¿Hay más escritores que lectores? La pregunta parece una broma, pero quizá no lo sea tanto.
De acuerdo con los datos, nunca se habían publicado tantos libros y autopublicar nunca había sido tan fácil. El problema para los escritores por tanto no es conseguir publicar una historia.
El problema es conseguir que alguien la lea. Lo que choca con otros datos: los de lectura. Parece que cada vez se lee más y el mercado del libro está lejos de estar muerto.
Por eso hoy, en Fronteras de Fantasia, hablamos de escritores y de lectores.
Introducción
Este verano me llamó la atención un tuit de la Editorial Minobitia, que decía “Actualmente no aceptamos manuscritos no solicitados. La triste razón para ello es que recibimos más manuscritos que pedidos de nuestros libros, lo que quizá es una prueba de que efectivamente hay más escritores que lectores”.
Te tiene que hacer pensar. Porque si hay algo de verdad en esa intuición, y tiene pinta de que hay algo de verdad, es un tema con ramificaciones muy interesantes. Por ejemplo, que el mundo del libro se encuentra ante una paradoja: nunca había sido tan fácil escribir o publicar y, por eso mismo, nunca había sido tan difícil ser leído.
Ya lo adelantaba hace más de medio siglo Gabriel Zaid, en el entretenido Los demasiados libros, donde defendía que la lectura crece aritméticamente mientras la escritura lo hace exponencialmente y predecía, medio en serio y medio provocando, que acabaríamos llegando a un mundo con más gente escribiendo libros que leyéndolos.
Pero, ¿estamos en ese punto o cerca? Porque que una editorial concreta tenga más manuscritos que ventas puede ser un síntoma, pero lógicamente no una prueba, sería una metodología muy creativa incluso para los estándares de tuiter.
En realidad, sólo podemos aproximar el número de lectores a través de ventas de libros y de encuestas sobre hábitos de lectura. Es complicado conocer el dato exacto porque la propia definición de lector ya es difícil. Lo mismo pasa con el número de escritores: No existe, que yo sepa, un censo mundial de personas que estén escribiendo una novela, ni siquiera tengo muy claro qué deberíamos considerar «escritor»: ¿alguien que ha publicado?, ¿que se ha autopublicado?, ¿quien ha terminado su manuscrito?, ¿el que está aún escribiendo?, ¿alguien como yo que lleva diez años diseñando el sistema monetario del imperio élfico pero todavía no tengo ni la introducción a mi gran saga? Pero sí podemos aproximarlo a través del número de publicaciones.
¿Hay entonces un estancamiento en el tiempo de lectura frente a un crecimiento imparable de las publicaciones? Para responder con propiedad y tratar de extraer consecuencias hay que ir primero a los datos. Entender qué nos dicen sobre la situación de la lectura y de la escritura más allá de los números.
Datos de lectura: El anuncio de su muerte es exagerado
La muerte de la lectura lleva décadas disfrutando de una salud envidiable. Cada cierto tiempo se anuncia su asesino: Primero fue la televisión, después los videojuegos, después internet, después YouTube y ahora TikTok. Siempre hay una tecnología nueva que será la encargada de conseguir finalmente que la humanidad abandone ese absurdo vicio de leer.
Pero en España, al menos, los datos no acompañan demasiado bien el funeral. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025, elaborado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), con el patrocinio de CEDRO y la colaboración del Ministerio de Cultura, el 66,2% de la población mayor de 14 años lee libros en su tiempo libre. En 2024 era el 65,5 % y en 2017 del 59,7%. Es especialmente esperanzador saber que entre los jóvenes entre 14 y 24 años esta cifra llega al 76,9 %, consolidándose como el grupo más lector de la población. Además, el dato del cómic es muy interesante. El 14,3 % de los españoles declara leer cómics, un 38% más que en 2020.
¿Se refleja esto en las ventas? Pues parece que también. El 54,1 % de la población española compró al menos un libro no de texto durante 2025, 6,8 puntos más que en 2017.
