ORCOS – El problema moral que Tolkien nunca resolvió
Durante mucho tiempo, el orco ha sido una de las criaturas más reconocibles de la fantasía. Basta nombrarlo para que aparezca una imagen inmediata: cuerpos deformes, colmillos, violencia, guerra.
El orco entra en escena como entra una amenaza, como una forma del mal hecha criatura. Sin embargo, esa imagen tan nítida es también engañosa. Porque antes de ser el monstruo que hoy todos reconocemos, el orco fue una palabra oscura en viejos glosarios, una rareza filológica, una sombra semántica ligada a lo infernal y a lo monstruoso. Y entre esa palabra antigua y la criatura moderna hay toda una historia de desplazamientos, mezclas y transformaciones.
Esa historia pasa por Tolkien, claro, pero no empieza ni termina en él. Pasa por los goblins de George MacDonald, por la fijación del orco como enemigo colectivo en la gran épica del siglo XX, por el dilema moral de una criatura que sirve para hacer posible la guerra sin interrumpir el relato, y también por su evolución posterior, cuando empieza a humanizarse, a ganar voz, identidad, incluso dignidad.
Hablar del orco, al final, es hablar de cómo la fantasía imagina al enemigo, de qué hace con el mal, y de qué pierde o gana cuando decide volverlo más cercano.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de los Orcos.
Pero antes, no dudes en suscribirte al canal, dejarnos un like, y compartir en todas tus redes sociales con todas tus multicuentas. Déjanos también un comentario.
Vamos, Gothmog, La edad de los hombres termina. El tiempo del Orco ha llegado.
Introducción
Cuando pensamos en un orco, nos viene la cabeza algo muy concreto. Criaturas humanoides, de piel sucia y oscura o verdosa, con colmillos inferiores amarillentos y rasgos toscos, hechas para la violencia. Es una figura perfectamente asentada en la imaginación fantástica: más que rostro, tiene función.
Pero antes de ser esa imagen, obviamente influida por Tolkien, Orco, Orc, es una palabra antigua perdida en glosarios, una rareza de filólogos de las que tanto gustaban al Señor J.
Conviene empezar con una prevención: la historia del orco tiene pliegues y desvíos. Hay una historia de la palabra, otra de la criatura y otra del papel que desempeña en los relatos, y no siempre avanzan juntas.
Por un lado está el término. Los materiales filológicos permiten seguir el rastro de orc en inglés antiguo, en contacto con Orcus y con un campo de sentido ligado a lo infernal y lo monstruoso. También aparece orcneas en Beowulf, dentro de la descendencia maldita de Caín. Todo ello apunta a una huella verbal oscura, pero todavía lejos del orco moderno.
Luego está la criatura. Antes de Tolkien, el siglo XIX ya ensaya figuras cercanas. En La Princesa y el Goblin, George MacDonald imagina seres subterráneos, hostiles, colectivos, ligados a túneles y cavernas, que amenazan la superficie. Pero son goblins, no orcos.
Esa diferencia no es un detalle. “Orco” y “goblin” se rozan durante mucho tiempo, a veces se confunden. Tolkien mismo lo muestra: El Hobbit prefiere “goblin”, trasgo en castellano, mientras que El Señor de los Anillos fija definitivamente “orco”.
Finalmente, en el plano narrativo, el orco funciona como una solución estructural: representa al enemigo y hace operable la violencia, permitiendo que la épica avance sin detenerse constantemente en el problema moral de matar. Pero esa eficacia abre una grieta: obliga a pensar el mal, la corrupción y la criatura racional convertida en instrumento de guerra.
Con el tiempo, esta figura áspera gana dimensiones: se le da voz, motivaciones, incluso cierta dignidad. Los colmillos siguen ahí, pero ya no bastan; el orco deja de ser pura amenaza colectiva para convertirse en individuo o en pueblo. Pero ese desplazamiento no elimina la función: otras criaturas ocupan ese lugar, se llamen Trollocs o Shanka.
Al final, cada aparición del orco arrastra la misma pregunta, aunque cambie de forma: qué clase de enemigo necesita imaginar una fantasía, y cuánto cuesta imaginarlo así. A veces el orco seguirá siendo simple carne de cañón mítica. Otras veces se volverá personaje, pueblo, parodia, víctima, espejo incómodo.
