptable porque las instituciones que lo han convertido en delincuente son presentadas como bastante peores que él.

Y justo entonces, llegó Hollywood.

Hollywood y la Fantasía

En 1926, Douglas Fairbanks, el gran primer héroe de acción en aquel Hollywood mudo, había demostrado en El Pirata negro, que el género era dinámico. Y después, en 1935, la segunda versión del Capitán Blood, dirigida por Michael Curtiz, hace algo clave para el género: Toma al personaje de Sabatini y le pone la cara de Errol Flynn.

Flynn añade todo: sonrisa, cuerpo, ironía, romance, duelos de espadas… El pirata comienza a ser alguien a quien el público quiere parecerse. El Halcón del Mar, unos años después, reforzó esta imagen y recuperó además la ambigüedad histórica entre corsario y pirata.

Podemos decir que Flynn dio acción al cuerpo del pirata que había dibujado la literatura. Y en este sentido, Robert Newton le dará voz. Es él quien puso cuerpo y sobre todo voz a Long John Silver, en la adaptación de Disney de la Isla del Tesoro, de 1950. Newton interpreta al pirata con un peculiar acento del West Country que se convirtió en una referencia cultural. Cuando hoy alguien decide «hablar como un pirata», no está reconstruyendo fielmente el habla de Nassau en 1718. Está imitando a Newton.

Durante los siguientes años, el cine seguirá explotando esa imagen con bastante entusiasmo: El temible burlón de Robert Siodmak, con Burt Lancaster, La isla de los corsarios, todavía con Errol Flynn, Los bucaneros, incluso el Peter Pan de Disney, Los piratas de Tortuga, El hijo del capitán Blood, El corsario escarlata, Piratas de Polanski, etc.

Llegamos a un punto donde el pirata ya tenía aspecto, manera de moverse y voz. Y a esas alturas podía permitirse empezar a aparecer en lugares cada vez más extraños.

Por eso, llegados a los ochenta, el mito se había independizado tanto del personaje histórico que ya ni siquiera hacía falta verlo. En Los Goonies, de 1985, Willy el Tuerto lleva muerto siglos: basta con su barco, su mapa y su tesoro para poner toda la aventura en marcha. Y en La princesa prometida, de 1987, el Pirata Roberts ni siquiera es realmente una persona. De nuevo aparece algo que ya encontrábamos en Barbanegra: la posibilidad de que el nombre sea más poderoso que quien lo lleva. Llegados a este punto, ya no necesitamos ni al pirata: nos valen sus restos, su nombre o su reputación.

O su recuerdo. Así en 1991, Hook, de Steven Spielberg, regresa directamente a Nunca Jamás y recuerda al Capitán Garfio, que se convierte en mucho más que el villano de un cuento infantil.

Así que resulta especialmente curiosa la catástrofe de La isla de las cabezas cortadas en 1995. La película tenía a Geena Davis como Morgan Adams, y prácticamente todo el catálogo de elementos clásicos. También tuvo un presupuesto enorme y una recaudación digamos que mala. Se llegó a decir que había matado al género pirata.

Pero en 2003 alguien decidió resucitarlo precisamente desde uno de los lugares donde el pirata llevaba décadas viviendo. Piratas del Caribe es una película basada en una atracción de parque temático, la de Disneylandia. El recorrido cultural resulta casi absurdo de tan perfecto: historia convertida en literatura, literatura convertida en imagen, imagen convertida en cine, cine y tradición popular convertidos en un espacio físico por el que podía pasear el público y, treinta y seis años después, ese espacio convertido otra vez en película.

Toda la fantasía sobre piratas mezclada sin absolutamente ningún respeto se personifica en el personaje de Jack Sparrow. Jack es héroe cuando le conviene, cobarde cuando resulta útil, pícaro siempre. Un pirata fantástico clásico. Aunque hay algo especialmente tradicional en él: su relación con la Perla Negra. Jack quiere su barco.

El barco como tesoro, donde la libertad puede ser un dios y la ley la fuerza y el viento.