Por su lado, el estudio de Comercio Interior del Libro en España 2025 de la Federación de Gremios de Editores —elaborado sobre 862 empresas privadas y agremiadas— muestra 196,12 millones de ejemplares vendidos en papel durante 2025, un 0,8 % más que el año anterior. A eso hay que sumar 20,4 millones de descargas digitales. La facturación del sector alcanzó los 3.138,51 millones de euros, un 3,3 % más, aunque es cierto que sólo un 0,4% más en precios constantes.
No parece que la ficción esté precisamente mal. La facturación de la ficción para adultos creció en 2025 un 17,2%; la literatura infantil y juvenil, un 17,8%; y los cómics, tebeos y novelas gráficas, un espectacular 38,6%.
Pero Tomás, si yo he leído que la mitad de los libros no venden un sólo ejemplar en todo el año. Pues es cierto. A comienzos de 2026 empezó a circular una cifra proporcionada por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros: el 49,4 % de los títulos no había vendido ni un ejemplar durante todo un año.
Una cifra perfecta para internet, para una buena miniatura. Y aun mejor, da para generar una titular maravilloso: «La mitad de los libros que se publican en España no vende ni un ejemplar». Rotundo. Deprimente.
Hasta ahí todo regalos. El problema es que esa lectura no es del todo correcta. La cifra procedía de LibriRed, la herramienta de CEGAL que recibe diariamente información de ventas y disponibilidad de más de mil librerías. El cálculo se obtuvo haciendo una media sobre los catálogos de esas librerías y esos catálogos no contienen únicamente las novedades del año. Contienen también títulos publicados hace cinco, ocho o diez años. Que una novedad de hace 10 años no venda nada en 2025 nos dice muy poco sobre lo que vendió en 2015. Los libros tienen una vida comercial. Y siento informaros de que la mayoría termina, de una manera bastante poco dramática, vendiendo cero.
Eso no significa que el dato sea tranquilizador. CEGAL asegura que la proporción de títulos disponibles que no registra ninguna venta lleva años aumentando. Y hay otras afirmaciones del estudio que han trascendido menos, pero son muy llamativas, como que libreros y pequeños editores hablan de una rotación cada vez más rápida de novedades.
Y también llama la atención el tamaño del catálogo de libros vivos. Porque en 2025 las editoriales incluidas en el estudio de la FGEE mantenían nada menos que 983.209 títulos vivos en oferta. Casi un millón de títulos. El problema del lector contemporáneo no parece precisamente la falta de opciones.
Quizá la mitad de los libros nuevos que se publican en España no vende cero ejemplares. Quizá la situación de la lectura es sana. Pero parece haber muchísimos más libros disponibles de los que las librerías, los medios y los propios lectores pueden atender con un mínimo de tiempo. Y eso se parece bastante al problema que estamos intentando describir.
Datos de escritura: Casi un millón de libros
El catálogo de libros vivos es por tanto cercano al millón. Y cada año crece. Según la Estadística de la Edición Española de Libros con ISBN, elaborada por el Ministerio de Cultura, en 2025 hubo 91.172 nuevos libros inscritos, un 2% más respecto a 2024. De ellos, 64.563 aparecieron en papel y 26.609 en otros soportes, principalmente digitales.
La cifra coincide a grandes rasgos con la de la Federación de Gremios de Editores de España, que es algo inferior porque solo contabiliza los libros de asociados. Pero esta Federación muestra un dato interesante: mientras aumenta la cantidad total, las tiradas se hacen más pequeñas. Entre las empresas analizadas, la tirada media en papel fue de 3.374 ejemplares por título en 2025, un 4,1% menos que el año anterior.
No es necesariamente una catástrofe. La impresión digital, la mejora de la logística y la posibilidad de reimprimir rápidamente permiten trabajar con tiradas mucho más ajustadas que hace décadas. De hecho, puede ser una señal de eficiencia.
De hecho, en un interesante artículo de El País en 2025, Pilar Reyes, directora editorial de la división literaria de Penguin Random House y de Alfaguara, rechazaba que esta abundancia fuese necesariamente un problema: hay más lectores, más formas de descubrir libros y muchas más posibilidades de que obras destinadas a públicos pequeños encuentren precisamente a esos públicos.
Internet no solo multiplica la oferta; también permite dividir el mercado en miles de nichos que antes apenas podían existir. Visto así, publicar más hace que el ecosistema sea más diverso.