Y para entender esas mutaciones hay que volver siempre a ese cruce entre filología, tradición literaria y función narrativa.
Antes de Tolkien: historia del término y primeros antecedentes
Seguir el rastro antiguo de la palabra orc no equivale a encontrar al enemigo colectivo de la fantasía contemporánea.
El orc del inglés antiguo aparece en contextos de glosa latina vinculado a Orcus, nombre del inframundo o de la entidad infernal en tradición clásica y medieval. En algunas glosas, además, el término va acompañado por equivalencias como þyrs o hel-deofol, algo cercano a “gigante” o “diablo infernal”. En resumen, la palabra desde su origen estaba asociada a lo monstruoso y a lo infernal.
El gran testimonio filológico es orcneas en Beowulf. Se trata de un hapax legomenon, una forma que aparece una sola vez, dentro de la lista de seres monstruosos descendientes de Caín. El problema está en el detalle. El significado exacto del término sigue siendo incierto. En los materiales aparecen traducciones prudentes, del tipo “espíritus infernales” o “seres del inframundo”, y también propuestas etimológicas más arriesgadas que apuntan hacia algo parecido a “cadáveres demoníacos”. Todo muy sugerente, nada muy definitivo.
Pero tampoco debemos pedirle a Beowulf lo que no puede dar. Nos ofrece una huella, una palabra relacionada con lo monstruoso y la maldición. Está, eso sí, lejos de ofrecernos los rasgos que hoy asociamos al orco moderno.
Ruth Berman, menciona en un artículo de 1969 los ores en Milton o en Tasso como monstruos apenas definidos. También menciona a L. Frank Baum, cuyos Orks de Oz son criaturas amistosas, casi cómicas, una especie de ave fantástica con cuatro patas y alas atrofiadas. Este dato vale oro, porque nos vacuna contra la ilusión retrospectiva. Que reaparezca una palabra no significa que reaparezca la misma criatura. Por todo esto merece la pena distinguir con cuidado entre antecedente filológico y antecedente literario real. El antecedente filológico demuestra que existía una palabra, normalmente cargada de oscuridad.
En el antecedente literario, es necesario destacar a George MacDonald. La Princesa y el Goblin, publicada en 1872 habla de criaturas que habitan el subsuelo, salen de noche, viven ligados a túneles y cavernas, amenazan a la superficie, forman una comunidad diferenciada y hostil. Además, se describe como una “extraña raza” cuya apariencia se ha vuelto grotesca o espantosa bajo las condiciones de su hábitat, lejos del sol y en ambientes fríos y húmedos.
Sólo tienen el problema de llamarse Goblins, no orcos. Y en la tradición del goblin caben también criaturas diminutas y siniestras o pequeñas figuras nocturnas. MacDonald ocupa un lugar muy importante porque acerca esa tradición a una forma colectiva, subterránea y hostil que luego será decisiva. Pero sigue formando parte de un repertorio mucho más amplio.
Además, no conviene leer a MacDonald como si llevara inevitablemente a Tolkien. Sus goblins pertenecen al siglo XIX, a sus formas, a sus obsesiones, a su sensibilidad. No son ese enemigo sistémico que más tarde poblará la guerra épica moderna.
Lo que encontramos antes de Tolkien es, por tanto, un conjunto de capas heterogéneas. Hay una palabra antigua, de resonancias infernales y monstruosas, presente en glosas y en Beowulf. Hay una tradición literaria del goblin que, en el siglo XIX, empieza a perfilar criaturas colectivas y subterráneas. Hay también usos modernos dispersos de orc y ork que complican cualquier intento de continuidad demasiado fácil.
Tolkien parte de todo esto. Cuando llegue su momento, encontrará un nombre viejo, una tradición maldita disponible y una serie de figuras literarias que le ofrecen materiales útiles. Lo decisivo es lo que hará con ellos.
Tolkien: del goblin al orco
La gran aportación de Tolkien consiste en ordenar materiales previos y darles una forma de una eficacia extraordinaria. Desde él, el orco queda listo para circular. Ya tiene nombre, apariencia, y función dentro del relato.
