La historia del Dragón en la Fantasía
Antiguamente, encontrarse con un dragón planteaba un problema complicado de resolver pero fácil de entender: había que matarlo. Pero, en algún momento del último siglo y medio, algo se torció.
Ahora resulta que lo montamos. O hablamos con él. O es nuestro mejor amigo. O nuestro amor. Algo ha ocurrido por el camino, y la pregunta es obvia: ¿cómo consiguió uno de los grandes monstruos de nuestra imaginación acabar convertido en nuestro compañero?
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasía, hablamos de Dragones.
Introducción: Todas las culturas imaginan Dragones
La palabra dragón se asocia a una imagen razonablemente clara de una gran criatura reptiliana, normalmente con escamas, patas, garras y alas, capaz a veces de escupir fuego. Podremos discutir si tiene alas o no, el número de patas o si la forma de las alas y las patas convierten técnicamente al animal en un dragón o en un guiverno, pero más o menos todos sabemos qué monstruo estamos imaginando.
Muchas culturas alrededor del mundo en diferentes épocas han representado esas figuras que, con sus particularidades, podríamos llamar dragones. Según Sara Arroyo Cuadra, quizá los primeros antecedentes visuales están en la antigua Mesopotamia. Entre ellos aparece, por ejemplo, el mušḫuššu, que decora la Puerta de Ištar de Babilonia como símbolo del dios Marduk. Es una criatura de cuerpo largo y escamoso, cuello serpentiforme y cuatro patas pertenecientes a distintos animales, que protegía puertas y templos contra el mal. Iván Alexander de la Ossa, ve aquí, de hecho, algunas de las raíces del posterior dragón occidental.
Cerca de allí, en el antiguo Egipto, encontramos a Apep o Apofis, la enorme serpiente enemiga de Ra, relacionada con el desorden y combatida una y otra vez durante el viaje nocturno del dios solar.
También tenemos el caso griego, como señala Daniel Ogden, seguramente uno de los investigadores más importantes para estudiar la historia occidental del dragón. Allí encontramos el término Drakōn, que en el mundo grecorromano se refiere fundamentalmente a grandes serpientes extraordinarias.
En Asia, encontraremos los nāgas de las tradiciones hindúes y budistas, seres o divinidades serpentinas. En China encontramos algo que se parece todavía más a lo que llamaríamos dragón en Occidente, el lóng, profundamente relacionado con el agua y, a lo largo de la historia imperial, con la propia figura del emperador.
En Africa, entre los Nyanga de la actual República Democrática del Congo aparece Kirimu, el monstruo de varias cabezas al que se enfrenta Mwindo. Y en regiones de Senegal, Casamance y Guinea está documentado desde al menos la primera mitad del siglo XX el Ninkinanka, que Béatrice Appia describe como un genio de las aguas capaz de presentarse en forma de serpiente.
Las culturas mesoamericanas, por su lado, también tienen serpientes emplumadas, y cuesta mirar una enorme serpiente divina cubierta de plumas sin pensar inmediatamente que hemos encontrado otro dragón. Quetzalcóatl entre los mexicas y otras culturas del centro de México, Kukulcán entre los mayas yucatecos y otras variantes mesoamericanas pertenecen a este complejo religioso.
Es tentador por tanto asegurar que en todas las culturas, en todas las épocas, han existido los dragones. Por eso, investigadores como Grafton Elliot Smith o Ernest Ingersoll, a principios del siglo XX, reunieron una cantidad enorme de mitos y relatos de medio mundo, intentando reconstruir una historia común del dragón buscando grandes caminos de transmisión entre Oriente y Occidente.
Pero a partir del nuevo milenio, aparecen explicaciones muy diferentes. El antropólogo David E. Jones defendió que la figura del dragón podía proceder de una combinación de tres grandes amenazas para nuestros antepasados primates: las serpientes, los grandes felinos y las aves rapaces. Adrienne Mayor, por su parte, defiende una teoría que yo solía pensar sin tener ni idea del tema, y es que quizá los dragones se inspiran en fósiles de dinosaurios o de otros animales prehistóricos encontrados por culturas antiguas. Por su lado, el lingüista Robert Blust encontró además una extraordinaria recurrencia de asociaciones entre grandes serpientes, dragones, agua, lluvia y arco iris en culturas enormemente alejadas. Su propuesta intenta explicar estas semejanzas a través de respuestas cognitivas semejantes ante fenómenos naturales semejantes.