Frente a esta opinión, en el mismo artículo, Rubén Hernández, editor de Errata Naturae, veía prácticamente la fotografía inversa. Para él sí existe sobreproducción, debido a un modelo basado en alimentar constantemente el canal con novedades, asumir que muchas no funcionarán y confiar en que unos pocos éxitos compensen al resto.
Dos diagnósticos opuestos y, seguramente, una parte de verdad en ambos. La abundancia permite que existan más voces, sí; pero también puede generar una cantidad de ruido que haga cada vez más difícil escucharlas.
En fin, ya veis que cada año aparecen decenas de miles de títulos nuevos. Los antiguos no desaparecen inmediatamente. Por tanto, el catálogo crece. Y todos esos libros tienen que encontrar a alguien que disponga de dinero y de tiempo. Esto es, el número de lectores puede crecer y, al mismo tiempo, resultar cada vez más difícil conseguir lectores para tu libro. No hay ninguna contradicción.
En 1971, el economista y psicólogo Herbert Simon observó que una abundancia de información produce inevitablemente una escasez de aquello que la información consume: nuestra atención. La tecnología puede multiplicar libros, canciones, vídeos o artículos casi sin límite. Lo que no puede multiplicar son las horas del día.
Y todavía falta añadir los libros que ya no necesitan una editorial. Tenemos algunas pistas. DILVE, la plataforma de información bibliográfica gestionada por la FGEE, contabilizaba a 2 de enero de 2025 un total de 92.157 libros activos correspondientes a autores-editores y 41.028 autores-editores registrados. No significa que en España se autopublicaran 92.157 libros durante 2024. Es una fotografía acumulada de títulos activos. Y además, la figura de «autor-editor» no coincide necesariamente con todo lo que entendemos coloquialmente por autoedición: hay autores que autopublican mediante empresas de servicios editoriales, y también distintas estructuras jurídicas o plataformas que no encajan limpiamente en esa categoría. Pero el dato sirve para mostrar que la autoedición española tiene ya un tamaño considerable.
Sí hay algo más sobre Estados Unidos. Según los datos de Bowker, la agencia oficial encargada de los ISBN en Estados Unidos, que publicó Publishers Weekly, en 2025 se registraron allí 4.172.222 libros con ISBN. 642.242 correspondieron a edición tradicional. 3.529.980, a autoedición. La autoedición representó aproximadamente el 84,6 % de todos los nuevos registros. Para entender el tamaño, la autoedición no superó por primera vez el millón de títulos anuales hasta 2017. Y en 2022 ya representaba más del 80% de todos los nuevos registros superando los 2 millones.
A ver, siendo serios, es cierto que aquí hay cierta trampa metodológica, porque un ISBN no equivale a una obra. El mismo libro publicado en tapa dura, tapa blanda y ebook puede generar varios ISBN diferentes. Y esto es importante porque Bowker clasifica a los autopublicados atendiendo al número de ISBN adquiridos y títulos producidos: se considera autopublicado si compras entre 1-10 ISBNs y publicas menos de 100 títulos en el año.
De hecho, el propio responsable de Bowker menciona que la proliferación de formatos es uno de los factores que está elevando la cifra.
Pero, también es cierto que Amazon KDP no exige ISBN para publicar un ebook. Para las ediciones impresas sí ofrece gratuitamente uno si el autor lo desea, pero un ebook Kindle puede existir y venderse sin aparecer jamás en esta estadística de ISBN. Así que aunque esos cuatro millones no significan cuatro millones de novelas diferentes, tampoco representan todo lo publicado y quizá se infraestime la cifra de autopublicación. Y todo esto sin querer meterme en el charco de los libros escritos con IA, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
En todo caso, como defiende Rubén Hernández, es importante tener en cuenta que la autoedición no ha creado ella sola la sobreproducción editorial. Simplemente la ha llevado a una escala nueva.
La crítica cultural estadounidense Maris Kreizman lleva tiempo insistiendo precisamente en esto. Su queja no se dirige únicamente hacia los millones de libros autopublicados, sino hacia las propias editoriales corporativas: considera que publican demasiados títulos y que deberían ser más selectivas, porque cada nuevo lanzamiento compite por unos recursos promocionales y una atención crítica que no aumentan al mismo ritmo.