El punto de partida es movedizo. El Hobbit está lleno de goblins. El lector de hoy lo lee casi inevitablemente como orcos, porque ya viene educado por toda la fantasía que vendrá después. Pero el texto conserva la vacilación. “Orco” aparece poco. “Trasgo” manda. Significa que Tolkien, en 1937, trabaja todavía dentro de una zona de transición.
En todo caso, estos goblins de El Hobbit ya van mucho más lejos que el viejo duende maligno del folclore. Son crueles y de “mal corazón”. Ligados a túneles, a minas, a la maquinaria, a una técnica aplicada a la violencia. Hay ya en ellos una relación muy fuerte entre monstruosidad, industria y guerra.
La consumación está en El Señor de los Anillos. Aquí “orco” se vuelve dominante. Y el cambio no es solo léxico, aunque eso también importa. Él mismo habla de la “adecuación fonética” de la palabra. Le interesa su sonido. Le interesa la densidad que trae detrás. Le interesa su capacidad para resonar a la vez dentro y fuera del texto. La palabra funciona en la Tierra Media y funciona también en nuestra memoria lingüística, aunque esa memoria sea fragmentaria.
Los orcos reciben distintos nombres según la lengua: orco en quenya, orch en sindarin, uruk en la Lengua Negra. Esta variedad le da peso histórico. Sugiere que múltiples pueblos de la Tierra Media conocen el término, integrándolo en una red cultural y lingüística compleja.
En lo físico, Tolkien termina de fijar una imagen que luego se volverá canónica. Los orcos son humanoides deformados: feos, sucios, brutales, con rasgos exagerados, vinculados a la carne, a la crueldad, a la vida en la oscuridad. La mayoría evita el sol. Algunos se alimentan de carne humana.
Su organización completa el cuadro. Los orcos nunca aparecen solo como individuos sueltos. Aparecen encuadrados. Tienen capitanes, jerarquías, mandos. Sirven a Morgoth, a Sauron, a Saruman. Funcionan como tropas. Ahí entra también la aparición de variantes como los Uruk-hai, más grandes, más fuertes, capaces de resistir la luz del día. La criatura se especializa. Se perfecciona para la guerra.
Pero lo más decisivo está en otra parte. Tolkien no solo da nombre y rasgos. Da función. Convierte al orco en una solución narrativa de primer orden. Necesita un enemigo colectivo. Necesita poblar la guerra de seres que puedan ser abatidos sin que el relato se detenga una y otra vez a interrogarse sobre cada muerte. Necesita infantería para el mal. Y el orco ocupa ese lugar con una eficacia tremenda. El héroe puede combatir contra orcos sin que el relato se fracture en una crisis moral permanente. Y esa eficacia tiene un precio.
Pero antes de seguir, recordaros que hemos creado un Patreon con un montón de beneficios exclusivos: desde votaciones y contenidos extra hasta, por supuesto, nuestro Club de Lectura. Cada mes leemos y comentamos juntos un libro de fantasía. Si quieres apoyarnos y unirte a esta aventura, esta es la mejor forma.
El problema del origen
El origen de los orcos dentro del mundo de Tolkien nunca queda del todo fijado. No hay una respuesta única, cerrada y definitiva.
Lo que sí se mantiene con firmeza es la idea central, que enlaza con una de las intuiciones más profundas del mundo de Tolkien: el mal no crea, sino que imita, pervierte, tuerce lo que ya existe. Corrompe. Ni Morgoth ni Sauron, ni tampoco otros Valar ni Maiar, pueden engendrar vida libre del mismo modo que Ilúvatar. Eso sí, pueden apoderarse de algo previo, degradarlo y volverlo contra su origen.
Esta idea no es solo narrativa, sino teológica. Remite directamente a la concepción agustiniana del mal como privación del bien: el mal no tiene entidad propia, no crea, no compite con el bien en igualdad de condiciones. Tolkien se mueve claramente en ese marco y, precisamente por ello, se aleja de cualquier forma de maniqueísmo. No hay dos principios equivalentes enfrentados, sino una creación buena que puede ser degradada.
