Protagonistas invisibles - La infraestructura secreta de la fantasía

Protagonistas invisibles: La infraestructura secreta de la fantasía

Protagonistas invisibles – La infraestructura secreta de la fantasía

Cuando leemos fantasía o ciencia ficción, casi siempre seguimos al héroe. Es normal: es nuestra guía, nuestra forma de entender el mundo. Pero si apartas un momento la mirada, verás que las grandes historias no se sostienen solo sobre él. Hay toda una red de personajes casi invisibles que hacen que todo funcione.

El posadero, el guardia, el mensajero, el funcionario, el herrero. Personajes sin arco, sin protagonismo, que aparecen un instante… pero que abren puertas, fuerzan decisiones o hacen que los encuentros tengan sentido. Si los quitas, la historia deja de funcionar.

Es la infraestructura invisible de la historia. Y entenderla enriquece los mundos de fantasía.

Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de personajes invisibles.

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Vamos, Sarah, Respeta a tus personajes, incluso a los secundarios. En el arte, como en la vida, cada uno es el héroe de su propia historia.

Introducción: La infraestructura invisible de la fantasía

Solemos ir de la mano del héroe. Seguimos su mirada, compartimos su ignorancia, celebramos sus victorias como si fueran nuestras, nos emocionamos, nos enfadamos. Lo acompañamos en su viaje.

Atravesamos la Comarca con Frodo, nos asomamos al abismo con Ged, contenemos el aliento junto a Neo cuando Matrix se llena de caracteres imposibles. El héroe es la brújula, el hilo de Ariadna, es la promesa de que el nuevo mundo, por extraño que sea, se recorrerá sin perdernos.

Pero cuando apartamos la vista del centro de la página y nos fijamos en los márgenes, toda gran historia épica está sostenida por una red de presencias que apenas ocupan espacio en las páginas, y menos en la memoria. No son los mentores ni los antagonistas. Tampoco los compañeros inseparables. Son figuras discretas, que aparecen un instante, cumplen una función aparentemente menor y desaparecen. Sin embargo, sin ellas, la historia no avanzaría.

Son el posadero que hace un comentario que revela una información clave. El guardia que duda un segundo de más. El mercader viajero que menciona un detalle sobre otra provincia. Apariciones casi invisibles, pero que alteran el curso de los acontecimientos.

Podríamos llamarlos secundarios o terciarios, figurantes con nombre o sin él. O PNJs. Son la infraestructura invisible de la historia.

Como en una ciudad, donde lo esencial no es tanto lo que vemos: edificios, avenidas, fachadas, mercados, plazas; como lo que permanece oculto: las tuberías, el cableado, las bisagras de cada puerta, los dinteles de las ventanas. En la fantasía y la ciencia ficción ocurre lo mismo. Hay personajes cuya función es hacer posible la acción, sostener la coherencia del mundo.

Cuando hablamos de la “profundidad” psicológica de una historia, suele ser útil la oposición entre personajes “redondos” y “planos” que hizo E.M. Forster en su clásico Aspectos de la novela, de 1927, basado en las clases que dio en la universidad de Cambridge. En su formulación clásica, los personajes planos pueden construirse alrededor de una sola idea o cualidad, y su potencia radica en que resultan reconocibles y funcionales. Parecen los más sencillos y de hecho, en las malas historias, son el eje protagonista. En las buenas historias muchas veces se consideran un mal menor; pero en las grandes historias, los personajes planos, con papeles sencillos pero clave, son a menudo el andamiaje que permite sostener mundos demasiado grandes para caber en la psicología de unos pocos protagonistas y villanos.

Alex Woloch, en el capítulo personajes menores del estudio de La Novela, editado por Franco Moretti, analiza el tema desde ese ángulo: cómo la presencia de los personajes menores redistribuyen la atención y hacen posible —o imposible— una arquitectura narrativa.

Son piezas que están en casi todas las historias que importan. Ahí, a la vista, y sin embargo no las vemos. O, mejor dicho: las vemos tan poco que cuando alguien las señala y señala su papel, la reacción suele ser un reconocimiento tardío: un “es verdad, qué fuerte”. Y entonces uno empieza a preguntarse cuántas veces ha leído El Señor de los Anillos sin detenerse a pensar en la importancia clave de Cebadilla Mantecona o de Hama, o cuántas ha visto la saga de La Guerra de las Galaxias sin concederle a Boshek más espacio que el de uno de los pocos humanos de la taberna de Mos Eisley.