Barcos y dragones

La fantasía llevaba mucho tiempo jugando con los piratas. El Capitán Garfio había demostrado en 1904 que podía vivir perfectamente entre hadas, sirenas, niños voladores y un cocodrilo. El personaje ya había sido separado entonces tanto de la historia como para convertirse en un habitante natural del cuento fantástico.

Robert E. Howard introdujo la piratería en el mundo de Conan en La reina de la Costa Negra. Una historia de espada y brujería podía convertirse sin ninguna dificultad en una historia de piratas y, de hecho, en una de las mejores historias de Conan. Y es significativo que no dé en ningún momento la sensación de que esos piratas estén fuera de lugar. Howard exploró además la piratería histórica en sus relatos de Black Vulmea, publicados en parte después de su muerte.

Tolkien ofrece un camino completamente distinto. Los Corsarios de Umbar no tienen demasiado del héroe romántico. Durante la Guerra del Anillo la flota corsaria constituye una amenaza estratégica. El pirata, como los corsarios mediterráneos, saqueadores marítimos dotados de bases fortificadas, vuelve a ser poder geopolítico.

Por su lado, el cómic comienza a realizar un proceso paralelo. E. C. Segar convirtió ya a la Bruja del Mar en enemiga pirata de Popeye a finales de los años veinte; Roy Crane llevó piratas, tesoros y aventuras marítimas a Wash Tubbs y Captain Easy; y en 1934 Milton Caniff comenzó Terry y los piratas, una de las grandes tiras de aventuras del cómic estadounidense.

Hergé, en El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, convierte la antigua aventura del tesoro en una investigación contemporánea. Barbaroja, creado por Charlier y Hubinon en 1959, se convierte en uno de los grandes referentes del género. Los piratas de Astérix son una parodia directa de esa saga, y el chiste funciona incluso para lectores que no conocen el original, como yo cuando lo leía. Y en España, El Corsario de Hierro, de Víctor Mora y Ambrós, llevó el género a la gran historieta popular a partir de 1970.

Volviendo a la literatura, a finales de los 80, Tim Powers mezclará en En costas extrañas el Caribe y Barbanegra, con magia, zombis y vudú. Tres años después esa novela se convirtió en una de las inspiraciones declaradas de Ron Gilbert para el juego The Secret of Monkey Island. La otra gran referencia de Gilbert fue la atracción de Piratas del Caribe.

También la novela española mantuvo viva mucho después la aventura pirata clásica, más cercana en la medida de lo posible al pirata histórico: Alberto Vázquez-Figueroa publicó en los noventa la trilogía formada por Piratas, Negreros y León Bocanegra.

Un poco de todo esto y más lo encontramos en el manga. One Piece, de Eiichiro Oda, desde 1997 ha construido una de las reinterpretaciones más enormes del mito pirata.

En la literatura contemporánea, Robin Hobb realiza otra transformación formidable en la trilogía de Las leyes del mar. Allí encontramos comercio, esclavitud, piratería, serpientes marinas y a Kennit. Kennit puede ser percibido como liberador y héroe, aunque persigue objetivos profundamente personales y bastante menos nobles. Hobb hace además algo muy inteligente con el barco. Desde los comienzos de la ficción marítima, el barco había sido casi prolongación física del capitán. Hobb lleva la metáfora a su conclusión lógica y lo convierte literalmente en un ser consciente. Maravillosa, Hobb.

China Miéville amplía la escala en La cicatriz con Armada, una ciudad flotante construida a partir de barcos capturados. Scott Lynch, en Mares de sangre bajo cielos rojos, introduce además algo que a veces olvidamos entre tanto sable y tanta bandera: navegar es difícil. Locke Lamora y Jean Tannen pueden ser criminales extraordinariamente competentes y seguir sin saber llevar adecuadamente un barco. Eso permite que la novela trate la piratería como actividad profesional. Ponerse un pañuelo resulta considerablemente más sencillo que calcular cómo se gobierna un navío.