En este sentido, el origen más mencionado es el élfico. El Silmarillion recoge la idea de que los primeros Quendi capturados por Melkor fueron encarcelados, corrompidos y esclavizados, y que de ese proceso podría haber nacido la horrible raza de los orcos, “en envidia y mofa de los Elfos”. También en El Señor de los Anillos se encuentran ecos de esa posibilidad, en las palabras de Bárbol o de Frodo Sin embargo, conviene no leer estas afirmaciones con una seguridad excesiva. A menudo no aparecen como una verdad revelada e indiscutible, sino que es lo que “dicen los sabios”, como una tradición de conocimiento interna al mundo. Podría tratarse de una creencia élfica, no necesariamente de un dato absoluto.
El propio Tolkien acabó dudando de esa solución. En sus notas tardías aparece el célebre “Cambiar esto. Los Orcos no son élficos”, y a partir de ahí la cuestión vuelve a abrirse.
Podrían provenir de animales, aunque el hecho de que puedan comunicarse contradice esta idea, o de demonios, pero también el propio Tolkien renunció a esta explicación en la carta 144, donde afirma que aunque orc derive del inglés antiguo y pueda traducirse como “demonio”, es sólo por su adecuación fonética. Aunque posteriormente es cierto que volvería a plantearse esta idea.
En todo caso, la otra gran posibilidad es la humana. En varios textos tardíos Tolkien parece inclinarse hacia la idea de que los orcos proceden de hombres capturados y pervertidos por Melkor o por sus servidores. Christopher Tolkien llegó a señalar esta como la opinión final de su padre sobre la cuestión. El problema es que esta solución no encaja sin consecuencias en la cronología tradicional de los Días Antiguos: los hombres tendrían que haber despertado mucho antes de lo que cuenta el Silmarillion. Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.
Lo cierto es que todas las opciones son problemáticas. Y todas generan un dilema. Porque lo verdaderamente relevante no es si los orcos proceden de elfos, de hombres o de otra combinación turbia. Lo relevante es que el problema genealógico del orco deriva en un problema ontológico.
Al intentar fijar un origen, entran en conflicto tres planos: la metafísica del mal, lo que los textos muestran sobre su comportamiento y la función que deben cumplir dentro del relato, esto es, servir como encarnaciones eliminables del mal. Como ha señalado Tom Shippey, los orcos parecen haber sido concebidos precisamente para eso: para proporcionar un enemigo continuo al que se pueda matar sin remordimiento, la infantería del mal.
Si fueran simples bestias, el problema desaparecería, pero no se comportan como tales: hablan, aunque no como sujetos morales plenos; discuten, obedecen no como simples bestias, incluso parecen manejar una noción torcida de justicia.
Si fueran pura creación del mal, serían enemigos absolutos, pero eso contradice la idea de que el mal no puede crear.
Y si son criaturas caídas —elfos u hombres corrompidos—, entonces arrastran consigo un resto incómodo de racionalidad que hace más difícil tratarlos como criaturas eliminables.
Ahí está el dilema. Tolkien necesita al orco como enemigo colectivo, como infantería del mal, como solución épica al problema de poblar la guerra. Pero al mismo tiempo su propia metafísica impide que ese enemigo sea completamente otro, ajeno y vacío.
La ambigüedad respecto a la creación es por tanto o normal, Tolkien se planteaba este dilema, o intencionadamente ambigua.
Desde mi punto de vista, la solución no es limpia, sino inestable. Los orcos conservan rasgos de racionalidad, pero han perdido aquello que haría de ellos sujetos morales plenos: un libre albedrío orientable hacia el bien. Esto permite que funcionen narrativamente como enemigos absolutos sin reducirlos por completo a simples animales.
Visto así, el orco deja de ser solo una criatura y se convierte en una idea encarnada: el mal hecho carne, la corrupción organizada, la voluntad consumida por la caída. Cuando aparece en el campo de batalla, no comparece simplemente un ser vivo más, sino la manifestación narrativa de esa oscuridad. Y ahí se entiende su función: no representar a un enemigo cualquiera, sino dar forma visible a la propia idea del mal dentro del mundo.