Y lo curioso es que, fuera de la ficción, todos tenemos en nuestra vida experiencias así: una conversación fugaz con un camarero que cambió una decisión, una recomendación casual del amigo de un amigo que abrió un camino, una presencia mínima que, vista en retrospectiva, fue decisiva. Personas que no ocupan el centro de nuestra historia, pero sin las cuales nuestra historia sería otra.

La fantasía y la ciencia ficción, tan obsesionadas a veces con lo grandioso, con profecías, linajes y destinos, también esconde entre sus pliegues esa verdad íntima de que los mundos no se sostienen solo sobre héroes, sino sobre estructuras discretas, casi anónimas, que hacen que todo funcione.

La teoría unificada

Para analizar estos personajes invisibles y entender su función en las historias, a partir de aquí voy a intentar tratarles como piezas funcionales esenciales, que pueden clasificarse según lo que hacen dentro del relato. Es decir, dejar de pensar en ellos como “secundarios olvidables” y empezar a verlos como elementos que activan decisiones, abren o cierran caminos, sostienen la coherencia del mundo o legitiman lo que ocurre.

Para ello, conviene empezar delimitando el objeto: El “personaje invisible” no es un secundario ni un aliado ni un antagonista menor o mayor, ni un personaje con frase memorable. Es otra cosa. Es más discreto y, quizá precisamente sea por eso que puede ser más decisivo.

Es una figura de presencia limitada, sin necesidad de arco propio o al menos sin necesidad de que ese arco sea relevante. Es algo fácilmente olvidable, y actúa casi como un operador de sistemas. Pero su importancia es estructural, si lo eliminas la historia deja de funcionar.

Resulta útil inspirarse en el modelo actancial de Algirdas Julien Greimas, que señalaba que lo importante de los roles en una novela no es necesariamente que tengan personajes definidos para representarlos. Estos pueden encarnarse en personas, objetos, circunstancias o incluso ideas, porque lo relevante no es quién aparece en la historia, sino cómo funciona por dentro. La épica, así entendida, es un circuito de roles, y los personajes invisibles ocupan precisamente aquellos roles que el lector percibe como instrumentales.

El modelo actancial de Greimas es realmente interesante y quizá en otro vídeo lo desarrollemos en detalle. Pero lo relevante ahora es que en línea con su pensamiento, podríamos clasificar a los personajes invisibles, los PNJs, en tres dimensiones dependiendo de su rol o función en la obra.

La primera dimensión sería El Cómo, relacionado con la logística y el movimiento. Aquí encontramos en primer lugar aquellos personajes que ponen la historia en marcha sin protagonizarla, los que te obligan a moverte, los activadores de decisión, que fuerzan al héroe a elegir. El rival que empuja al protagonista a mejorar; el mensajero que muere con un mensaje clave al inicio del libro; el desertor que inaugura el clima moral…

En segundo lugar tenemos aquellos roles que tienen la llave, que son los facilitadores de acceso, los que determinan qué puertas existen. El guardia que te permite pasar a la ciudadela, el familiar que abre una puerta imposible; el comerciante con un contacto clave…

Finalmente, están los que hacen que llegues, los agentes logísticos, invisibles por definición, cuyo éxito consiste en que nadie repare en ellos. Personajes como el reclutador que escolta al grupo; el guía profesional; el compañero casual de viaje…

En la segunda dimensión nos centramos en El Dónde. Aquí aparecen los que hacen que todo coincida, es decir, los nodos de convergencia, ese pegamento del azar que hace verosímiles los encuentros. El posadero de un lugar lleno de contrabandistas donde coinciden los personajes principales en busca de aventuras; el anfitrión salvaje que cuenta con un grupo de soldados, etc.

Finalmente, la tercera dimensión está relacionada con El Por Qué. Aquí se despliega lo más profundo del sistema y encontramos a los que te hacen creer, los validadores de legitimidad, que legitiman la lectura que hacemos de los personajes. La vieja vidente que recuerda una profecía; la criada que trae un signo; la jueza que dicta una ontología… 

También tenemos en esta dimensión a los que te enseñan las reglas, los reveladores de sistema, que explican las reglas del mundo a través de encarnar sus consecuencias. El primero que muere para que entiendas el peligro; el piloto estirado por la física…

Finalmente, encontramos a los que hacen que el mundo siga, el soporte sistémico, esos personajes que, casi cruelmente, demuestran que el mundo sigue funcionando sin el protagonista. El alcalde, el herrero, el soldado, el oficial, el panadero, el clérigo…

Sí, lo sé, suena todo muy abstracto. Es porque aún no hemos bajado al terreno concreto.

Vamos a hacerlo.