Pero al final, lo cierto es que las culturas que imaginaron a esos dragones no tenían por qué pensar que estaban hablando de la misma cosa. Y ni mucho ni menos hablaban de lo que en la tradición occidental conocemos «dragón».
Parece que todas las culturas imaginaron dragones, pero después de mirar las fuentes con un poco más de cuidado, la conclusión es más complicada.
Más que quedarnos con algunos parecidos visuales, creo que es más importante centramos en lo que hacen, y ahí veremos las diferencias.
Apep, por ejemplo, pertenece claramente al lado hostil. Es el gran enemigo contra el que se mantiene el orden cósmico: intenta impedir el viaje de Ra y está asociado con las fuerzas que amenazan el orden que permite que el mundo siga funcionando. Los drákontes griegos, sin embargo, son menos uniformes: algunos son peligrosos pero otros son sencillamente guardianes. El dragón de las Hespérides protege las manzanas; el de la Cólquide, el Vellocino de Oro.
Ruth Berman nos recuerda que guardar un tesoro no significa necesariamente codiciarlo. También nos advierte que ni siquiera la tradición occidental es tan uniformemente negativa como tendemos a pensar cuando la contemplamos desde el dragón cristiano posterior. Éste es un punto importante, porque decir que «en Occidente los dragones son malos y en Oriente son buenos» funciona bastante bien como tuit, pero bastante mal en cuanto empiezas a analizar casos concretos.
El cristianismo refuerza en Europa una asociación que terminará teniendo muchísimo peso, eso es cierto. El Apocalipsis identifica al gran dragón con la serpiente antigua, el Diablo y Satanás, y durante la Edad Media los relatos de santos matando o sometiendo dragones pueden convertir al monstruo en una representación bastante directa del mal espiritual.
Pero esa visión no agota al dragón occidental, del mismo modo que en Oriente, los nāgas por ejemplo, pueden ser guardianes y protectores, pero también peligrosos y vengativos si son ofendidos.
Respecto al lóng chino, se aleja mucho del modelo que terminará dominando Occidente. Está íntimamente relacionado con el agua y la meteorología. En una sociedad agrícola, poder traer la lluvia no es una facultad menor, dicho de otra forma, es una facultad mayor, y esto contribuyó a convertir al dragón en una figura relacionada con la buena suerte. Pero como recuerda Berman, citando a Joseph Fontenrose, el dragón chino puede traer buenas cosechas, pero también inundaciones o tifones si se enfurecen.
Con Quetzalcóatl y Kukulcán el problema es todavía más evidente porque probablemente estamos forzando ya bastante nuestra categoría. Podemos mirarlos y pensar en dragones, claro. El parecido existe. Pero son divinidades. Si lo convertimos directamente en un “dragón americano” corremos el riesgo de importar también todas las ideas que acompañan a nuestro dragón occidental a una tradición que no las necesita.
Respecto a África, alrededor de los mitos de criaturas similares a dragones existen también tradiciones que cumplen funciones protectoras, pero también negativas.
Buscar un único mecanismo que explique todos los dragones conocidos seguramente diga más de nuestro deseo de encontrar un origen común que de lo que realmente permiten demostrar las fuentes. Así que en vez de intentar encontrar al primer dragón del mundo, podemos hacer algo bastante más útil para lo que nos interesa en este canal: seguir la formación del dragón que terminará entrando en la fantasía.
El Dragón en la literatura de Fantasía
El modelo de dragón que dominará buena parte de la fantasía moderna procede fundamentalmente de la tradición occidental que se va formando entre la Antigüedad y la Edad Media.