El problema de fondo vuelve a ser el mismo: el número de libros puede aumentar muchísimo más deprisa que nuestra capacidad para prestarles atención.
Hemos matado al guardián de la puerta
Bueno, pues ya tenemos los datos sobre la mesa. Ahora es el momento de mirar más allá de ellos. Discutir sus consecuencias.
En el siglo XX, y parte del XXI, entre «he terminado una novela» y «mi novela puede comprarla un desconocido» había una barrera enorme. Un editor tenía que considerar que tu libro merecía el dinero necesario para corregirlo, diseñarlo, imprimirlo, almacenarlo, distribuirlo y tratar de venderlo. Podía equivocarse, por supuesto, y de hecho lo hacían: la historia de la literatura está bastante bien abastecida de editores rechazando libros que luego se hicieron famosos.
Pero aquel sistema cumplía una función económica evidente: limitaba la cantidad de libros que llegaban al mercado.
Hoy esa barrera se ha derrumbado. No hace falta convencer a Amazon de que tu novela tiene posibilidades comerciales. Amazon no necesita creer en ti. Con que rellenes correctamente los campos, le basta. La impresión bajo demanda permite fabricar una copia cuando alguien la compra. Un ebook elimina incluso esa necesidad.
Y alrededor de todo ello ha surgido un ecosistema completo de correctores, maquetadores, diseñadores, traductores, servicios de distribución y publicidad a los que ahora se añaden herramientas de inteligencia artificial capaces de abaratar todavía más algunas partes del proceso.
Por un lado esto es una noticia extraordinaria. El viejo guardián, como he dicho, no era un árbitro infalible del talento. Dejaba pasar basura y rechazaba libros magníficos. Sólo necesitaba que una obra tuviera suficiente potencial comercial.
La autoedición permite que existan libros dirigidos a públicos diminutos. Permite experimentar. Permite recuperar géneros que una editorial consideraba poco rentables. Permite que alguien escriba una historia para quinientas personas y que esas quinientas personas puedan leerla. La pequeña pega es que esas quinientas personas, siguen siendo sólo quinientas. En el mejor de los casos.
Por otro lado, celebrar la desaparición de los intermediarios como si estos hubieran existido exclusivamente para fastidiar a los escritores es muy injusto. El guardián de la puerta también hacía cosas. Una editorial no es únicamente el señor antipático encargado de mandarte una carta de rechazo. Es alguien que adelanta medios antes de saber si va a recuperar el dinero, y facilita el trabajo. Si esa estructura empieza a desaparecer, perdemos algo más que un obstáculo entre escritor y lector.
Perdemos, por ejemplo, calidad en la edición. Porque un buen editor puede detectar que cien páginas sobran, que un personaje no funciona o que el magnífico sistema mágico al que has dedicado siete meses quizá no necesita explicarse durante diecisiete páginas antes de que ocurra absolutamente nada. Introduce una mirada exterior profesional sobre una obra en la que el autor lleva tanto tiempo encerrado que ya casi no puede verla.
Perdemos también identidad y prescripción. Un sello que publica durante años determinado tipo de fantasía, ciencia ficción, ensayo o literatura acaba construyendo una relación con sus lectores. El nombre que aparece en el lomo funciona como una promesa imperfecta: quizá no te guste ese libro, pero alguien cuyo criterio conoces, la editorial, ha decidido que encaja con una determinada idea de literatura, la suya. En un mundo con una oferta prácticamente ilimitada, esas señales importan cada vez más.
Por otro lado, hay una consecuencia que me preocupa incluso más. Porque cuando desaparece un intermediario, el poder que ejercía normalmente, cambia de manos. Si las editoriales pierden peso, no significa que de pronto cada libro vaya a competir libremente en una plaza pública perfecta, donde los mejores encontrarán a sus lectores objetivo por méritos propios. Significa, más bien, que una parte creciente de esa selección la harán Amazon, TikTok, Instagram, Goodreads o cualquier otra plataforma capaz de decidir qué aparece delante de nuestros ojos.
Y no tengo nada especialmente personal contra un algoritmo, aunque siempre esté peleándome con él, pero desde luego no estoy convencido de que sustituir el criterio discutible de un editor por el criterio también discutible de un algoritmo sea necesariamente una gran victoria para la cultura.