El cómic contemporáneo continúa dialogando directamente con toda esta tradición. Long John Silver, de Xavier Dorison y Mathieu Lauffray, parte conscientemente de Stevenson. El propio Lauffray desarrolla después Raven, cuya inspiración en Black Vulmea, el pirata de Robert E. Howard, ha sido reconocida expresamente por el autor.

La fantasía reciente ha seguido ampliando las posibilidades del género marítimo. Las aventuras de Amina al-Sirafi, de Shannon Chakraborty, desplaza la aventura pirata al océano Índico medieval; R. J. Barker, en The Bone Ships, no escribe propiamente una novela de piratas, pero lleva esa tradición hacia la fantasía naval y militar con barcos fabricados a partir de los huesos de criaturas marinas. Y Brandon Sanderson, como Gaiman en Stardust aunque de otra manera, elimina incluso la necesidad del agua en Trenza del mar Esmeralda: los océanos son ahora mares de esporas, pero siguen pudiendo existir piratas.

El género acepta todos esos cambios porque llevamos mucho tiempo comprobando que el mar no es lo fundamental. Al menos no el mar literal, sino el mar como concepto abstracto, como horizonte.

Cuando lo planteamos así, el siguiente paso parece casi inevitable. El espacio.



El último océano

Los piratas espaciales no empiezan con La Guerra de las Galaxias. De hecho, antes de abandonar el planeta el pirata ya habían aprendido a volar. George Griffith, en 1899, ya nos hablaba de una organización criminal que utiliza máquinas voladoras para extender la piratería a un territorio nuevo. Poco después, entre 1908 y 1911, el serial pulp alemán El pirata aéreo y su dirigible o su aeronave dirigible, convirtió a Captain Mors en un verdadero «pirata del aire».

Y el salto desde las nubes llegó hasta mares de otros planetas. Edgar Rice Burroughs publicó Piratas de Venus en los años treinta. Y pronto, al espacio: Murray Leinster utilizó piratería interestelar en los cincuenta; Doctor Who emitió Los Piratas del espacio, en 1969. La ciencia ficción descubrió bastante pronto que el espacio podía heredar gran parte de la gramática narrativa del océano.

El barco se convierte en nave. La isla, en planeta. El puerto, en estación espacial. Las rutas marítimas se transforman en corredores interestelares y las armadas en flotas.

La figura que representa mejor esa transferencia es probablemente el Capitán Harlock. Leiji Matsumoto toma a finales de los setenta todos los elementos emocionales del pirata romántico y los coloca en el espacio. Harlock parece, en cierto sentido, un pirata romántico del XIX que hubiese esperado tranquilamente a que inventáramos los viajes interestelares.

La Guerra de las Galaxias comparte parte del mismo imaginario, aunque conviene no llamar pirata a Han Solo. Han hereda cosas del pirata, pero también del pistolero del western.

Disney hizo en 2002 un experimento todavía más interesante con El Planeta del Tesoro. Tomó La isla del tesoro y la llevó al espacio. Y al menos para mí, Jim Hawkins sigue funcionando. Silver sigue siendo Silver. Y está lo relevante: mapa, barco, tripulación y tesoro. Y horizonte. Y libertad. Reconocemos la historia inmediatamente.

¿Por qué seguimos queriendo ser piratas?

En Bucaneros y piratas de nuestras costas, publicado en 1898, Frank R. Stockton recordaba que de niño había querido ser pirata precisamente por la independencia absoluta que asociaba a aquella vida.

Naturalmente, hacía lo mismo que seguimos haciendo nosotros: quedarse con la libertad, la aventura y el barco e ignorar cuidadosamente el hambre, las enfermedades, el asesinato o la posibilidad bastante razonable de terminar colgado.

Así que llegados a este punto, la respuesta más evidente de por qué queremos ser un pirata, es que no queremos ser piratas. Al menos no los reales.

Sobre todo, queremos el horizonte.

Los versos de Espronceda siguen funcionando. No queremos realmente saquear un mercante. Queremos un barco propio, una tripulación o nuestra familia elegida, un mapa hacia algo que nadie haya encontrado todavía y la posibilidad de seguir avanzando cuando las reglas del mundo conocido empiecen a quedarse atrás.


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