El dragón medieval empieza poco a poco a parecerse más al nuestro: gana patas, alas, un cuerpo más pesado y una anatomía cada vez más definida. No ocurre de golpe. Miguel Ángel Elvira, Daniel Ogden o Thomas Honegger muestran cómo durante siglos conviven representaciones serpentiformes con animales compuestos de anatomías muy distintas, hasta que determinadas formas aladas van imponiéndose progresivamente en el arte románico.
El cristianismo incorpora una de las asociaciones más poderosas. Especialmente durante la Edad Media, el dragón europeo se convierte en una representación del mal. San Miguel combate al dragón. San Jorge combate al dragón.
Ahora bien, si el dragón de la fantasía procediera únicamente de aquí, sería bastante aburrido. Nos falta la otra gran tradición que acaba entrando en la mezcla: la germánica. Tenemos dos historias que van a resultar fundamentales para Tolkien y, a través de Tolkien, para buena parte de la fantasía posterior: Fáfnir y el dragón de Beowulf.
Fafnir era un codicioso enano que asesinó a su padre para quedarse con un tesoro maldito. Debido a su avaricia, terminó transformándose físicamente en un dragón temible y venenoso. Santiago Barreiro explica a Fáfnir como una criatura cuya metamorfosis está profundamente ligada a la avaricia y al aislamiento respecto de la comunidad. El tesoro no necesita únicamente un dragón que lo custodie: en cierto sentido, ayuda a fabricarlo.
Es una idea especialmente potente porque su relación con el tesoro es distinta de la de los viejos guardianes griegos. Ladón protege las manzanas de las Hespérides porque esa es su función. Fáfnir está ligado a una riqueza de la que se apropia y que termina definiéndolo.
Y luego está Beowulf, cuyo dragón ya reúne una cantidad sospechosamente grande de cosas que reconoceríamos inmediatamente en la fantasía moderna. Vive en una cueva. Guarda un tesoro. Puede escupir fuego. Y reacciona con furia cuando alguien le roba, en este caso, una copa de oro. Theodore M. Andersson dedicó incluso un estudio específico al aparentemente pequeño personaje que roba la copa y pone en marcha todo el episodio.
Todo esto fue lo que fascinó a Tolkien.
Pero, y esto es importante, Tolkien no llega a Beowulf buscando material para escribir, sino como filólogo. En 1936 pronunció su famosa conferencia Beowulf: Los monstruos y la crítica, uno de los textos que será más influyente de toda la crítica moderna de Beowulf, por discutir con quienes consideraban a Grendel, el primer monstruo al que se enfrenta el héroe, y al dragón elementos demasiado fantásticos. Tolkien defendió lo contrario: los monstruos eran una parte fundamental de aquello que el poema estaba intentando contar.
Los dragones de Tolkien
Tolkien pensaba que el dragón era el enemigo adecuado para el final de una vida heroica. En Beowulf, el hombre se enfrenta finalmente con fuerzas que no puede vencer, al menos de forma definitiva. Puede matar al dragón, pero no puede evitar su propia muerte ni lo que llegará después para su pueblo.
Pero antes de centrarnos en el señor J, es importante comprender que Tolkien tampoco estaba escribiendo en un vacío. En 1922, quince años antes de El Hobbit, E. R. Eddison había publicado La Serpiente Uroboros, construyendo ya un mundo imaginario completo, con guerras entre reinos, magia, paisajes propios y una deliberada recuperación de un lenguaje arcaizante y heroico.
No es que en la novela haya un gran dragón corpóreo, pero el propio título, la serpiente Uróboros impregna simbólicamente toda la historia.
Tolkien conocía a Eddison, pero conviene no confundir un precedente cronológico con una influencia. Tolkien, en la carta 199 a Caroline Everett, señaló que había leído sus obras después de su aparición, y no coincidía mucho con él. Lo admiró como creador de mundos, pero rechazaba buena parte de sus personajes, excepto Lord Gro, de su filosofía, que consideraba malvada y absurda, y también de su forma de elegir nombres.