De hecho, podríamos acabar ante una paradoja bien desagradable: más libertad que nunca para publicar y menos diversidad de la que parece para ser visible. Hemos matado al guardián de la puerta para descubrir, con cierta ironía, que detrás había otro bastante más grande.
Un estudio de la Comisión Europea sobre la visibilidad de la cultura en internet publicado en abril de 2026, llegaba a una conclusión similar: en un entorno de oferta prácticamente infinita, la posibilidad de que una obra sea descubierta se ha convertido en un factor decisivo. Y plataformas, algoritmos y otros sistemas de recomendación ejercen ya una función de guardianes sobre qué obras llegan hasta nosotros y cuáles permanecerán enterradas.
En realidad, muchos estudios apuntan en esta dirección. La investigadora noruega Kari Spjeldnæs, publicó en 2022 en Publishing Research Quarterly, entrevistas a varios responsables de editoriales que señalaban cómo las plataformas digitales cambian la forma en que compramos libros y están empezando a influir también en qué libros se publican. Los editores hablaban de una dependencia creciente de las redes sociales, de la importancia de que los autores dispongan de una comunidad propia y de la tendencia de los sistemas digitales a reforzar determinados géneros y a buscar nuevas obras parecidas a las que ya han funcionado.
Y aquí aparece un giro todavía más curioso. El editor a veces simplemente se está desplazando hacia después de la publicación: el autor se autopublica, encuentra lectores, demuestra que existe un mercado y entonces aparece la editorial.
Antes un editor decidía si una historia merecía enfrentarse al mercado. Ahora, en algunos casos, dejamos que Amazon, BookTok y los propios lectores hagan primero el experimento y la editorial aparece cuando ya conocemos el resultado.
Conclusión: ¿hay más escritores que lectores?
Pero entonces, ¿hay más escritores que lectores? La respuesta más rigurosa es muy poco espectacular: no tenemos datos para saberlo.
Pero seguramente, no. O al menos, parece que aún no. En todo caso, lo importante es que la idea parece que empieza a calar. Y esta tendencia es lo más relevante. Porque decir que hay más escritores que lectores es interesante no como afirmación estadística, sino como descripción de un cambio cultural.
El deseo de contar historias es tan antiguo como el ser humano. Contamos historias, inventamos narrativas: está en nuestra esencia. Imaginamos qué hay detrás de la montaña, damos nombre a las estrellas, convertimos una tormenta en la ira de un dios y una vieja casa abandonada en el escenario de una historia. Lo hemos hecho siempre. Antes de escribir novelas ya contábamos mitos alrededor del fuego, cantábamos las hazañas de quienes habían muerto, inventábamos monstruos para explicar aquello que nos daba miedo y repetíamos una y otra vez las mismas anécdotas familiares hasta convertirlas casi en leyendas.
Incluso nuestra propia vida, necesitamos contarla como una historia para poder entenderla: elegimos comienzos, recordamos momentos decisivos, buscamos causas, culpables, héroes y finales.
Así que lo que está cambiando ahora es la posibilidad de poner esas historias delante de los demás. Y eso, sinceramente, me parece difícil considerarlo una mala noticia. Millones de historias que jamás habrían atravesado la mesa de un editor van a poder existir.
Para bien o para mal, eso es lo de menos, porque algunas encontrarán cientos de miles lectores. Otras mil. Otras veinte. Y otras cuantas las leerán exclusivamente el autor, su madre y dos amigos a los que tendrá que perseguir durante meses para que finalmente confiesen que todavía no han pasado de la primera página. No pasa nada.
El error quizá sea pensar que democratizar la capacidad de publicar iba a democratizar también la atención. Pero no funciona así. Aunque hagamos prácticamente ilimitada la oferta de historias, seguiremos teniendo una cantidad limitada de dinero y, sobre todo, de tiempo.
Estamos llegando a un mundo en el que ser escritor y ser lector dejan de ser categorías opuestas.
Así que, escritor del futuro, la pregunta que debes hacerte no es cómo vas a publicar tu libro. La pregunta es la misma de siempre: ¿cómo vas a conseguir que alguien lo lea?
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