Roy Thomas: el guardián de CONAN – La historia del Conan moderno
Lo reconozco, yo conocí a Conan leyendo a Howard. Lo primero que leí de él fue su adaptación al cómic en las páginas de Gente Menuda.
Después, gracias a lo que había publicado Fórum, continué investigando Hyboria hasta que sobre los 18 años entré de lleno en Cimmeria a través de la revisión de Sprague de Camp, para ir finalmente, años después, al propio Howards.
En fin, el tema es que empecé, como tantos, con los cómics. Y ahí, casi siempre firmaba el mismo nombre: Roy Thomas. Uno de esos nombres discretos que a veces ocultan lo decisivos que fueron.
Thomas fue siempre fan antes que profesional. Amaba y transmitía su amor por los personajes que adaptaba. Frente a la necesidad de reinicios constantes, su aportación destacó por recuperar y ordenar los mitos, que sentía como herencia.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de Roy Thomas.
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De lector empedernido a editor visionario
Roy Thomas nació en Jackson, Missouri, en 1940. Desde niño fue un lector voraz de cómics y con 20 años, era habitual en las secciones de correo, tanto de DC como de Marvel. Entusiasmado por el renacimiento del cómic de superhéroes en lo que se conocería como la edad de plata de los superhéroes, colaboró también en el fanzine Alter Ego, que llegó a dirigir a mediados de los 60. Desde allí, en una época donde los lectores de cómics eran vistos básicamente como niños, Thomas y sus colegas empezaron a tratar el medio como objeto de estudio serio.
Su amor por el género le llevó a renunciar a una beca para estudiar relaciones internacionales en la Universidad George Washington y aceptar un trabajo en DC Comics que lamentablemente fue muy breve: al parecer desde finales de junio hasta principios de julio del 65. Thomas no se sintió cómodo bajo la impositiva tutela de Mort Weisinger. Pasaba las noches en el Hotel George Washington, qué paradoja, con la sensación de haber tomado una mala decisión.
Una de esas noches, en un impulso emocional, decidió escribir una carta a Stan Lee, confiado en que le recordase de Alter Ego. Así fue, y Lee le propuso una prueba de guion: cuatro páginas mudas del Anual de los 4 Fantásticos #2, dibujadas por Jack Kirby. No debió salirle mal porque al día siguiente, mientras corregía una historia de Supergirl en las oficinas de DC, recibió una llamada para almorzar con Lee y empezar de inmediato en Marvel.
Lo demás es historia del cómic moderno. Bueno, por supuesto no tan rápido: sus primeros créditos no fueron muy épicos, sino en el cómic romántico. Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Gracias a su base académica era capaz de dotar a sus guiones de una pulcritud gramatical que contrastaba con el tono en general coloquial, y a veces errático, de sus predecesores. Y gracias a su amor por el medio, gracias a ser un fan, tenía un conocimiento enciclopédico de la continuidad de los superhéroes, que no pasó desapercibido para Stan Lee y le valió para llegar a ser primero asistente editorial de confianza, y después, el segundo editor jefe de la historia de Marvel.
Thomas se convirtió rápidamente en uno de los autores centrales de la editorial, escribiendo largas etapas en Los Vengadores, Los X-Men, Namor, Doctor Extraño o Nick Furia.
Sus series tendían a expandir la historia previa, a recuperar cabos sueltos y a pensar cada colección como parte de un relato mayor, de un universo. Por ejemplo, desde las páginas de Los Vengadores, tomando elementos existentes como los Kree desde Capitán Marvel, la desconfianza hacia los Skrull de los Cuatro Fantásticos y diferentes personajes secundarios, número a número, convirtió apariciones aisladas en un conflicto latente que cierra en la Guerra Kree-Skrull.
Thomas entendía la continuidad más allá de un simple mecanismo de coherencia editorial. Creía que los eventos influyen en los personajes, que arrastran una biografía que no debería borrarse sin coste. Así, si Stan Lee puede considerarse el arquitecto que dio voz a los superhéroes modernos, Roy Thomas fue su cartógrafo: les dio pasado, genealogía, continuidad y sentido de permanencia.