Mientras todo esto ocurría en Inglaterra, al otro lado del Atlántico Robert E. Howard había creado ya a Conan y buena parte de aquello que después llamaremos espada y brujería. Entre el 35 y el 36 publica La Hora del Dragón, aunque allí el dragón más importante es simbólico: el que aparece en el estandarte de Nemedia frente al león de Aquilonia.
En La Ciudadela Escarlata, Conan se encuentra en las mazmorras con una enorme serpiente, y en Clavos Rojos, escrito en 1935, Conan y Valeria pierden sus caballos ante un dragón. Es diferente del que Tolkien estaba a punto de publicar, eso sí. Howard lo acerca casi a una pieza de fauna prehistórica.
Frente a Eddison y Howard, Smaug, publicado en El Hobbit en 1937, pertenece a la vieja familia del dragón del tesoro. Las semejanzas entre Smaug y el dragón de Beowulf saltan a la vista: un tesoro, la guarida, el robo de parte del tesoro con la furia del dragón posterior, su ataque a la ciudad del lago… Eso sí, con Smaug ocurre algo muy interesante, que será clave en la evolución del dragón en la fantasía moderna. Bilbo habla con él. Smaug además utiliza el lenguaje como parte de su capacidad de hacer daño, como arma. Y es que los dragones de Tolkien llevan esa inteligencia por caminos muy desagradable. Glaurung convierte la palabra quizá en una de sus armas principales. Consigue convencerte de que tomes tú mismo las decisiones que terminarán destruyéndote, como en la historia de Turin.
Finalmente, alerta spoiler, Smaug muere. Y ahí empiezan las discusiones entre enanos, hombres y elfos, lo que demuestra que matar al dragón no elimina aquello que el dragón representaba. El monstruo estaba sentado encima del problema, pero no era todo el problema.
Por cierto, no sabemos mucho sobre el origen exacto de los dragones en Tolkien. Están relacionados inequívocamente con Morgoth; pero no dejó una explicación definitiva de qué proceso concreto produjo a los primeros dragones, de qué criaturas podían proceder. No olvidéis que Morgoth podía corromper, no crear. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
¡Habla!
Tolkien consiguió que el dragón hablase y a partir de ahí otros autores empezaron a preguntarse si quizá era posible comprenderlo. Sería una historia estupenda. Solo tiene el pequeño problema de que Kenneth Grahame la estropeó en 1898.
En El dragón chiflado, que llevará Disney al cine en el 41, aparece un dragón tranquilo, lector, que se hace amigo de un niño. Cuando los habitantes del lugar descubren que tienen un dragón cerca, recurren a San Jorge porque eso es exactamente lo que se hace cuando hay dragones. El niño intenta explicar que la situación no es tan grave. Finalmente San Jorge y el dragón organizan un combate falso para proporcionar al público el espectáculo que esperaba y todos pueden seguir con su vida. Sandra Unerman subraya algo interesante aquí: el final funciona porque no es únicamente el dragón quien rompe las reglas del cuento; también San Jorge.
Poco después E. Nesbit publicó El libro de dragones, que mezcla dragones peligrosos, con dragones absurdos, domesticables o criaturas que pueden ser derrotadas mediante ingenio o cariño.
Ruth Berman defendió que Grahame o Nesbit contribuyeron a diluir la imagen cristiana, demasiado rígida del dragón como encarnación del mal. Así, el dragón recupera posibilidades narrativas que llevaba tiempo sin utilizar.
Sin embargo, lo que Tolkien hace después es casi lo contrario: demostrar que, una vez liberado de la obligación de ser simplemente el diablo con escamas, el dragón también podía volver a ser terriblemente malvado. Ahí está la importancia de Smaug: tras la proliferación de dragones cómicos, Tolkien recupera su capacidad para ser un mal serio y encima, alejado de lo meramente alegórico.
Lo contrario de su amigo C.S. Lewis, en Narnia. Movido por la codicia, Eustace se duerme sobre un tesoro y despierta convertido en dragón, en un relato que recuerda a Fafnir. El dragón se convierte en Lewis es de nuevo un problema moral interno, una representación de la avaricia y el egoísmo. Pero que puede y debe ser curada, redimida.