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Dimensión 1: El Cómo

Una gran historia no puede permitirse la comodidad de que el movimiento narrativo depende de la voluntad del protagonista. Necesita coerciones, figuras que vuelvan inevitables las elecciones, que limiten accesos y que sostengan la logística. En esta dimensión el personaje invisible es el equivalente a lo que en semiótica, esto es en lo relacionado con los signos y cómo estos generan significado dentro de un sistema, sería un “operador”: sin él no hay tránsito.

Aquí encontramos en primer lugar a los personajes que obligan a moverse. Es importante no confundirlos con los “mensajeros”. No se definen por su información, se definen por el hecho de que su intervención convierte una situación en una bifurcación.

Skarpi, por ejemplo, en El Nombre del Viento, cumple esta función de activador de decisión. Su relato sobre Lanre reconfigura por completo el marco en el que Kvothe entiende el mundo, transformando una curiosidad difusa en una necesidad concreta de saber. Como personaje de presencia breve, al menos por ahora, y sin arco propio relevante, Skarpi encarna esa forma de coerción narrativa que hace inevitables las decisiones que vendrán después.

Luego tenemos a los que facilitan el acceso. Los que tienen la llave. No son “guardianes” como cliché épico; son diseñadores de posibilidades.

Un ejemplo casi perfecto es Háma, en Las Dos Torres. Háma es un portero de sala, un oficial de protocolo; y sin embargo su decisión de permitir que Gandalf conserve el bastón —contra la instrucción de Gríma— es lo que hace posible que el hechizo sobre Théoden se rompa en la escena correcta.

El tercer rol, los que hacen que llegues, es el más “invisible” en sentido literal. Se nota sobre todo cuando faltan. Estos personajes son los que sostienen desplazamientos, persecuciones y travesías, pero no reclaman significado. Su éxito consiste en desaparecer: que el lector recuerde el destino, no al guía.

Por ejemplo, en Un mago de Terramar, el capitán del barco, el Sombra, que traslada a Ged hacia Roke ejerce esta función de operador. Su decisión de admitir a Ged en la embarcación constituye la bifurcación logística que arranca al protagonista de su origen campesino. Sin este personaje, que sostiene la infraestructura del viaje, el potencial de Ged quedaría estancado en la costa de Gont; es el capitán quien, al habilitar el tránsito, vuelve inevitables las elecciones que definirán el destino del Archipiélago.

Dimensión 2: El Dónde

En la dimensión anterior, los personajes invisibles explican cómo se mueve una historia: En la segunda dimensión, por su lado, la de El Dónde, los roles se centran en que ese movimiento no se sienta obligado desde fuera. Aquí viven los que hacen que todo coincida.

Al fin y al cabo, el lector tolera las casualidades en los encuentros solo cuando existen condiciones socialmente plausibles donde el encuentro ocurre. Ese lugar suele tener un propietario, un encargado, un dueño o un testigo; y ese personaje, que puede ser irrelevante en términos emocionales, es el pegamento de la verosimilitud.

Por ejemplo, de nuevo en El Señor de los Anillos, Cebadilla Mantecona. Además de ejercer un rol en el Cómo —donde encajaría dentro de los facilitadores de acceso al habilitar las condiciones para que la historia avance por el camino correcto al entregar, aunque tarde, la carta de Gandalf y propiciar el encuentro con Aragorn—, su función en el Dónde es aún más esencial: convierte el encuentro en socialmente inevitable.

Un hobbit que busca refugio acaba en la posada; un montaraz que espera a un hobbit termina allí; el posadero, simplemente, presta el espacio. Hace verosímil la coincidencia, sosteniendo la coherencia del relato.

En La Guerra de las Galaxias, Una nueva esperanza, encontramos otro ejemplo en Wuher, el dueño de la cantina de Mos Eisley en Tatooine, encarna con precisión esta lógica de El Dónde—. Ni impulsa la acción ni toma decisiones relevantes ni tiene ningún arco más allá de definir el espacio social en el que la historia puede ocurrir: un lugar donde confluyen contrabandistas, pilotos, mercenarios y fugitivos, y donde encontrar cualquier cosa —o a cualquiera— resulta verosímil.

Su presencia, sus normas y el tipo de clientela que tolera convierten la cantina en un nodo de convergencia creíble, eliminando la sensación de arbitrariedad en los encuentros. Es donde Obi-Wan y Luke pueden conocer a BoShek, que es quien les señala a Chewbacca. BoShek es el “nodo” que conecta el problema (necesito un barco) con la solución (Chewie/Han).