Esa vocación tuvo una formulación teórica explícita. En 1983, en la sección de correo de All-Star Squadron #18, Roy Thomas acuñó el término retroactive continuity, o retcon. Se lo atribuyó a un seguidor con el que había hablado en una Comic-Con. Este término propone la idea de que el pasado puede reinterpretarse para dar coherencia al presente sin necesidad de borrar lo ya contado. No es necesario negar o reescribrir historias previas, sólo reorganizarlas más lejos o más cerca en el tiempo, o contextualizarlas o, a veces, resignificarlas.
Un ejemplo célebre de esa mentalidad es la resolución de uno de los grandes problemas de continuidad de Marvel: el Capitán América de los años cincuenta. ¿Cómo podían existir historias del personaje en plena Guerra Fría si, según se había establecido en los años sesenta, Steve Rogers había permanecido congelado desde 1945? La solución, ideada por Thomas junto a Steve Englehart, fue que aquel Capitán América no era el auténtico, sino un impostor mentalmente inestable. Retcon.
De un solo movimiento, Thomas salvaba las historias previas, explicaba la contradicción y añadía una capa trágica al mito. Sin necesidad de negar o corregir el pasado, lo hacía coherente.
Esa obsesión por el pasado y la continuidad de la historia convertía el cómic de superhéroes en algo más cercano a una crónica mítica, mirando hacia las grandes sagas épicas, que cristalizó en su adaptación de Conan el Bárbaro. Pero no nos adelantemos, en un momento profundizamos en esto.
En 1972, Roy Thomas se convierte, como adelantamos antes, en el segundo editor en jefe de la casa de las ideas, sucediendo directamente a Stan Lee. Durante este periodo aprovecharía para impulsar proyectos que definen su visión del medio, como por ejemplo Los Defensores, ejemplo de un no-grupo; What If…?, donde la continuidad se somete a examen; o Los Invasores.
Esta etapa fue breve, sólo dos años, pero continuó vinculado a Marvel durante un tiempo. De hecho, su impulso resultó decisivo para que Marvel apostara por la adaptación en cómic de Star Wars, que guionizó el propio Thomas, una operación que, como reconocería Jim Shooter, editor en jefe en los 80s, fue crucial para la supervivencia económica de la editorial.
Aunque hablando de Shooter, la visión integradora de Thomas no estuvo exenta de tensiones. Su obsesión por la continuidad fue vista por algunos como una carga innecesaria. De hecho, es cierto que, en Marvel, sus intrincados crossovers a veces complicaban la lectura casual.
Así, desde mediados de los años setenta, el modelo de Thomas fue perdiendo espacio, hasta que, a principios de los 80, se desvinculó totalmente de Marvel, enfrentado directamente con Jim Shooter.
Tras salir de Marvel, Thomas llega a DC Comics, donde mantuvo la lógica que había defendido hasta el momento: la continuidad como forma de memoria. Series como All-Star Squadron o Infinity Inc. recuperan héroes de la Edad de Oro y los integran en una cronología histórica, vinculando superhéroes, tiempo histórico y herencia generacional.
Este punto marca también un momento de inflexión personal. Tras el enfrentamiento con Jim Shooter y su progresivo desplazamiento del centro editorial de Marvel, Roy Thomas afrontó una etapa de aislamiento creativo y profesional. Su llegada a DC coincidió con ese periodo de recomposición, y es precisamente entonces cuando la figura de Dann Thomas, su esposa, adquiere un peso decisivo. Su colaboración surge como un verdadero apoyo creativo en un momento de “exilio” y a partir de ahí se convierte en un rasgo distintivo de su producción. Firmaron etapas extensas en cabeceras de gran peso tanto en DC como después de nuevo en Marvel, donde volvió tras la salida de Shooter.
Fuera del eje Marvel–DC, Roy y Dann Thomas desarrollaron una carrera igualmente coherente con sus principios. Trabajaron para editoriales independientes, escribiendo adaptaciones de literatura clásica —de Homero a Stevenson, de Dumas a Stoker— y participando en proyectos ligados al cine, como la misma segunda parte de la película de Conan.