De ahí la importancia de no leer al orco, en Tolkien, como “raza” en un sentido moderno o biológico rígido, como ha hecho una parte de la crítica contemporánea.
Puede tener sentido esta forma de verlo, cuando una criatura aparece como físicamente degradada, moralmente opuesta y disponible para la violencia, resulta inevitable que surja la pregunta por los imaginarios históricos del “otro”. Esa lectura añade la idea de hasta qué punto ciertas formas de representar al enemigo colectivo pueden rozar, en su lógica profunda, viejos mecanismos de deshumanización.
Pero en el caso concreto de Tolkien, desde mi punto de vista, esa lectura empobrece la figura. Hace pensar en una categoría esencialista y cerrada, cuando lo que tenemos delante es, más bien, una representación narrativa de la degradación del ser. El orco condensa la idea de una vida violada, rebajada, convertida en herramienta del mal.
El orco pone delante del lector la idea de que el mal no inventa, pero sí puede estropear de forma espantosa. Puede tomar lo vivo y reducirlo.
Por eso también la humanización contemporánea cambia completamente su función. Por ejemplo, Los Anillos de poder llevan los orcos hacia un terreno distinto. Les da voz, afecto, motivos, cierta pretensión de derecho.
Quizá desde cierta sensibilidad contemporánea y de cara a hacer una nueva saga, podría tener sentido, pero en el mundo de Tolkien, este movimiento altera profundamente la lógica. Humanizar al orco, desplaza su función. La criatura deja de ocupar ese lugar incómodo de degradación del ser y empieza a operar como un sujeto moral más, susceptible de empatía. El orco deja de cumplir la función teológica y narrativa que tenía en Tolkien.
Ese movimiento es por lo tanto, una inversión del sentido original. Un ataque al núcleo simbólico de la obra que pretende adaptar. La serie, bajo una apariencia de fidelidad y de respeto al “canon”, a base de citas reconocibles o elementos tomados literalmente, termina reduciendo la complejidad de Tolkien a una lectura superficial, donde todo debe explicarse en términos contemporáneos de empatía inmediata. Convertir al orco en un sujeto moral más no es enriquecerlo, de hecho todo lo contrario, supone desactivarlo. Confunde profundidad con proximidad, y matiz con domesticación. Empobrece la obra de Tolkien hasta volverla, por momentos, irreconocible.
En fin, conviene volver al punto de partida. El orco no es solo una criatura dentro de un mundo ficticio, sino una forma de pensar el mal y la degradación de lo vivo. La ambigüedad de su origen y el dilema moral que abre es en el fondo una tensión deliberada que da fuerza a todo el sistema. Si se elimina esa tensión, el orco deja de ser lo que era. Y con él, cambia también todo el mundo que lo hacía posible.
El orco después de Tolkien
Una vez fijado en Tolkien, el orco empieza a viajar. Y viaja bien. Demasiado bien, quizá. Se mete en juegos de rol, universos fantásticos, sagas transmedia, variaciones humorísticas, relatos revisionistas.
En cada viaje cambia algo. La figura permanece reconocible, pero no significa nunca exactamente lo mismo. Ese es el verdadero interés de analizar su expansión: ver qué se conserva, qué se deforma, qué se gana y qué se pierde.
El caso de Dungeons & Dragons es especialmente importante porque desplaza al orco desde la literatura a un sistema de reglas. Dentro del juego de rol, el orco se vuelve categoría jugable. Tiene atributos, lugar dentro del bestiario, comportamiento esperable. Los materiales de juego lo describen como una “raza” humanoide hostil, tribal, agresiva, inclinada al saqueo.
Persisten por tanto varios elementos claramente heredados de Tolkien. Pero también hay una simplificación muy clara. La ambigüedad ontológica desaparece casi por completo. En Dungeons & Dragons, el orco tiende a convertirse en una pieza de sistema. Por otro lado, hay una ganancia evidente de claridad. El juego necesita operar. Así que necesita tipos definidos.