Convivir con dragones
Se acerca Terrramar. Pero antes de llegar hay que hacer una parada en Melniboné, porque Michael Moorcock introduce una posibilidad que va a resultar importantísima. En las historias de Elric, publicadas desde 1961, Melniboné es la Isla del Dragón y los melniboneses cabalgan sobre estas criaturas.
Moorcock demuestra además que montar un dragón no implica necesariamente habernos hecho amigos de él. Y además, convierte al dragón en algo que volveremos a encontrar mucho después en Martin: una ventaja militar. En Canción de hielo y fuego una familia con acceso a dragones posee una ventaja que no puede compararse con tener mejores espadas o más caballería.
Sus dragones con armamento nuclear. Y en este giro aparece una responsabilidad nueva. Ser quien controla al monstruo puede ser mucho más complicado que ser quien lo mata.
Pero volvamos a los 60. Ursula K. Le Guin publica Un mago de Terramar en 1968. Aquí los dragones aún parecen cercanos a lo que vimos en Tolkien, un obstáculo en el camino del héroe. Pero posteriormente, sus dragones cambiaron. En las siguientes novelas, la relación entre hombres y dragones acaba tocando la propia historia del mundo. Le Guin empieza a explorar una separación antigua entre humanos y dragones, su relación con la Lengua Verdadera, con la muerte y con una idea de libertad que los seres humanos parecen haber perdido.
Como señala Sandra Unerman, los dragones de los libros tardíos de Terramar resultan difíciles de clasificar moralmente: son poderosos, bellos, peligrosos y poseen una mente que no se ajusta con facilidad a nuestras categorías. Consigue así algo bastante difícil: que el dragón siga siendo otro. Puede hablar con nosotros, pero no tiene por qué pensar como nosotros.
Y mientras Le Guin se preguntaba qué clase de inteligencia podía ser la de un dragón, Anne McCaffrey lleva su relación con los humanos por otra dirección. Los dragones de Pern, que aparecen en 1967, tienen un vínculo telepático con sus jinetes y forman con ellos parejas que participan en la defensa del planeta. Unerman utiliza para describirlo una palabra que me parece especialmente acertada: simbiosis.
Michael Ende, por su lado, toma otra ruta en La historia interminable. Su Fuyur, el dragón de la suerte, tenía como modelo a Fohi o Fuxi, un dragón procedente de la tradición china. Ende incorpora por tanto, conscientemente, otra tradición del dragón dentro de una novela fantástica europea
Así que, ya a finales de los setenta, el dragón fantástico puede ser un monstruo, un compañero, otro, o directamente una fuerza favorable.
Y casi al mismo tiempo, Peter Dickinson decide hacer una cosa todavía más rara: intentar explicar científicamente al dragón. Publicado en 1979, El Vuelo de los Dragones no es tanto una novela, como una falsa monografía de historia natural que parte de una pregunta muy seria aplicada a un problema completamente absurdo: ¿cómo demonios puede volar un animal de ese tamaño?
Parece -y es- una excentricidad pero Rowling, Marie Brennan y buena parte de la fantasía posterior llevarán esa naturalización del dragón mucho más lejos. Pero antes, llega Dragones y Mazmorras y decide que todo esto necesita urgentemente un sistema.
Las estadísticas del Dragón
No creo que pueda exagerarse la importancia de Dragones y Mazmorras para la imagen contemporánea del dragón. Las primeras reglas de 1974 ya contemplan distintos tipos de dragones. Después llegarán ampliaciones y toda una estructura que permite saber qué clase de criatura tenemos delante y qué podemos esperar de ella.
Dragonlance nace en los años ochenta dentro de la propia TSR. Es un movimiento curioso: primero el mito se convierte en reglas; después las reglas producen un nuevo mito. En la saga de novelas de alta fantasía escritas por Margaret Weis y Tracy Hickman, los Dragones personifican fuerzas elementales. Interactúan con los héroes de diversas maneras. Algunos dragones pueden ser enemigos formidables, mientras que otros se asocian con los protagonistas.