A esta historia profesional le acompaña una labor igual de decisiva, aunque menos visible: su trabajo como historiador del cómic. Roy Thomas retomaría y revitalizaría Alter Ego, el fanzine que había dirigido en su juventud, transformándolo en una revista profesional dedicada a la investigación histórica del medio, con entrevistas en profundidad, recuperación de documentos, cronologías rigurosas y análisis críticos de la Edad de Oro y la Edad de Plata.
Al final, toda su carrera se basa en el amor por lo leído. Su escritura nació siempre del respeto a lo heredado. En el fondo, Thomas nunca dejó de ser ese lector amante de los cómics, que consiguió unir lo mejor de su biblioteca.
Con todo, un homenaje honesto exige también mencionar las zonas de fricción. En los últimos años, Roy Thomas ha reclamado públicamente reconocimiento como co-creador de personajes como Lobezno y Tormenta en los créditos de las adaptaciones cinematográficas, apelando a su papel temprano en la definición conceptual y contextual de ambos dentro del universo Marvel. Estas reclamaciones han generado controversia: parte de la comunidad, así como defensores del legado de Len Wein, consideran que se trata de una reinterpretación interesada de la autoría, un retcon aplicado a su propia biografía profesional con el objetivo de asegurarse reconocimiento (y quizá potenciales derechos económicos) en un contexto industrial muy distinto al de los años setenta. La polémica no invalida la importancia de su figura, pero sí introduce cierta tensión: incluso el gran custodio de la continuidad terminó enfrentándose al problema de dónde empieza la memoria legítima y dónde la reescritura interesada del pasado.
Conan el Bárbaro y la reconstrucción del mito
A finales de los 60, la editorial Lancer publicó una de las ediciones de Conan más conocidas, la revisión de Lin Carter y L. Sprague de Camp a la obra de Howrad. Esta edición, que puede ser polémica desde un punto de vista literario, visualmente es indiscutible, gracias a las maravillosas portadas de Frank Frazetta.
Aquellos dibujos fijaron para siempre nuestra imagen de Conan: salvaje, hipermusculado, violento, bárbaro. Esas cubiertas, que se imprimieron en el imaginario colectivo, fueron también las que llamaron la atención de Roy Thomas.
Thomas se encontraba recopilando información sobre personajes externos a Marvel que solían aparecer en las peticiones directas de los lectores. A partir de finales de los años cincuenta se había reactivado el interés por la fantasía y la correspondencia se llenaba de lectores que reclamaban adaptaciones de autores como Edgar Rice Burroughs (con John Carter de Marte), Tolkien (El Señor de los Anillos, libro del que no hay adaptación al cómic, por cierto, la adaptación es de la película de Bakshi, autor al que Thomas admiraba) o Robert E. Howard (Conan).
Hasta ese momento, el modelo de Marvel se había construido casi exclusivamente sobre propiedad intelectual propia, y, de hecho, el propio Roy Thomas recuerda que cuando se planteó la posibilidad de licenciar un personaje externo, el presupuesto autorizado por el Martin Goodman era extremadamente bajo. 150 dólares por número, de hecho.
Eso alejó la idea de Conan, porque la edición de Lancer había tenido bastante éxito, y Roy pensaba que los derechos estarían fuera de alcance. Así que la primera opción de Thomas fue Thongor, el héroe creado por Lin Carter a mediados de los años sesenta. Sin embargo, las exigencias económicas del agente de Carter hicieron inviable el acuerdo, empujando a Thomas a redirigir sus esfuerzos hacia Conan, por suerte.
¿Qué por qué no crearon un personaje propio y así olvidarse del tema de los derechos? Pues no creo que esté muy claro ahora y tampoco creo que lo tuvieran claro antes. Yo diría que había dos temas aquí: en primer lugar que el propio Stan Lee no veía el potencial del género de fantasía y en segundo lugar, dudo que hubiera nadie en la editorial que tuviera muy claro cómo entrar en el género de Espada y Brujería.
En fin, que después de repasar los libros de Lancer, Roy decidió intentar lo improbable: contactar directamente con Glenn Lord, el albacea de Robert E. Howard, y plantearle la idea como una oportunidad cultural, no como un negocio. Lo cierto es que estaba tan avergonzado de la oferta de 150 USD, que la subió a 200 sin consultar a nadie, decidiendo que se rebajaría su propio sueldo si era necesario.