Warhammer sigue otro camino. Aquí el orco no se reduce tanto como se exagera, hasta casi lo humorístico. Aquí son criaturas movidas por una pulsión de guerra que ya no depende de servir a un mal trascendente. El combate es el elemento vital. La violencia la forma de estar en el mundo. La violencia se vuelve exuberante, casi festiva.
El resultado es interesante, porque la criatura gana autonomía. Ya no necesita estar subordinada a una metafísica del mal. Tiene lógica propia. Tiene identidad. Lo que pierde en cambio es el pathos oscuro del orco como vida corrompida. La guerra sigue ahí, pero ya no como marca de una caída, sino como expresión de una forma de existencia.
Con Warcraft y World of Warcraft la transformación es todavía más radical. Aquí el orco da el salto de enemigo a pueblo. Los orcos ocupan un lugar central, de nuevo con personajes jugables y peso narrativo propio. Como en Dragones y Mazmorras, el jugador puede habitarlos.
Este orco tiene historia, clanes, memoria, identidad, legitimidad. Aparecen vínculos, tradiciones, caídas, reinterpretaciones del pasado. Gana profundidad. Gana humanidad narrativa. Gana posibilidades de identificación. Pero de nuevo, pierde algo muy interesante: su función clásica como imagen del mal colectivo.
En otro orden de cosas, autores como Terry Pratchett introducen una variación distinta, mucho más irónica. En Mundodisco, los orcos aparecen como una especie casi extinguida, creada para la guerra y empujada a ella mediante violencia y coerción.
En realidad, es una crítica del arquetipo. Los orcos, en Pratchett, dejan de ser solo enemigos y empiezan a parecer víctimas de la función que se les impuso.
En todo caso, esta transformación no se limita a la literatura o al juego. También el cine y la fantasía audiovisual recientes han llevado al orco hacia un terreno distinto, dándole centralidad dramática, voz propia e incluso una dimensión alegórica más explícita.
Esta deriva puede verse también en la fantasía audiovisual no directamente tolkieniana, donde el orco aparece a veces como personaje central, portador de identidad y conflicto. Cuando eso ocurre, el orco entra en un registro nuevo: pasa a ocupar el espacio del marginado, del discriminado. Es un desplazamiento muy revelador, porque muestra hasta qué punto la humanización contemporánea del orco ya no discute solo un arquetipo fantástico, sino también una forma de representar la alteridad. Podríamos ver un ejemplo en la película Bright, de 2017.
Cada reinterpretación del orco retiene algo de Tolkien. Corta o refuerza un aspecto distinto. El orco puede moverse entre funciones muy distintas sin perder del todo su reconocibilidad. Y eso, pocas criaturas fantásticas lo consiguen.
Conclusión
Tolkien consigue algo decisivo: dar a la fantasía moderna un enemigo colectivo de una claridad extraordinaria. El orco fija una función. Pone cuerpo a la guerra. Hace legible al adversario. Permite que la épica avance. Y, a la vez, deja dentro de sí una herida que nunca termina de cerrarse. El enemigo absoluto queda atravesado por una duda ontológica.
Esa duda no destruye la figura. Cuando el modelo se expande después de Tolkien, se adapta, se endurece, se exagera, se ironiza, se humaniza. A través de todas esas metamorfosis, algo se conserva. Y algo se gana.
La historia del orco es también la historia de una crisis. Fue una de las grandes soluciones narrativas de la fantasía moderna. Su evolución muestra que esa solución tenía límites, que llevaba dentro tensiones que acabarían saliendo a la superficie.
El problema es que cuanto más se humaniza al orco, o a su figura equivalente, como el Trolloc, menos sirve en el sentido tolkieniano. Pierde la función para la que fue fijado: ser el rostro repetible del enemigo colectivo. Y tengo que decir que desactivar al orco no es un gesto inocente: es vaciar de sentido la guerra que lo hizo necesario.
Y si has llegado hasta aquí no dudes en suscribirte, dejarnos un comentario y compartir. Esto es Fronteras de Fantasia, y envío este mensaje a cualquier amante de la fantasía y la ciencia ficción superviviente que se encuentre refugiado entre vídeos de Youtube: Estamos aquí. Estamos esperando.
Descubre más desde Fronteras de Fantasia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