Esta segunda dimensión es la que más fácilmente puede confundirse con simple “decorado”. Pero el decorado no decide. El nodo sí: decide qué encuentros pueden ocurrir, y dónde.

Dimensión 3: El Por Qué

Los personajes invisibles de la Dimensión 3 mueven la interpretación. Su función es hacer que las cosas tengan significado. Son figuras breves, que alteran el modo en que leemos la acción, validando o poniendo en duda al héroe. También encarnan las reglas del mundo a través de sus consecuencias, haciéndolas así más creíbles, y, en ocasiones, revelan que el mundo no depende sólo del protagonista para seguir funcionando. Orientan la mirada del lector y fijan el sentido de lo que está ocurriendo. Esta dimensión abarca roles de tres tipos.

Empecemos por los que te hacen creer. Son los validadores de legitimidad, en este caso legitiman lo que el lector debe pensar de los personajes principales. Por ejemplo, de nuevo en El Señor de los Anillos, tenemos a Ioreth, una mujer mayor en las Casas de Curación. Al contemplar a Faramir moribundo, recuerda en voz alta la antigua sentencia según la cual “las manos del rey son manos que curan” y lamenta que en Gondor no haya rey. Esa frase, oída por Gandalf, reconfigura su significado y convierte la curación en prueba de legitimidad. Aragorn acude, sana a Faramir, Éowyn y Merry con athelas, y su identidad como rey queda reconocida por lo que ese acto significa dentro del sistema simbólico de Gondor.

En Dune, la figura de Shadout Mapes también encaja como validadora de legitimidad. Su breve aparición y su reacción ante los signos que reconoce no aportan información nueva en términos prácticos, pero activan un marco simbólico: para los fremen, confirma una profecía; para el lector, convierte a los Atreides en algo más que recién llegados a Arraken.

Si el validador trabaja sobre el “esto significa”, el siguiente rol trabaja sobre el “esto funciona así”. Los que te enseñan las reglas, son los que explican las reglas del mundo a través de encarnar sus consecuencias.

En la adaptación cinematográfica de La historia interminable, el guerrero que intenta cruzar la Puerta de las Esfinges antes que Atreyu encarna esa figura. No tiene nombre ni historia: aparece, avanza y es destruido en un instante por la mirada de las esfinges. Encarna las reglas a través de sus consecuencias.

Por poner nombres, Waymar Royce, por ejemplo, en el inicio de Juego de tronos, es otro ejemplo de la figura de los que enseñan las reglas del mundo a través de sus consecuencias. Joven, arrogante y seguro de su rango. Su muerte es una lección, en este mundo, el linaje y la autoridad no garantizan la supervivencia. Royce revela las reglas al quebrarse contra ellas.

Finalmente, el último rol, también silencioso, pero extremadamente importante, es el de los que hacen que el mundo siga. Representan la inercia de la civilización: trabajo, administración, mantenimiento. Su función es demostrar que el universo narrativo no existe únicamente cuando el protagonista lo mira. Que existe una infraestructura por debajo.

Por ejemplo, en la obra de Brandon Sanderson, algunos de los ejemplos son figuras como el alcalde o el alguacil de Gongsha en Yumi y el pintor de pesadillas, cuya presencia encarna las autoridades locales que seguirían operando al margen de los protagonistas; o el soldado shin de ojos hundidos y sus dos compañeros en el Archivo de las Tormentas, cuya conducta muestra que incluso en los márgenes más degradados el orden militar —o su corrupción— persiste. Además, en concreto el de los ojos hundidos sirve para dar fondo a Szeth, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Ninguno de estos personajes tiene arco ni protagonismo, pero todos cumplen la misma función esencial: recordar que el mundo no se detiene cuando el héroe no está presente, que hay estructuras —políticas, sociales, administrativas— que siguen funcionando con una inercia propia, indiferente a la historia que creemos central.

Conclusión

Un relato no se sostiene solo por lo que muestra. Cada decisión que parece natural, cada encuentro que parece inevitable, cada revelación que encaja sin esfuerzo, descansa sobre una red de figuras que no necesitan protagonismo, pero sin las cuales nada funcionaría.

Encontrarlos implica desplazar la mirada. Dejar de seguir únicamente al héroe para empezar a detectar esas bisagras invisibles que sostienen el mundo: quienes abren caminos, quienes los hacen creíbles y quienes les dan sentido. Ahí es donde la historia deja de ser una sucesión de eventos y se convierte en un sistema.

Así que la próxima vez que una saga te parezca “inevitable”, prueba a mirar dónde se apoya. Casi siempre encontrarás, en un borde de escena, a alguien que no importa… hasta que lo quitas.

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