Inesperadamente, Thomas se encontró con el sí de Lord. Así que decidió que escribiría él mismo los primeros episodios para poder compensar el sobrecoste, si Martin Goodman se oponía.
El ajuste económico tuvo otra consecuencia decisiva: John Buscema, primera opción de Thomas para el apartado gráfico, quedó fuera del proyecto por su tarifa elevada. Esa limitación abrió la puerta a Barry Windsor-Smith, entonces un dibujante joven y mucho más barato, que acabaría convirtiéndose en una de las señas de identidad visual de la colección durante sus primeros números.
Smith, que como tantos había empezó imitando a Jack Kirby en sus inicios consiguió gracias a Conan, ese estilo prerrafaelita y barroco que separó a Conan de los superhéroes convencionales. La verdad es que la evolución es increible y consigue llegar a un nivel muy alto.
Conan El Bárbaro debutó en octubre de 1970 con periodicidad bimestral y bastante éxito. Tras unas ventas iniciales sólidas, la serie pasó a mensual. Sin embargo, en los siguientes números se pudo ver una caída progresiva de ventas, hasta el punto de que se dice que el propio Stan Lee pensó en cancelar la colección en el número 7. Thomas defendió su continuidad y logró su objetivo de alcanzar unas ventas consolidadas poco a poco y volver a la publicación mensual.
Lamentablemente, este hecho, entre otros motivos, provocó que Smith, con unos estándares de calidad autoimpuestos muy elevados, no pudiera cumplir las entregas y decidiese dejar Marvel. Entonces, ahora sí, John Buscema se incorpora a la serie a partir del número 25, convirtiéndose en el principal dibujante durante la mayor parte de su etapa clásica.
Bajo la escritura de Thomas, Conan El Bárbaro se convirtió en uno de los títulos más populares del Marvel de los setenta, pese a tratarse de una serie ambientada fuera de su universo y protagonizada por un héroe sin poderes, con poco humor y moral ambigua.
Este éxito no obstante llegó también con cierta polémica respecto a la suavización del personaje para adaptarlo al Comics Code. Por eso, Marvel creó en 1974 La Espada Salvaje Conan, una serie en formato revista en blanco y negro publicada inicialmente bajo el sello Curtis Magazines, no sujeto a la censura del Comics Code Authority. Aquello supuso una oportunidad inédita para Thomas: adaptar directamente los relatos de Robert E. Howard con un grado de violencia, crudeza y erotismo que no tenía cabida en la colección mensual.
Desde ese momento, la carrera de Roy Thomas quedó inseparablemente ligada al cimmerio y al mundo de Howard. Fue un eje vertebrador de su trayectoria profesional durante décadas. Así Thomas no se limitó a las series anteriores: escribió, supervisó o participó de alguna manera en relatos más cortos como los de Relatos Salvajes, sagas como Conan Rey, y muchas otras relacionadas con el personaje, dentro y fuera de Marvel, como en Dark Horse y también adaptó y desarrolló personajes y relatos vinculados al ciclo howardiano, como Kull El Conquistador o Almuric, entre otras.
Además, dentro de ese proceso de expansión, creó a Red Sonja. Introducida inicialmente como personaje secundario a partir de una figura creada por Howard para otros relatos ambientados en otras época, Red Sonya de Rogatino, como comentamos en nuestro vídeo sobre otras obras de Howard, Red Sonja fue redefinida y desarrollada por Thomas hasta adquirir identidad propia. Thomas no solo la integró de manera orgánica en el universo de Conan, sino que contribuyó decisivamente a su consolidación como protagonista independiente, con series propias y una mitología diferenciada, convirtiéndola en uno de los ejemplos más claros de cómo su lectura de Howard no se limitó a preservar un legado, sino a expandirlo narrativamente dentro del cómic moderno.
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Escribir a Conan: respeto con polémica
Robert E. Howard no había dejado una biografía cerrada de Conan, sino un conjunto de relatos dispersos, escritos fuera de orden cronológico y con lagunas evidentes. Era su forma de verlo, como si el propio Conan fuera el que, ya anciano, estuviese contando sus historias. Como cuando mi abuela me contaba su juventud, pasando de niñez a adolescencia, e incluso a su madurez de forma inconexa, que después tomaba sentido cuando yo iba hilando.