Se dividen en dos grupos principales: los dragones cromáticos y los metálicos. Los dragones cromáticos (rojos, azules, verdes, negros y blancos) son malvados, mientras que los metálicos (dorados, plateados, bronces, cobres y latones) son generalmente benévolos.
Y todo esto permitirá que Terry Pratchett se lo pase bastante bien unos años más tarde. Su humor funciona porque el lector ya sabe sobre dragones. Pratchett utiliza esas expectativas. Su parodia demuestra que el tópico ha alcanzado cierta madurez. Solo puedes desmontar una convención cuando existe con suficiente claridad para que el lector sepa qué estás desmontando.
Sandra Unerman señala además algo más interesante que el chiste: el dragón de Pratchett no resulta moralmente culpable de la misma manera que los humanos que lo invocan y colaboran con él. La criatura se comporta conforme a su naturaleza. Son las personas quienes deciden qué hacer con ella.
J. K. Rowling, por su lado, lleva esta normalización a un lugar todavía más reconocible: la burocracia. En el mundo de Harry Potter el dragón es una especie mágica regulada. Tiene diez razas conocidas y el Ministerio de Magia dispone incluso de un sistema oficial para clasificar las criaturas según su peligrosidad. Charlie Weasley puede marcharse a Rumanía a trabajar con ellos profesionalmente.
El animal que podía representar a Satanás ahora tiene especies, hábitats, especialistas y normas. Estadísticas.
Aunque Rowling también hace algo especialmente bonito en las reliquias de la muerte. Vuelve casi al principio. Harry, Ron y Hermione descienden a las profundidades de Gringotts, atraviesan un lugar lleno de riquezas y encuentran un dragón encargado de proteger las cámaras de máxima seguridad. Además están buscando una copa. Cuesta muchísimo no acordarse de Beowulf.
¿Hemos domesticado al dragón?
A comienzos del siglo XXI, cuando Paolini publica Eragon, muchas de las innovaciones que antes habrían resultado extrañas empiezan a formar un lenguaje perfectamente reconocible. Saphira no es un monstruo derrotado ni un animal que Eragon consigue domesticar mediante la fuerza. Comparten emociones, se necesitan, evolucionan juntos. El dragón forma parte de la construcción del protagonista. Casi al mismo tiempo, Cressida Cowell convierte esa convivencia en el título de una serie infantil:Cómo entrenar a tu Dragón.
Y la enorme popularidad reciente de novelas de jinetes y romantasy ha vuelto especialmente visible el dragón que se vincula y convierte en compañero emocional del protagonista.
Así que quizá tenga sentido preguntarse si no hemos domesticado demasiado al dragón.
Cuando 2003 le preguntaron a Erikson por los dragones en Malaz, reconoció que nunca le habían interesado demasiado las fantasías centradas en ellos porque no le gustaba lo que el género había terminado haciendo. Su resumen es difícil de mejorar: No son caballos, ¡maldita sea!
Un dragón con especie perfectamente identificada, edad, ciclo reproductivo, dieta, alineamiento, habilidades conocidas y un mecanismo de comunicación explicado hasta el último detalle puede acabar pareciéndose peligrosamente a un animal domesticado, a un caballo extremadamente caro con alas y armas incorporadas. Los Eleint de Malaz parten precisamente de esa voluntad de devolver la extrañeza al dragón.
Conclusión
Pocas criaturas han sido capaces de asumir tantas funciones diferentes sin dejar de resultar reconocible. Por eso, seguramente, el dragón permite contar tan bien la historia de la fantasía.
De enemigo a amigo. De cercano a lejano. Guardián o guía. Benigno o malvado, o sencillamente, diferente.
Incluso se podría hacer desaparecer por completo a la criatura, como en La Rueda del Tiempo, de Robert Jordan, y conservar sólo la palabra, manteniendo la misma epicidad.
Es un final bastante apropiado para esta historia. El dragón ha acumulado tal cantidad de significados que puede llegar un momento en el que ni siquiera lo necesitemos.
El caso es que seguimos volviendo a él. Porque, seguramente, todavía no se ha escrito del todo qué queremos que sea.
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