Roy Thomas asumió el enorme reto de reconstruir la Era Hiboria de modo coherente. Como también hizo Sprague De Camp, Thomas entendió que su labor como guionista debía consistir, ante todo, en ordenar, conectar y expandir ese material, para sostener una serie mensual.
Eso sí, a diferencia de De Camp, que abordó la obra de Howard desde una lógica de “corrección”, incluida ideología, la ética de Thomas, fue muy distinta: no pretendió mejorar ni corregir a Howard. Más bien, rellenar espacios.
La parte negativa es que su intento de crear una biografía continua a veces forzaba la inclusión de historias menores de relleno y alejaba la serie del formato de relatos autoconclusivos preferido por Howard.
Sí es cierto que en Conan El Bárbaro, la serie regular, Thomas suavizó los relatos de Conan, fruto de las exigencias de la época, pero también es cierto que relatos clásicos, como La torre del elefante o La Reina de la Costa Negra fueron trasladados al cómic respetando bastante la estructura, personajes y tono general, y también que el tono cambia readicalmente en La Espada Salvaje. En blanco y negro, y ajeno al Comics Code, permitió a Thomas abordar los relatos de Howard con mayor fidelidad. Aquí predominan claramente las adaptaciones directas, a menudo extensas, de cuentos como La hija del gigante de hielo, El coloso negro, La gente del Círculo Negro, Las joyas de Gwahlur, La ciudadela escarlata.. y muchas otras. La violencia explícita y el fatalismo moral del personaje pudieron trasladarse al cómic sin tantas restricciones como las de la serie mensual.
En todo caso, en todo este proceso surge la pregunta inevitable: ¿hasta dónde es adaptación y dónde empieza coautoría? Thomas siempre lo consideró un tributo más que una usurpación; su labor, dice, fue la de custodio de Howard. De hecho, en múltiples entrevistas declara que Conan es en última instancia mérito del propio Howard, no de ningún otro.
No obstante, esa lectura no ha estado exenta de críticas. Críticos y fans, incluso algunos que disfrutan la obra de Thomas, también han señalado que las adaptaciones de Roy Thomas, incluso cuando son respetuosas en tono y argumento, tienden a simplificar la ambigüedad literaria de Howard: su lirismo áspero, su fatalismo pagano o su visión trágica del mundo quedan a menudo domesticados por las exigencias del medio seriado. Desde esta perspectiva, el Conan de Marvel sería menos un bárbaro existencial que un héroe de aventuras clásicas, más coherente pero también menos inquietante.
En fin, la paradoja es evidente: Roy Thomas hizo de Conan una figura masivamente popular y culturalmente central en el cómic moderno, pero ese triunfo tuvo un precio. Al traducir el mito al lenguaje de la continuidad, lo hizo accesible y duradero pero a costa de limar parte de su aspereza original.
Conclusión
Roy Thomas fue muchas cosas —guionista, editor, historiador del cómic—, pero ante todo fue un lector que se negó a olvidar. En una industria marcada por el reinicio constante, defendió que el pasado es una fuente narrativa. Su obra, tanto en Marvel como en DC, se construyó desde esa convicción: los mitos importan, la continuidad importa, y las historias ganan profundidad cuando se reconocen como parte de una memoria compartida.
Conan es la expresión más clara de ese legado. Thomas no creó al cimmerio, pero lo escuchó, lo ordenó y lo tradujo a un nuevo lenguaje sin traicionar su espíritu. Gracias a él, Conan dejó de ser solo un héroe del pulp para convertirse en una figura central de la fantasía moderna en viñetas.
Para muchos lectores, el primer Conan fue el de Thomas, y yo creo que eso no eclipsa a Howard. El mito siguió vivo porque fue tratado con respeto, no con afán de corrección o apropiación.
Toda la carrera de Thomas responde al mismo impulso: custodiar, no sustituir. Escribió siempre desde el amor a lo heredado. Por eso su figura permanece. Porque Roy Thomas entendió que no es necesario reinventar el fuego, basta mantenerlo encendido.
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